jueves, 29 de diciembre de 2011

Negativo

Mientras lees, yo estoy deshaciendo estas letras que ahora ves.

¿Ves? ¿No ves? ¿Qué es lo que ves? Aquí está el punto, encerrado entre estas cortinas, temblando en la oscuridad de esta habitación. Lo ves pero no. Hay una luz que entra por el marco de la ventana. Ahí está, lo ves y no.
Las imágenes que habías tomado están aquí, en estos fotogramas, en esta película. Tomas el encendedor y pasas la flama por debajo de cada recuadro. Sus rostros se queman. ¿Has visto los rostros quemados? No, tú no sabes de la negritud del fuego.
Tú ves, en esta oscuridad, lo que quieres ver, lo que puedes ver, pero no lo que hay. Turbulento, cierra los ojos y después mira. Sigues quemando la película, sigue tu cara en claroscuro, sigue el viento soplando entre las ramas, y tú adentro, donde no hay nada, donde los colores no se distinguen.
Atrás, allá en lo más profundo de estos cuartos, no entra la luz. Allá, donde bajas las escaleras y llegas a un pasillo alumbrado por velas, permaneces dubitativo. Tus pensamientos no están enlazados con tu sangre, tu sangre está fuera de tus venas, tus venas saltan de tu piel morena y tus poros se rompen con el aire.
Has cambiado todas estas flores frescas por naturaleza muerta, los sabores por olores y estas ventanas por tapones. Te has vuelto primitivo, fuera de toda letra y costura. Te has reflejado en epitafio y tumba, en estas hierbas muertas, en este pasto seco, en aguas con sabor a metal.
Emotivo, a la luz de la luna. Muerto, a los rayos del sol. Cubierto, en todo momento. Te has mirado al espejo y no has encontrado más que un trozo de película quemada, un olor a gasolina y fuego. 
Enciendes una fila de lámparas en un salón y miras toda la mesa llena de estos recuadros, ennegrecidos, fuera de foco. Ahora son invisibles, con siluetas calcinadas y miradas desvanecidas. Los ves y no encuentras nada, porque la luz mortecina apenas te deja distinguir tu propia sombra.
Regresas por las escaleras, levantas el polvo y se hace una nube gris. Caes al piso y muerdes toda esa voluta, ese humo. Caes y pareciera que te cortas con navajas oxidadas, que se enganchan a tu vientre. Te das la vuelta y respiras.

¿Vi? ¿No vi? ¿Qué es lo que vi? Aquí está el punto, entre estas paredes llenas de luz, mientras respiraba, acostado en el tapete de este cuarto. El polvo se levantaba y veía todas las sombras proyectadas a la luz del sol. 
¿Lo has visto? No, porque tú no sabes cómo es un rostro quemado, porque tú no sabes cómo es morir en un fundido. Puede que esté muerto, puede que esté vivo, pero no lo sé. Turbulento, deshecho, siempre yago en negativo.

martes, 27 de diciembre de 2011

Máscaras

Para Jonatan,
quien ha roto todos estos rostros, mis máscaras.

El humo de su cigarro se levanta y se funde con la atmósfera. Lo veo elevarse con atención, mientras regreso lentamente la mirada hacia sus labios. Subo la vista y me quedo en sus ojos, perdidos en el fondo de la música lenta. Cuando le veo, pienso demasiadas cosas, tantas que mi mente da vueltas en una espiral infinita y regresa al punto de inicio.
Ese era su pensamiento. Desde luego, yo no sabía todo el entramado mental que él había creado sin siquiera habernos visto ni conocernos a profundidad, pero podía verlo en la forma de observar con detalle cada movimiento. Yo no podía evitar sentirme descubierto ante sus ojos, como si me hubieran quitado la espada que siempre cargo para defenderme.
De pronto, todo el sonido del bar inundó mis oídos y regresé a la realidad de golpe. Siempre supe que no era bueno dejarle verme descubierto, así que decidí cubrir todo mi rostro con una máscara de cubierta dura. Impenetrable, así era, así me sentía. 
Él se distingue por ver más allá del simple momento: posee unas gafas especiales que le dotan de una precisión que cualquier relojero desearía. Se enfrenta diariamente a la masa que muestra sus máscaras relucientes, abstractas, sólidas. Entonces escoge una víctima y apunta su resortera para deshacer su antifaz  y poder ver su rostro. La realidad es que las "víctimas" lo eligen para que destruya sus máscaras.

[Máscaras. ¿Por qué la gente tiene la necesidad de cubrirse con máscaras?
Si sus rostros son tan bellos, insisten en taparse en colores y materiales diversos.
Algún secreto deben guardar estas corazas.]

Las luces de este lugar se prestan para ocultarse, los olores y la música son distractores. Él escucha y apunta. Yo bajo las manos y quito toda defensa. Dispara y rompe una, rompe dos, rompe muchas. Las más blandas al final, las más suaves para terminar. Sigo hablando y antes de que él siga buscando el objetivo en mi rostro, bajo sus manos y empiezo a remover las otras caras, poco a poco.

Entonces, el humo del cigarro se dispersa y la colilla se apaga con el suspiro. Desvío la mirada a otro lugar y él respira, pero aún le veo de reojo. Quiere volver a ponerse otra máscara, pero algo no le deja. Seguimos conversando, mientras se oyen las botellas en destape y las copas en choque. La canción termina y la espiral sigue, sigue la espiral, y así hasta perderse.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El sastre

Para Marco,
quien ha descosido estos textos para volver a zurcirlos.

Yo no le he visto. Parece ser real pero no lo sé. Me queda claro que existe, al menos en una realidad puesta sobre el papel, pero yo no le he visto. El tiempo ha pasado desde nuestro primer encuentro y no he observado en él la figura que domina su pensar, pero la he visto puesta en letras.
Es una figura que surca sus telas y sus hilos al momento de coser, una silueta que aparece cuando escribe y se va al momento de soltar la pluma,
[pero estoy seguro que existe.]
Tampoco sé si refiere a uno o varios, si son distintos o no, pero siempre (le) escribe en singular. Lo leo y miro a mi alrededor mundos de miel oscura, de pieles muertas y de olores infinitos. Los pétalos opacos le vienen como anillo al dedo, el dolor no se siente en sus letras y la carne no tiene sabor ni hedor.
Le he visto pasar, con estos ojos que no ven. Le observo con otra mirada, una que sólo pocos pueden tener. Sé que escribe pero también me he enterado de sus labores como sastre: por lo regular toma la ropa y la repara, aunque a veces la descose y la deshace para zurcirla con una costura especial, invisible y, al mismo tiempo, preciosa para quienes pueden verla.
El sastre camina por las noches, recorre la ciudad y se funde con las luces urbanas. Cuando llega a casa, se alimenta de libros, porque el pan y el vino no le son suficientes, 
[no le dejan soñar.]
Le he visto sentarse y leer, porque sueña con otros mundos fuera de las texturas de la ropa. Le he visto escribir, porque está en otro sueño y quiere despertar. Le he escuchado confeccionar poesía en voz baja, amar en voz alta y descoser en silencio.

[Poesía, porque en ella está todo su sentir. 
Polvo, el cual soplo del tesoro que descubro cada vez que me siento a leerle. 
Piel, acariciada por sus manos con sus versos.]

El sastre no sólo pone su empeño en las prendas que repara: va hacía los libros y rompe sus páginas con gran velocidad y en constante metáfora. No sólo toma sus hilos para las blusas y los pantalones: voltea estos textos y les remueve los puntos de unión. No sólo rehace y repara, pone una tras otra las nuevas tramas para sus versos.
Me impresiona verle, tan enamorado de su quehacer. Me impresiona sentirle, soñando despierto en los ojos de ese ente que yo no he visto. Me impresiona mirarle, descosiendo una tras otra las puntadas de la retorcida mente de otros.

Yo no le he visto. Sin embargo, parece ser real. Son los perros que ladran al anochecer, son las flores secas y la mesa llena de polvo. Es el pecho del que yo no veo, sobre el cual se recuesta el sastre. Es su poesía, llena de alegorías agridulces,
[llena de la oscuridad de amar.]

martes, 13 de diciembre de 2011

Voces del letargo

Cuando hablo, hablo con esta voz, que parece mía y, al mismo tiempo, no lo es. Pero aun así, hablo. Me gusta contar mis sueños, pero yo no los recuerdo todos, ni tampoco de forma clara y precisa. A veces me sucede que son tan nítidos hasta el punto de doler, de oler y de saber.
Recostado sobre esta cama, entre estas cuatro paredes, mientras el sol se filtra por la ventana, cierro los ojos. Yo no recuerdo nada, yo no digo nada, yo veo las imágenes abrirse y desfilar una tras otra.
Escuchaba tus pasos, uno tras otro. Pac pac pac. Agitado, subías las escaleras y venías al cuarto. Te sentaste al lado mío, al borde de la cama. El reloj seguía marcando el tiempo y la luz seguía entrando. Escuchaba tu voz que cantaba los momentos de la sangre, del dramatismo que te gusta expresar como las canciones que te gusta escuchar. Recuerdo bien lo que decías:
—Yo nunca he entendido porqué te gusta contemplar tanto por la ventana.
—Es que tú nada más piensas en el filo de la sangre.
Estiraste tu brazo y tomaste mi mano. Abriste la palma:
—Mira, tu piel tan blanca y delicada, tus vellos tan finos y estas navajas tan oxidadas.
—¿Qué quieres hacer con ella?
—Un corte desde el dedo medio hasta debajo de la muñeca.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque en la voluntad reside la profundidad del corte.
—A ti te gustan los cortes, a mí me gustan las ventanas.
—Tiene sentido, pero es mejor sentir la sangre correr y el músculo desgarrarse.
Yo no tenía razón de nada y tú preferías ver tus cicatrices. Después de todo, siempre he disfrutado tus explicaciones sobre los cortes y sus variantes. Así, tomaste la mano y simulaste el paso de la navaja sobre todo el dedo, la palma y el antebrazo. Oíste un ruido y te fuiste, dejaste las cuchillas.
El sol se escondía entre las nubes, la tarde se iba tornando oscura y yo me quedé ahí sentado, con la mirada perdida. No entendía nada puesto que no podía pensar claramente. Un olor a humedad se acercaba, un sabor a metal me rondaba la lengua. ¿Qué más podía pasar? Una probada y podría experimentar todo. Tomé la navaja y corté desde el dedo medio hasta la palma. Me detuve un momento y encajé el filo para llegar a los tendones en la muñeca. El dolor era insoportable, el rojo me brotaba de todo el brazo.
Entonces respiré y sentí falta de aire, me desmayé. Desperté bajo la pesadez de una colcha y una gruesa cortina, con la mano inerte y las mismas pulseras colgando. Tenía en la lengua un sabor a centavo y la humedad de la mañana era más fuerte que de costumbre. No podía mover la mano que en sueño me había cortado.
Era tarde, pasado el mediodía. Me levanté y entré en la habitación contigua. Te miré sentado al borde de la cama y con los ojos fijos sobre la ventana, encorvado y con el brazo sostenido, antes de caer al suelo y ver todo tu rostro lleno de sangre.
Una vez más, volví al sillón. Me senté y observé el cuarto a oscuras. Escuchaba mi voz, la que parece ser mía pero no lo es, no lo es. Una vez más, me levanté y miré las luces de la calle. Era más de medianoche. Una vez más, regresé y dormí con los brazos cansados e inmóviles.

sábado, 3 de diciembre de 2011

A los ausentes

Tú, ausente de la noche.
Tú, que no eres yo.
Tú, que me cortas de raíz por la raíz misma.
Tú, el reflejo de la luna y el aullido de los perros.
Tú, fuera de toda paz y razón.
Tú, letra llena de piel muerta y sangre desvanecida.
Tú, corazón que no late y vive, sin embargo.
Tú, la voz inerte y callada.
Tú, que a falta de respiración, mejor letargo.

Tú, el que se ha quedado sin palabras ante las palabras mismas, dejas fluir el olor de las flores marchitas de todos los días, de todas las horas y los momentos.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

En el paisaje urbano

La ciudad se enreda en calles y avenidas. Los ríos de luces siempre se funden con lo grisáceo de los edificios y los puentes. La ciudad se enreda en ríos de calles y montañas lejanas que sirven como marco a la mirada común y cotidiana.

Nada como mirar tu cuerpo al salir de entre la masa, de entre los vapores y la toxicidad de la ciudad. Nada como verte esperar impasible, sin observar los detalles de tu rostro. Nada como voltear hacia el cielo e imaginarlo gris, aunque es azul.
Cristal, material de reflejo. Transparente, pero deja ver el polvo de las gotas de ayer. Reflejo, esa levedad que presenta tu cara: se ve y se va. De perfil, tu mirar se enfoca al exterior y se ve tu ojo, color de la miel oscura.
El cielo sirve de marco, la mente fluye con un montón de imágenes etéreas que convergen en un momento: tu sueño. Reflejo, el ente que sale al instante de cerrar los ojos y caer inconsciente.

Después de haber escrito todo eso, cerró la libreta y la guardó. Se acomodó la chamarra y dejó de mirar al muchacho. Quiso poner más letras pero prefirió regresar la mirada unos segundos más y poner atención a los últimos detalles, como lo haría una cámara. Captó todo, pero es inútil: la memoria le traicionará un par de días después y esto se convertirá en un recuerdo borroso de un incidente que a cualquiera puede ocurrir.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La noche y sus secuelas

El tren sale de la estación y sigue su camino. Rápido, busca llegar al otro extremo del continente en menos de tres horas. Jaime se toma un momento para elegir un asiento y, mirando por el ventanal, se aleja de aquel frío lugar. Pasan unos cuantos minutos y saca el libro que ha leído por varios días, aquella novela que le ha consumido el tiempo y ha jugado con su mente. Página tras página, sigue todas las acciones, invadido por la curiosidad y embebido por la suavidad del asiento. Al llegar al "otro extremo" del mundo, dejó la historia en sus últimos capítulos. La noche ya asomaba su mirada por el firmamento. Cuando estuvo en su casa, Jaime retomó la lectura, sólo con la lámpara de piso encendida y el resto de la casa a oscuras. Iba devorando, oración tras oración, los últimos instantes de la trama, observando la breve persecución. Detrás del hombre iba otro, uno que dejaba ver su insano estado. Las lámparas de mercurio bordeaban la calle, las sombras de los postes parecían alfileres gigantes clavados en el suelo. El frío les impedía correr, pero el primer hombre se apresuró a caminar hacia la casa y el segundo no podía seguir su ritmo. Al llegar a la puerta, la abrió con gran rapidez y cerró con todas las cerraduras. Retomó el aliento recargándose en la madera y ahí se quedó por unos minutos.
Se dirigió a la cocina, con el antebrazo sobre el estómago. En el ambiente se percibía el delgado filo de la medianoche. Calentó un poco de agua para prepararse un té. La dejó y fue a sentarse en su sillón favorito. El dolor empezaba a ser más fuerte. Se puso ambas manos sobre el regazo y se quedó ahí. La camisa estaba húmeda. No era sudor ni agua, era la sangre que escurría de la herida. El cuchillo del otro le había atravesado y el letargo que el helado aire le provocó no le dejó sentir el filo encajándosele. Al levantarse, vomitó del dolor y fue arrastrándose por el suelo. Consigo, se llevó las trazas de la comida a medio digerir. La sangre comenzaba a salir más y más, el sonido del agua hirviente lo cegó por un instante. Ante la puerta de la recámara, dio un golpe. Cuando logró abrirla, la lámpara de piso encendida, la gran maleta al fondo, la cama, las cortinas cerradas y el hombre que estaba sentado en un sillón de tapiz café, absorto en las últimas letras de una novela.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Rebobinados

Amante mío, que me has dejado a la penumbra de tu voz y a la deriva de tus ojos, que te has convertido en humo; tu estela de polvo has querido dejar. Escucha este llanto, amante mío, entre los sonoros metales de este tránsito. Hemos partido nuestros labios y sentido el vacío de la separación, donde

"El presidente de la república inauguró ayer la Feria Internacional, después de dos horas de retraso. A este acto asistieron mandatarios de 70 países." Así comenzaba la nota que Benjamín leía, después de haber soltado el bolígrafo y doblado la hoja por la mitad. La carta le pareció lo suficientemente poética y dramática como para dejarla inconclusa, sintió pena por lo que había escrito. Se levantó con el periódico bajo el brazo y salió al balcón a contemplar la mañana nublada, fría. El café oscuro, fuerte, sabe mejor ante el gris de la ciudad, frente

Quiso tachar la última frase. Pensó que lo del café era pésima idea para dar continuidad a su historia. Pensó en hablarle, pero controló su impulso. Dejó de teclear en la máquina y tomó el cigarro, aunque no pudo dejar de dar vueltas por el cuarto. Su intención nunca fue retratarlo así, como si no pudiera observar a través de él, sabiendo, de antemano, que es transparente. Hacer un retrato del ser amado con letras puede ser un arma de dos filos: las sonrisas nunca quedan bien hechas y no hay

¿Sonrisas? ¿Qué carajo había puesto? Ni siquiera estaba consciente. Los retratos son para los libros de arte, no para las buenas historias. ¿Qué está pasando? No lo sabe. Prefirió mirar por la ventana y ver la tarde, la luz que pasa entre las hojas de los árboles y salir a correr, a perseguir perros por el parque, a ver historias sobre la calle y despejarse. No supo cómo despojarse de sí mismo para escribir bien, las palabras parecían rebuscadas. Mejor tomó un cigarro y lo encendió antes de

Tomó el frasco y vació toda la tinta sobre la libreta. Nada servía, nada podía usarse. Aborrecía el texto, como quien crea un monstruo y no puede mostrarlo a la luz del día. Soltó todo y se dejó caer sobre las almohadas que parecían abrir un mundo lejano, plateado, alterno. Agarró la jeringa, se amarró el brazo hasta lograr sacar la vena y se inyectó el líquido que

Demasiado sórdido. Tachó todo y cerró el cuaderno. El día tenía una vibración especial, un día en que las calles de la ciudad están vacías, en que el sol se oculta después de mediodía para dar paso al llanto, en que los sentidos se abren hacia los poros de los amantes. Él quiso ver todo eso, mientras el cielo pasaba de gris a azul, mientras dibujaba sus labios en otro lugar, mientras veía pasar el viernes santo y sus procesiones sin

¡Basta! Aventó todas sus hojas lejos y mejor salió a dar un paseo por la campiña

Campiña, qué palabra tan rudimentaria. Mejor borrarla.

lunes, 31 de octubre de 2011

Amor consumido

A media luz, entre las sombras y las lámparas, los rostros son iguales: miradas perdidas, ausencia de espíritu. A media luz, las voces graves y las siluetas bien definidas bajo los focos rojos. En el aire se respira un olor a muerte, a ritual. Paso tras paso, ellos se apoderan de la ciudad y el horror en sus caras es desvanecido por su sed y su hambre.
Todos quietos, como si tuvieran conciencia por un momento, cual seres pensantes. Parados, se observan —o es lo que aparentan—, su sentido del olfato se agudiza cuando alguna piel lozana y fresca asoma su resplandor en aquel lugar, ahora lleno de sangre y desesperación.

Recuerdo el momento en el que él entró al punto más peligroso de la invasión zombie. Yo miraba a través de una rendija, por detrás de la pared. Estaba ahí, como si nada le perturbara, como si no hubiera ningún ser ávido de sus entrañas. Todos los muertos le veían e intentaban acercársele, pero había una pared de cristal que no los dejaba pasar.
Llegó al fondo del pasillo y se recargó sobre la puerta. Sacó un cigarrillo y lo encendió, fumaba lentamente mientras los zombies se adherían al cristal cual si fueran lapas. Los miraba de reojo sin analizarlos detenidamente.
Al tirar la colilla se volteó para abrir la puerta que separaba un mundo de otro. Sin darse cuenta, tiró su libreta, donde llevaba su vida entera. A través de sus páginas habían pasado tantos relatos, bitácoras, garabatos. Abrir la libreta y recorrer sus páginas es hacer un viaje a otros tiempos, donde no había infección ni caminantes muertos por las calles.

Hagamos una pequeña pausa, ya que en este espacio no se puede respirar bien. Hay un par de hojas de ese cuaderno pequeño, un espacio grande que cuenta varias historias, pero existe una en particular. Ocupa un breve lugar. Alguna vez tuve la oportunidad de leerla a escondidas, junto con otras más. Sin embargo, esta historia fue la que se grabó en mi mente:
Un par de enamorados, conocidos de hace muchos años, estaban en el campo. Recostados sobre la hierba, a la sombra de un gran árbol y bajo la luz del sol de otoño. Se miraban profundamente y jugueteaban. Ambos se quitaron las camisas y quedaron solamente en pantalones. Se fundieron en un abrazo, con el cielo despejado y el azul intenso.
Era el instante para grabar en la memoria, para conservar como el recuerdo que simboliza una relación. Él, siempre ávido de escribir, la trajo en letras para sí. El otro se había salido de su mente sin posibilidad de regreso.
No soy capaz de retener los detalles con suficiencia. La única frase de todo lo que leí y pude absorber decía así: "Quisiera tener tu adorable cabeza siempre, entre mis brazos".

Al abrir la puerta sonó un crujido. Había una extensión del cristal, pero ahora oscurecido. Ya no se podían observar los rostros de los zombies ansiosos. Siguió caminando hasta el final del pasillo y a cada paso, la luz roja dejaba de brillar hasta casi desaparecer. Tocó otra puerta y esperó. Pasaron varios segundos, parecieron eternos. Pensó que no pasaría nada y antes de encender otro cigarrillo, la puerta se abrió. La empujó y bajó por las escaleras, hasta el fondo, donde estaba un calabozo.
La lámpara era muy brillante y deslumbraba al entrar. El primer calabozo era circular y pequeño, tapizado de azulejos blancos desgastados y sucios. Al pasar por otro pasillo, se hacía más grande el espacio, como un salón rectangular. Del techo colgaban una fila entera de focos y de cada lado, en las paredes, había jaulas con zombies dentro. El olor de la carne fresca inquieta y anima a los muertos vivientes.
Él se detiene y pide a una mujer que abra la tercera jaula, a la izquierda. Cuando está dentro de la celda, el hombre se le acerca. Ausente, sólo busca la carne y la sangre. Le detiene con un brazo, las lágrimas le brotan y los recuerdos vienen a su mente como un diluvio. La luz roja siempre está ahí, la fugacidad de los segundos se evapora aún más rápido.
El amor de tiempo atrás estaba a punto de consumirse en un último intento por alejarse de todo, el cual se vio cegado por la palidez de una piel y una mirada perdida.
Bajó el arma, bajó los brazos. Tiró su defensa al piso y con ella todo lo demás. Se fundió en el pasto de aquel día al sentir la mordida en el cuello. La sangre le brotaba cual fuente, el piso se llenaba de ella. Cuando cayó, se quedó ahí sin moverse para terminar de capturar el sentimiento perdido. El dolor de la carne era inmenso, la fluidez de la sangre era más grande, el cuerpo se tornaba verdoso. El amor fue más grande que la soledad y decidió entregarse al único zombie que idolatró durante su existir.

Uno nunca sabe cuando es que un ángel puede ser tan oscuro y devorar todo nuestro ser, desde la metáfora más profunda hasta la literalidad más gráfica. El amor tuerce la piel hasta romperla, enrojece los ojos y fractura el cuello. Sangre, elemento que simboliza la condensación del ritual para infectar un alma y convertirla en otro espíritu, exiliado de sí mismo.

jueves, 27 de octubre de 2011

La luna de octubre

El cielo es oscuro. Bajo su manto todo reposa en tranquilidad. Los árboles van y vienen, van y vienen, al ritmo del aire de otoño. El pasto en calma alberga un par de cuerpos que, tendidos, se dejan llevar por sus emociones.
El cielo está despejado. En cuestión de minutos, las nubes aparecen y se acumulan en la bóveda. Parecen estáticas, cual algodón adherido por manos desconocidas. Minuto sobre minuto, el tiempo no se percibe, las manecillas del reloj se ven inmóviles, aunque realmente avancen más rápido que de costumbre.
La noche empieza, la noche es joven. La luna está en el punto más alto, como una lámpara de foco pequeño, lejana, plateada, manchada. Los dos cuerpos se juntan y ruedan sobre el pasto, sin sentir la humedad de la tierra.
Avanza uno tras otro, con ropa oscura y desgastada. Uno tras otro, se siguen sin perderse de vista, sin separarse, en una extraña reunión que sólo ocurre una vez al año. Las nubes se juntan más, en forma de una espiral se acomodan y van girando lentamente.
La luna de octubre es testigo de una ceremonia desenganchada de todo el mundo: un ritual de dos y para dos, alejados por la distancia y reunidos ahora por el letargo, la inconsciencia, la posición fetal.
Dos entes de carne y hueso. Se toman de las manos y se miran a los ojos. Después se abrazan y quedan enganchados. El frío es impasible, la ropa es muy gruesa y las lágrimas están ausentes. Caminan juntos, corren en círculos. Se recuestan en el pasto y se levantan. Se juntan, se separan; se miran, se ponen espalda contra espalda. Los vacíos de sus corazones se rellenan.

Entonces él comienza a mover la cabeza. La luz empieza a molestarle.

Regresa al bosque, al momento en que las nubes son un remolino, un remolino que no deja pasar los reflejos de la luna. Huele a un perfume conocido, uno de hace mucho tiempo, sobre la piel de hace un par de años.
Dentro de la imagen, ambos cierran los ojos y ven pasar el carrusel de imágenes en un par de segundos. Segundos pasan, más lento, más rápido. Los olores se hacen más fuertes. Se recuestan en el pasto, se toman de las manos y miran a la espiral gris que tienen arriba. Los árboles crujen, sus corazones revientan. Se duermen.

—Despierta, despierta.
—Todavía no es hora.
—Cuando el sol brilla, es momento de levantarse.
—Pero yo...no quiero, no todavía.
...Y el diálogo siguió, hasta que se levantó.
Entonces se vio en la recámara, solo. La luz entraba por una rendija.
Se sentó en la cama y miró con atención las paredes y no supo qué hacer.
El reloj marcaba una hora, ya era tarde. Mejor prepararse e irse, momento de vivir.

lunes, 24 de octubre de 2011

Sombras

Entre los edificios la luz pasa a medias. El sol de la mañana proyecta sus sombras y los hace ver como colosos, parados ahí, impertérritos, siendo testigos del acontecer diario.
Sobre la azotea de un edificio, uno de los más altos de la ciudad, se observa una pequeña silueta. Su sombra, vista desde abajo, es como la de un alfiler sobre una montaña de hilos. Desde arriba, el sol pega de lleno sobre la espalda del hombre, quien sujetó sus muñecas al barandal. La cornisa es el pegamento que lo une a la tierra, el vértigo es el perfume que lo atrae. Pone un pie sobre el aire y lo deja flotar, como si limpiara sus dedos en un río. Cierra sus ojos, la inconsciencia lo abofetea.
El olor a pasto le despierta. La noche es profunda, se cobija bajo el manto azul, bajo las nubes que parecen caminar y, después, desaparecen. Siente el aire, roza su rostro y sólo mira al cielo. Recuerda el lugar donde estuvo, atado a un palo de metal, desde lo alto de una estructura gris. Veía la luna, colgada como un foco. Respiró hondo y cerró los ojos.

El sol le quemaba la cara. Las sirenas se escuchaban desde abajo, al igual que los gritos de la gente. La angustia es demasiada y él sólo quiere terminar con la pesadez del corazón. No recuerda como llegó ahí ni le interesa. Las personas gritan: no te avientes, piénsalo bien. La mirada perdida y la boca seca, la hoja que sostiene en la mano izquierda y la derecha se libera del barandal. Su vida ahora pende de una pirueta, el mareo le viene y cae en desmayo. La mano izquierda aprieta la hoja y el sudor se escurre por su frente.
Cuando regreso en sí, la constelación de las estrellas, las cuales parecían cosidas a la tela azul que era la bóveda celeste, brillaban con más fuerza. Los sonidos de los hombres, guerreros en busca del enemigo, se desvanecen a lo lejos. Las sombras se acercan cada vez más, como las quimeras a punto de devorar a los seres de luz, pero el pasto tiene un imán que lo atrae y no lo deja escapar.

En un abrir y cerrar de ojos, vuelve a ver las nubes blancas. El aire frío lo hace reaccionar y logra agarrarse de nuevo del borde del cristal. Mira hacia abajo y ve los árboles, parecen manchas verdes que se funden con los colores de las cabezas. No se da cuenta, pero la cuerda de la otra mano está por romperse. Antes de volar, decide prepararse.
Boca abajo, el pasto se siente más humedo. La luz cae sobre ese tapete y se aprecia diferente, como si estuviera bañado de un metal. Prefiere no voltearse, aunque la nariz le escurre y quisiera saber qué pasa. Pone la cabeza de un lado y pasa su mano por su rostro. El líquido se siente caliente, vivo. Poco a poco, siente que pierde el aire. Los vapores de la noche le aturden.

El asfalto se siente frío, el charco rojo y caliente, las manos intentan moverse pero no hay más que hacer. Un círculo de personas le rodea: un par de señoras lloran, una madre le tapa los ojos a su hijo pequeño, unos hombres mueven la cabeza haciendo una seña de negación. Los paramédicos intentan pasar y recoger al hombre que cayó del edificio. Lo levantan y le cubren medio cuerpo con una sábana blanca. Consciente, le llevan a la ambulancia. El impacto fue demasiado grande como para que sienta algo. Al llegar al hospital sigue despierto, con la garganta llena de agua y los pulmones con poco aire. Balbucea, se ahoga lentamente.
La sangre había cubierto al pasto, la plateada luz la hacía parecer más oscura. Buscaba regresar al balbuceo, rodeado de objetos extraños y luminosos y de hombres vestidos de blanco, cuyos ojos se podían ver, pero no sus labios ni sus narices. Sentía como su espalda se quebraba de a poco, como el mazo se azotaba sobre su cuello, rompiéndole la cara y dejando escapar todos sus huesos, moviéndolos. En el último golpe cerró los ojos, no sin antes ver las estrellas y la luna, proyectando las sombras de los otros, tenues, levantando sus armas antes de asestar el golpe final.

domingo, 16 de octubre de 2011

Portishead o del imperio de los sentidos

La cita había llegado al momento cumbre. La espera había terminado. Miles de personas estaban paradas ante un escenario, apostadas ahí después de horas de intenso sol, correr de un lugar a otro, chocar con la gente. Eran las 20:25 y todo era oscuridad, balbuceos que parecían interminables y música de fondo sin importancia. El olor a cigarro predominaba y la emoción era grande.
Cinco minutos después, la música se detuvo de golpe y las pantallas comenzaron a dar una imagen. La "P" marcaba el final de una larga deuda y el inicio del evento, ahora histórico, en el Festival Corona Capital. Al oír una voz en portugués, empezó la presentación de los originarios de Bristol, aquellos que habían sido aguardados durante muchos años, los que construyen mundos de nubes negras y perlas grises sobre sintetizadores, sampleos y una voz desesperada: Portishead.
"Silence" marcó la pauta de la emoción, que hizo vibrar a todos los asistentes, quienes gritaban por la agrupación. Al momento de "Nylon Smile", el público estaba a la expectativa de golpes más intensos. No fue necesario esperar, "Mysterons" envolvía a la audiencia con toda su magia y tristeza, mientras se escuchaba al unísono: "all for nothing, did you really want?".
En una pausa fugaz, Beth Gibbons agradece al público. Su voz se escucha débil, tímida, frágil, al igual que su apariencia física, su delgadez.
Para "The Rip", las voces seguían la canción, el ambiente lleno de luces y colores, tranquilidad. Mientras la atmósfera parecía un sueño, el cual fue haciéndose más amargo al sonar "Sour Times", canción que levantó las voces de todos los presentes.
El aire parecía enrarecerse cada vez más, la música era la droga. "Magic Doors" preparó el terreno, con una potente mezcla de trompetas sintetizadas. El cielo se había despejado, las estrellas eran visibles en la bóveda celeste. Sonaron los primeros acordes de la desesperada errante, "Wandering Star". El sueño era una realidad ahora, el momento más etéreo de la noche, sucedido por la fuerza —casi demente— de la caja de sonidos y la repetición de las balas de "Machine Gun".
Hubo un breve silencio. Los murmullos se esparcían como la noche misma. Al momento de encender un cigarro, inició el sonido de una guitarra, olvidada, al tiempo de las primeras líneas desde la voz de Gibbons: "I can't hold this day anymore". "Over" rayó el corazón de los escuchas con el intenso scratch y la melancolía de la cantante sobre el escenario.
Una brisa de intimidad y erotismo se percibió mientras sonaba "Glory Box". Gibbons derrochaba sensualidad en la belleza de su voz, al momento que la noche se veía más estrellada. "Chase the Tear", la canción que no podía faltar, fue un breve instante para despertar momentáneamente.
Pausa. El silencio imperó pocos segundos. Los sintetizadores sonaron y sumieron en fantasía al público. Empezaba "Cowboys" y con ella, la emoción de muchos asistentes. La desesperación se notaba en Gibbons. El clímax llegó al punto máximo con "Threads": un inicio lento y despacio que culminó en distorsión y confusión.
La música terminó y Portishead se despedía del público mexicano. Eran las 21:40. Algunos regresaron a la realidad de golpe, otros se retiraban hacia otros escenarios. Las luces estaban a la mitad de su capacidad, focos morados y naranjas enmarcaron la salida de la agrupación y dejaron ansiosa a la multitud.
21:45. Los gritos no se hicieron esperar. Portishead, de nueva cuenta ante los micrófonos, preparaba la entrada triunfal hacia el encore: "Roads" formó en el ambiente un castillo de aire, un dejo de soledad sonaba por las bocinas, mientras el público coreaba, débil. La emoción desembocó en la locura de "We Carry On", entre luces rojas y el sonido desquiciado de los teclados y la caja de sonidos, los asistentes se movían en una masa homogénea.
De golpe acabó la realidad hecha sueño. Beth Gibbons, con la voz entrecortada, agradeció la intensidad y entrega de las miles de personas. Los años se condensaron en horas que perdieron su poder. La noción de tiempo y espacio se borró de la atmósfera durante la presentación. La noche seguía ahí, como testigo de lo ocurrido, al tiempo que la gente se disipaba, hacia los sonidos lejanos de otro escenario.

jueves, 13 de octubre de 2011

El canto del reloj

Los números del reloj marcan el paso de la luz, hora tras hora. Así, sus días pasan, mientras cuenta otras historias ajenas a él. Recuerda como se escuchaban sus pasos, pesados y cansados, en el suelo; pero hoy no: era la ausencia de ellos, el espacio vacío de las huellas, la sombra de sus pies.
Tic. Entre oscuridad y luz, dejaba pasar el aire. Entonces escribía y dejaba volar las letras dentro de la hoja, una tras otra, como si el tiempo se hubiera detenido. Se levantaba y recorría el camino que se había quedado atrás.
Tac. Las horas pasaban inclementes, el momento se desvaneció en un perfume que no regresaría jamás. Escribió el mismo texto varias veces, una tras otra. Después letra sobre letra y tinta sobre tinta, hasta que quedó una gran mancha.
Toc. El pequeño canto del reloj se transformó en una marcha insoportable. Sentado, al borde de la cama, se veía a sí mismo como un ente abstraído de su cuerpo, una persona que no era él. Un segundo tras uno más, bum bum bum...
Los números del reloj marcan el paso, dejan atras su rostro cansado. Ahora, él se para y camina. Va a recorrer las huellas, vacías ya, desgarrando su voz para después pasarla a letras. Cae sobre el suelo y se queda, observa, huele, recorre con la mirada. Inconsciencia al pasar.
El tiempo pasa, tic tac toc. Los sonidos le despiertan, la tinta se le escurre de las manos, la escritura se ha perdido. Los ojos llorosos, la boca seca y el perfume desvanecido. El sol al atardecer y nada más.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Esencia

"No existe nada más bello como sentir el cuerpo ajeno en espasmo —había escrito en su libreta y siguió—, nada como presenciar el temblor de una piel con otra." Terminó la frase y no supo qué más decir. Se tiró al suelo, sobre el tapete y su olor a menta. Ahí, tendido, le llegaron todas las imágenes que creyó haber olvidado.
Pasaban las tardes juntos, sentados en ese tapete. No había olor fresco, sólo el roce de una mano con otra. Tantas horas, desde antes de la puesta de sol hasta que la noche penetraba en la ciudad. Escuchaban música, escribían, dibujaban. Si no, peleaban con almohadas.
Recuerda, mientras sigue acostado, con los brazos abiertos y los audífonos, el día que regó la esencia de menta. Acababa de llegar, el frasco estaba sobre el suelo y lo derramo cuando lo pateó sin querer:
—¡Era la esencia que iba a usar!
—Lo siento —dijo apenado—, te conseguiré más.
Bajó corriendo, a buscar más, pero era toda la que había.
—No te preocupes, no era importante —replicó, mientras contenía su enojo.
Se volvió a sentar sobre el tapete y el pantalón se impregnó del olor. Permaneció ahí mucho tiempo, aun después de la separación.
Ahora sólo estaba el tapete como un recuerdo de lo que sucedió. Lo dejó ahí porque le gustaba su suavidad, el olor que tenía por accidente, el estampado. Prefería leer y escribir en ese lugar, la inspiración llegaba por arte de magia, el aire entraba por la ventana en la dirección correcta y la luz era suficiente.
Sin embargo, antes de marcharse, quitó el tapete y lo enrolló. Vio la mancha que había debajo, como si fuera grasa. Pasó sus dedos y sintió el aceite. Olía a hojas secas, una sensación similar al día de la ruptura. Se levantó y se llevó la tela, cerró la puerta y se fue.
Tiempo después completó su texto: "No existe nada más bello que el olor del cuerpo ausente, clavado en una alcancía de recuerdos, tendida sobre el piso de cada día."

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Efímeros

En un tiempo anterior, dos extraños se encontraron, se conocieron y pasaron un breve periodo de sus vidas juntos. Hoy, después de un par de años, están en el mismo espacio, sin mirarse. Él camina a la derecha y ella a la izquierda.
Pasaron tres días juntos: se conocieron, se enamoraron y se separaron. Era octubre. En el primer día llovía, inusualmente. Ella estaba bajo una marquesina y él llego a atajarse ahí. La lluvia cayó por varios minutos y el silencio era tan pesado, que podían escucharse los pensamientos. Él pronunció la primera palabra y de ahí el mundo cambió. Una tras otra, fueron las oraciones, hasta el momento en que estaban en un café. Era de noche y decidieron salir juntos al día siguiente.
El sol estaba en su punto más alto. Mediodía. Se recostaron bajo un árbol y vieron las hojas, dejaron pasar el tiempo como quien deja el agua correr. No había prisa. Al atardecer comieron juntos y, para la noche, intercambiaron los sonidos que sólo los amantes conocen. El letargo fue demasiado.
Ella se levantó y se vistió. Cuando él despertó, ella estaba lista. Ambos caminaron por el parque y después se separaron. Cada quien siguió su camino. Él recorrió las tiendas, buscando algo que regalar. Ella fue a la estación de trenes a comprar un boleto para irse lejos.
Al cuarto día, él ya no supo nada y regresó a su vida cotidiana. Desde entonces, él pensó en ella durante muchos días, semanas, meses. Ella no volvió, hasta el día que se cruzaron sus maletas en el aeropuerto. Sintieron sus presencias pero no se vieron, intuyeron sus alientos sin enfrentarse. A la derecha, los campos esperaban, fríos y ansiosos. A la izquierda, el mar y sus encantos en el trópico. Al centro, en un local, una mujer parte una rebanada de pastel. Ahí es donde está el tiempo, contenido en capas horneadas y decoradas, listas para servirse.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Impresiones

Cruzas los puentes, día tras día, las estructuras metálicas que conectan la ciudad. Vas sobre uno, sobre otro, sobre muchos. Ves el día pasar y miras hacia los árboles y sus ramas, en tu mente tratas de componer las escenas cual secuencias pero no pasa nada. Lo único que logras hacer es ver lo que nadie ve y omitir la visión realista.
Trasladas tus sueños y miras por la ventana. Intentas absorber el color y dejar lo gris sobre el pavimento de los puentes. Ahí es donde sueñas, despierto, sobre los fríos canales de luces que ahora están fuera.
Las sombras se proyectan ante tus ojos, perdidos siempre en la ausencia de las mismas. La rutina parece ser igual, aunque realmente no sabes como salir de ella. Sólo tomas tu mirada como el lente de una cámara y dejas que tu memoria registre cual cinta cinematográfica.
Los puentes siguen ahí, parados, esperándote, aguardando tus pasos, tus viajes cortos en el pavimento y largos en la mente.

Yo estaba parado en el balcón. Miraba a los vehículos pasar y me distraje del libro. Pasaba las páginas como quien busca desesperadamente algo y no lo encuentra. La tarde rompía en sangre y yo solo veía el tránsito fluir.
Los puentes siempre me han parecido algo útil pero nada más. Yo nunca he creído en los sueños, pérdida de tiempo. Lo que siempre me ha gustado es gastar un par de minutos, con la mirada sobre los ríos de automóviles y con un cigarro.
La vida ha pasado tan rápido y se detiene. La noche llegó y con ella las ganas inmensas de recorrer la ciudad. Pero no, el trabajo llamó a la puerta. Salí de casa y tomé el carro. Me dirigí a los límites de la ciudad, donde las luces han perdido su brillo.
Esperé mucho tiempo antes de la medianoche, leyendo y descifrando mapas de lógicas complejas. Esperé hasta que la voz del deber llegó a mis oídos y me quitó la venda de los ojos. Yo nunca he sabido que es una rutina. Ayer estuve en otro lugar, uno desconocido, con grandes planicies y casi ningún árbol.

Él esperará en vano, sentado sobre la banca de un parque. Llegará pronto el momento en que el día deja de serlo, sin nombre alguno. La luz parecerá una mezcla entre lo natural y lo artificial, respirará el aire con esencia de flores exóticas y se irá a las hojas.
Los árboles le estorbarán la vista del cielo, la cual se llenará de pájaros. Querrá sentir sus ojos cegados por el sol, sentirá su piel y quemará su mente con un cerillo. Pensará si hace las cosas bien y no llegará a conclusión alguna. Sacará la pipa del bolsillo de su saco y fumará tabaco, aunque no sea su preferido.
Dejará pasar la vida, porque tendrá tiempo libre, como siempre. Observará con detenimiento cada detalle y quitará a las personas de su campo visual. Seguirá sentándose en la misma banca, verá la misma escenografía y él mismo cambiará a los personajes.

Nada es igual, la percepción siempre es diferente.

sábado, 10 de septiembre de 2011

En tu boca

Ahí, entre las aperturas superiores y las marquesinas, delgadas y frágiles, se abre también un lugar, ideal para la enunciación y la condensación de los amantes, inspiración siempre bella, encerrada entre dos partes que se unen y dejan libre un aire delicado.
Las comisuras encapsulan la abstracción, vuelta atracción. Las olas de pasión se mecen en vaivén y salen, de entre los labios, infinitas muestras de delicia y amargura.
Es una reacción natural sentir el aliento al momento de la respiración agitada, al instante de proferir toda expresión: palabras bellas, sílabas tristes, letras agridulces. La mirada se pierde, los ojos sueltan su brillo y le dan luz a la piel que rodea al palacio de los límites entre uno y otro.
De ella provienen miles de relatos, la división entre un hecho y una descripción, el reposo de las articulaciones en medio de los líquidos y los estertores del amor. Silbante, anhelosa, puesta para ser admirada, de color o al natural: sus labios protegidos por púas, sus respiros incansables, su aliento.
Tantas lenguas para decir todo, resumirle en una frase pequeña: ta bouche, la tua bocca, your mouth, dein Mund, din mun. Pasar los segundos, los minutos, las horas, el tiempo y toda medida en tu boca.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Palimpsesto

Aquí está Javier recostado sobre el pasto. Mira, a través de las ramas, al sol en plena cúspide. El aire tiene un olor a luz y las hojas se mueven. Dejó la cuerda con la que había saltado a un lado y tiró la pelota al otro lado.
Después de un rato de saltar decidió alejarse de su propio palimpsesto, al cual ha tachado muchas veces. Dentro de un radio breve, pone los pies sobre el pasto y vuelve a despegarlos, asegurándose de no pisar el mismo punto, siempre pendiente al ojo que le mira, recargado sobre sus tres patas.
Antes de tomar la cuerda, Javier se fue con la pelota entre las manos, corría. Esta vez no hubo mirada tras de él. De la misma forma, quiso tener certeza de no regresar por los pasos que dio.
Se ensució el palimpsesto de lodo, junto con los zapatos. El pasto siempre ha sido un excelente lugar para sentarse.
Regresando al momento de su estática, se quedó pensando en el sol. Ahí, tendido en el parque. No quiso escribir sobre su palimpsesto y lo grabó mentalmente, como si tomara una fotografía y la guardara para el recuerdo.
Al atardecer, regresó a casa. Caminaba y, sobre las pisadas, iba raspando en el mismo objeto de todo el día. Al llegar, tomo la cámara y vio todo lo que hizo. Tenía tantos fragmentos separados del palimpsesto y no sabía como ordenarlos.
Por eso escribió en su libreta todo. Mejor escribir y tachar que dejar las piezas regadas en los cajones, unir cada pedazo en un solo texto, que tenga de todo y recoja cada parte. Pero no quedó bien. Guardar todo, mejor, así no se pierde nada aunque esté separado.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El vacío

Más de la mitad de lo que diga, probablemente, no tenga sentido alguno
[sólo lo digo para intentar alcanzar una silueta fundida en la oscuridad].

Un breve instante y el vacío se convierte en un magneto, el cual atrae al cuerpo con gran fuerza. Así, después, con una sutil chispa de color, el cuerpo se viene abajo y es absorbido por el vacío que está ante sus pies.
Dentro de ese hoyo (que representa la negritud del gran vacío) hay alguien, una entidad que escribe una historia, la pone dentro de un libro en blanco y lo lanza fuera del hoyo.
Otro alguien encuentra este libro y lo lee, dando vida a toda la complejidad de ese entramado, de todas esas letras con sus espacios, de las pausas y sus causas, no hay más que decir.
Pero esto no quiere decir nada, el caso es que yo quería contar muchas cosas al mismo tiempo y no pude: un orden fue necesario para poder relatar algo, una cosa a su momento, hasta llenar muchas páginas. Las restantes, arrancarlas para hacer con ellas barcos de papel.
Me da lo mismo, de todos modos nadie escribe para no ser leido y nadie lee sin esperar un escritor detrás.

domingo, 21 de agosto de 2011

Los perros

No era preciso ni mucho más, pero intenté reconstruir parte de mi memoria, la cual se quemó al sol. Tenía una caja llena de cartas de todos ellos, mas las de Matías eran las importantes. Así pues, transcribiré lo que decía la primera que tomé.

1 de junio

No sé si lo que voy a escribirte fue un sueño o realmente estuve ahí. He tenido días tan sórdidos y no logro distinguir algunas cosas. Estaba acostado en el Parque del centro, sobre el amplio jardín. La luna en el cielo, como un gran foco de mercurio, permanecía impávida a mis ojos. Su luz bañaba todos los árboles en el verano, el aire era levemente frío. Bajo uno de tantos me había recostado; las hojas se reflejaban en mi cara y los colores se distinguían casi a la perfección, sumergidos en un filtro de plata.
Vacío, el parque estaba en silencio. Las ramas cantaban al ritmo del aire y mi mente se había retirado. La medianoche rayaba el cielo y me había vaciado de todo y de todos. Al momento se escucharon rugidos, lejanos. El número de éstos fue en aumento y después me vi rodeado de perros. Me senté sobre el pasto, de color verde plateado, y miré con atención a cada uno de los animales, tratando de escudriñarlos y capturar sus detalles. Me fue imposible.
Ningún perro era agresivo, sólo gruñían. Dentro de ellos estaba el impulso de dejar salir todo antes de explotar, ante la luna. Dirigieron sus hocicos a la luz y formaron un circulo al centro del parque, después miraron hacia arriba y comenzaron a ladrar. Sentí su libertad momentánea y regresé bajo el árbol. Sus ruidos me arrullaron hasta que caí en sueño profundo.
Soñé que los perros corrían por las calles vacías, en la madrugada. Seguían ladrando. Se fueron de la ciudad, se sintieron libres, al tiempo que una parte de mí se iba con ellos. Corrían y ladraban hasta perderse de las banquetas, hasta ver clarear y desaparecer la luna.
De pronto sentí que caía y desperté. La cama se sentía dura, la noche meditabunda, la calle quieta. El parque vacío por la ventana, el árbol donde había estado y un hombre debajo recostado. La sirena de una patrulla resonó al fondo de la avenida y un perro ladraba y corría. Me escurría una gota de sudor por la frente. La luna seguía encendida.
Mi mente no me da sosiego, no distingo. Los lentes no me funcionan tan bien, ya no puedo ver hacia dentro y no me gusta lo de afuera. No entiendo si soñé que soñaba o si estuve ahí. Sólo escucho a los perros ladrar cada noche, desde entonces.
Espero regresar un día y poder relatar más de lo sucedido frente a una cara y no a una hoja de papel.

Era junio. Yo no había soñado hacía mucho tiempo. Después llegó un perro a la puerta de la casa y le di techo. En las noches de luna, ladraba mucho. Nunca intenté callarlo, más bien pensé que trataba de hablar con alguien en voz alta. Tal vez sería con Matías, quizá con los otros perros, pudo haber sido un monólogo. Recuerdo que un día se fue y no regresó. Probablemente haya ido lejos...

domingo, 14 de agosto de 2011

La mirada en el cristal

Las manos adelante, siempre adelante. Las piernas rectas, el impulso de ver por los cristales rayados. La cinta magnética que une orejas con cerebro y corazón se desdibuja entre las luces de la ciudad, fugaz, en cámara lenta.
No es lo mismo observar que ser observado, al igual que las pieles cubren de diferente forma la piel propia. Las manos sudorosas, la vista al cristal, donde aparentemente mira los focos, pero no. La realidad es el posar su mirada sobre la silueta bien definida de alguien, normal, pero etéreo a la vez.
Podrían decirse tantas cosas y callar a la vez. La mente corre desbocada, cual escena de una película de romance secreto. Cierra los ojos y se hunde en el sonido. Abre los ojos y se sumerge en la oscura luminosidad. La silueta sigue ahí, el cuerpo parece inamovible.
Al llegar al destino, la boina que cubre su cabeza se enfrenta al aire, sin moverse de su lugar. La gente se aproxima a la siguiente entrada, la cual deja ver toda la masa que va. Ya no hay espacio ni para el suspiro, mejor dejarle ir.
Las manos adelante, siempre adelante. La mirada en el cristal, viendo las luces y observando la silueta, espiando entre los recovecos para imaginar.

sábado, 13 de agosto de 2011

La piel que se rompe

La fragilidad es una cosa impresionante. Uno no se percata de ello hasta que observa el cristal de la vida quebrarse lentamente, estrellarse de pronto, explotar de la nada. Pero sucede que el cristal no es tan débil como las pieles.
La piel blanca y dura al contacto, apretándola un poco más se llega al interior viscoso, se escurre entre los dedos. Así es el exterior de un huevo, el cual se azota de pronto contra el vidrio del autobús. El golpe se escucha un tanto sordo, un tanto absurdo. De ahí viene la risa hueca y la falta de sentido de nuestras vidas.
El cascarón del huevo (así suele llamarse a la piel de éste) es tan frágil como el hombre en sí mismo. Así pues, el desgaste llega a la ruptura inminente y al escurridizo interior de muchos corazones. El huevo que se azota sobre la ventana se escurre, deja una estela amarillenta que se decanta en blanco, se vuelve nata.
Al fondo la risa absurda, el reflejo de ellos y los demás, con la mirada perdida en el paisaje urbano, con la música nostálgica, cubierto de otras pieles, ajenas.

viernes, 12 de agosto de 2011

Frío

Tengo sangre en las manos, piel deshecha. Sostengo parte de tu cabello, negro, denso. Pensé que sería diferente al paso del tiempo pero las escenas recreadas en otras letras me dieron la clave: es parte de verse en un espejo lejano.
Tengo sangre en las manos, el frío cristaliza su pálido color rojo. Tu piel ya se deshizo, tu rostro se endureció y tus ojos se cerraron. Preferí dejarte sobre la nieve, observar tu silueta fundirse con el calor que escapó de tu cuerpo.
Tu sangre es azul, al contacto con el aire. Tienes mi sangre en tus manos, ahora que mi cuerpo yace en el piso y se le va el aliento a la piel.

jueves, 28 de julio de 2011

La espina

Una rosa por una espina. Los movimientos se transforman en heridas al contacto y cicatrizan de una forma peculiar. Así, los días pasaban y el muchacho se levantaba a la misma hora, con la radio de fondo para despertar.
Las mismas letras, pegadas a su piel por largo tiempo, como la espina en su costado. Escondido tras un imperioso deseo, ahora innecesario, hace de tripas corazón al tiempo que continúa caminando por las calles de la ciudad.
Pero, ¿qué es la espina? Un simple lastre atorado en un lado, falta de respiro completo y hundimiento leve sobre un colchón con olor a adicción. Insano, entre la decadencia y la cordura, contiene el llanto, con sus libros tirados en un charco y los gritos reprimidos.
Después duerme y, a la mañana siguiente, todo vuelve a comenzar, en el preámbulo de una repetición. Espera él que no sea infinita.

domingo, 10 de julio de 2011

La ciudad de fondo

Un paseo por las nubes y después escribir para soñar más.

Escribir con la ciudad de fondo, con sus ruidos y sus calles saturadas, sus luces reflejadas en inmensos charcos y en lagos pequeños, entes de mercurio y sodio que alumbran las banquetas a la caída del sol.
Desde aquí, el asiento trasero parece más cómodo. El aire corre mejor y la mente se suelta mientras se avanza. Semáforos y semáforos, van y vienen. Más luces y la ciudad sigue de fondo, como el sonido salvaje y puro, en bruto y sin procesar.
La corona magnética se engancha a los oídos y ahí permanece, mientras se escucha la dulce melodía que cubre a la urbe. Una voz suave sale y profiere palabras en un límpido idioma, del cual no entiendo mucho.
Al paso de todo, de los postes, de los autos, de las lámparas y entre los edificios se ve el tiempo detenido. Todo lo demás avanza.
Las lágrimas, aun saladas, parecen ahora sacar toda su levedad. Son insoportablemente tolerables, hechas de un líquido plateado y volátil, no pesan ni se sienten. Así también, la ciudad se vuelve leve, se encierra en una burbuja invisible e indivisible, flota entre los castillos de aire.
El paseo es de letras, enmarcadas en una libreta, vueltas a un bolsillo y veladas al mercurio y al viento. Noche de palabras interminables como la mente misma cuando corre. La ciudad al fondo, allá las nubes, oscuras ahora; los ruidos sordos y la explosión en el río de resplandores metálicos.

Un paseo por los puentes y después...después cerrar los ojos para no lagrimear.

sábado, 9 de julio de 2011

Breve descripción del señor J.

El señor J., es un extraño caso, pero no como el señor Valdemar. Es un ente con una rareza que, hasta hoy día, no logro comprender. Siempre está sumido en un mundo alterno, entre miles de papeles sobre los cuales traza imágenes discordes y rotas. Mi mente logra comprenderlas hasta un cierto punto.
Tiene una gracia ágil y útil en situaciones adversas pero no tiene tacto. Sufre de severos traumas y otras observaciones, aunque eso casi no importó. Realmente conozco poco bien al señor J. Así también puedo ver su ávido consumo de lecturas aquí vertidas. Es un buen comentador y defensor férreo de sus puntos de vista.
Me gusta verle dibujar bajo las sombras de la lluvia y el humo del cigarro. El señor J., fuma como locomotora, parte de un proceso de adicción del cual no se renuncia fácilmente. En todas las ocasiones, vestía pantalón corto, a pesar de su intenso gusto por la ropa invernal. De sabores nunca supe y menos de otras aficiones, sólo de algunos secretos.
El señor J., es incapaz de terminar un proyecto, lo cual me molesta. Sin embargo, no lo culpo; es de gran dificultad acabar –o por lo menos llegar a un punto álgido en un trabajo– cuando se tiene una maraña de ratones en la cabeza.
Un buen día, este señor fue a dar una vuelta a la ciudad y no regresó por aquí. Probablemente se haya molestado sin querer. Lo único que puedo hacer es continuar en este remolino de escritura y esperar. Quizá alguno de estos documentos sea parte de los sueños que traza en sus hojas de diseño, en tintas especiales y colores sobrios.

viernes, 8 de julio de 2011

No queda camino para correr

Siempre se recorre un largo camino para llegar ahí. Parado en el centro, rodeado de miles de personas, no se ve la magnitud de un lugar así. El pasto sirve de almohada al sueño de los zapatos y el sol empieza a ponerse, a despedirse del día. El espectáculo está a punto de terminar pero, sumido en alienación, no se ve venir.
Suenan los acordes de una guitarra que lento comienza. Al inicio de la canción se puede dar cuenta del final, no se necesita una indicación certera. Sudor, enajenación, expectativa, emoción. La garganta se rompe en hilos de sangre invisibles y, realmente, no se siente. Atrapado en medio de toda la masa de personas, no queda camino para correr.
Se conecta el corazón al otro lado de un escenario, sobre el cual hay una banda. Cuando el ambiente es propicio, ocurre esa especie de sinapsis mística que llega a carcomer las entrañas. El estómago se proyecta en vacío y la vista se nubla; los oídos explotan y el sudor se cristaliza en la frente.
Es el sabor dulce y amargo de una ruptura silente, al momento de finalizar, ante la explosión de los últimos rayos solares y el quiebre de las nubes para dar paso a la noche. Ahora acabará, en cuanto los amplificadores se destrocen, la masa se aplaste para dispersarse.
Ellos acabarán por darnos la espalda, aun con la súplica de las voces. Finalmente, nosotros haremos lo mismo y nos iremos, dejando una huella masiva, de la cual sólo quedarán restos. Habrá, por lo menos, dos voces con sus versiones oficiales; muchos pensamientos girarán como satélites por cabezas aledañas; otros callarán por su sanidad mental. Pero parado en el centro de esta extensión verde, al observar la noche caer y la magnitud del pasto, no queda más camino para correr. Se acabó.

domingo, 3 de julio de 2011

El tiempo roto

Caminaba por la calle, así, como quien no tiene mayor aspiración.
Me puse el abrigo largo, el negro, para impedirle a la lluvia pasar a mis brazos. Tomé el sombrero y lo coloqué sobre la cabeza. Salí y vi el mar de gente meciéndose de un lado a otro, entre paraguas y gotas tupidas. Entonces salí a encontrarme con el pavimento mojado.
Llevaba puesto el reloj, aquel de la otra vez. Avanzaba a sus ritmos torcidos, como los textos que van en salto continuo. Enfrenté una horda de personas aguerridas, abriéndose paso por calles y calles. Parecían estar llenas de todo tipo de rostros, de zapatos chorreados, de lágrimas ausentes. Sin darme cuenta, choqué con un hombre. Seguí mi camino.
Al paso iba alejándome del bullicio. Iba arrastrando las rotas suelas de otras vidas. Volteé y vi la hora, pero el reloj estaba roto y su torcido recorrido se había detenido. Me cubrí la muñeca y me metí en los callejones.

–Señor, ¿ha visto usted trozos de cristal regados en el suelo?
–No, yo sólo he mirado al cielo mientras llueve.
–Es que se rompió el tiempo de mi reloj. Se escurrió fuera de la caratula cuando choqué con alguien.
–Dígame, ¿conoce usted el tiempo?
–De una forma rara.
–¿Y cómo sabe que se le escurrió éste y no el reloj?
–Porque ahora las manecillas avanzan como las de cualquier reloj común.
–No se preocupe, de todos modos el tiempo avanza como mejor le place.
–Me ocupa mi invisibilidad, es todo.

Ya no busqué ningún trozo de ninguna cosa. Me paré a mitad de una calle vacía a la vista. Me hinqué sobre el asfalto y seguía sosteniendo la muñeca. Finalmente, me di cuenta de mi liberación de aquel calabozo. El cuerpo se sentía más ligero pero yo no podía respirar bien, era cuestión de acostumbrarme al aire contaminado y la invasión repentina de seres enmascarados; las distancias grandes entre edificios y campos llenos de pasto, entre ayer y mañana.
Se rompió el tiempo, el reloj continuaba marcando horas.

sábado, 25 de junio de 2011

Retrato del hombre sin piel

¿Recuerdas a Matías? Un pájaro negro le arrancó el último sueño en picoteo fugaz y le dejo inerte en el sillón. Hace unos días llovía fuerte. A mi cabeza vino el fuerte olor a nardos de los floreros entintados. Era una mesa de madera tan dura y pesada, unas bandejas de plata y mucha gente vestida de duelo. Una mujer que no conocía se me acercó amablemente y me dio una carta. En el sobre estaba mi nombre, escrito con la letra de Matías.
Al llegar a casa, abrí el sobre. Era un escrito poco usual y bastante corto. Resumido en pocas palabras, Matías me había pedido –como quien presiente su desaparición– que le describiera en un texto cuando ya no estuviera. Pasaron un par de días y los nardos seguían con su penetrante olor.
¿Quién era Matías? Ni yo mismo lo supe. Tenía un cerebro desacomodado y un rostro onírico peculiar. Era un sueño cubista descrito en letras sobre un lienzo con pinceladas negras. En la mano sostenía un puñado de cartas cerradas, las tiraba al suelo y, si recordaba que eran para él, las leía.
Era un libro entreabierto, una novela interesante a medio leer, un sueño del cual uno despierta y queda incompleto. Su mundo estaba encerrado en la mente, llena siempre de luces que ciegan y de grandes episodios de oscuridad y misterio.
Conocía parte de esas luces, transformadas en papeles azules entre los libros. Una agujeta desabrochada, un suéter de color oscuro, un viajante ligero. Matías pensaba mucho pero no se detenía a meditar en sí mismo. Distante, en un barco que surcaba el cielo, explorando el mundo solo, transcribiendo notas de la sangre al aire.
Hombre de tez blanca, cabello castaño oscuro y barba cerrada. Gustaba de la ropa de varios colores, sin llegar a usar los más extravagantes o brillantes. La mayor parte del tiempo tenía una agujeta desabrochada. Debía llevar consigo los lentes, aunque era raro verlo con ellos. Regularmente traía las manos vacías, a excepción de los días por la mañana, cuando tomaba las cartas y las tiraba al suelo. Siempre tenía un nardo en el florero, un hoja en blanco pegada sobre la puerta, una fotografía escondida bajo el tapete de la entrada de su casa.
Describir a Matías no es labor fácil. Es como escribir una poesía sobre un lienzo, con tinta de un color oscuro, sumido en la oscuridad, sin saber a ciencia cierta lo que se hace. El único recuerdo lúcido que tengo de él es haber visto su sombra deambular por las noches de insomnio, escribiendo frases sin sentido a mitad de la noche, sobre la hoja de la puerta.

domingo, 12 de junio de 2011

Los fríos bordes del cuerpo

Fui a la cocina, caminando, lentamente. La verdad es que no había prisa. Tomé el cuchillo más grande del escurridor y lo lleve hacia el congelador. Piqué hielo y, al ver su filo enfriarse con un vaho mortecino, decidí dejar el cuchillo ahí.
Pasaron dos días. Cuando abrí la puerta de la casa, recordé que había dejado el cuchillo. Fui al congelador y lo saqué. Deslicé la yema de un dedo sobre la filosa hoja, pero no lo atravesó. Bajé las escaleras y entré al sótano. Era un espacio grande, lo suficientemente amplio como para soñar. Encendí la lámpara del techo y revisé las gavetas.
Recorrí la piel oscura del piano con la punta de los dedos. Las teclas, blancas, saltaban a la vista. Al fondo están las gavetas, revisé varias y dejé abierta una. La carne, dura, fría, casi azul, atraía con gran magnetismo al cuchillo. Su frío no se desvaneció por completo. Entonces empecé a cortar la piel amoratada y a ver la sangre gelatinosa. Algunas gotas plásmicas saltaron sobre las teclas de coloso de marfil y madera.
Abrí el torso, invitado por el golpe que tenía en el pecho y llegaba hasta el ombligo. Vi más carne, en bello rigor mortis. No me importó el trabajo que costaba descubrir el interior, yo quería ver si había alguien hecho de otra cosa, si el corazón es realmente una bomba o es una elemento etéreo de mi cabeza.
Cuando lo tuve en mis manos, le vi negro. De una parte escurría un líquido maloliente, de la otra pendía un hilo de color escarlata intenso, con pequeños brillos de oro. El cuchillo se había calentado con mis manos, el hilo era dorado, la sangre ahora era muerte. En mis orejas resonaba el piano, con sus notas pausadas. En el músculo se veía la reconstrucción de eras pasadas, efímeras. Al jalar el hilo para ver el proceso, el corazón se hizo pedazos grandes, los cuales se secaron en un instante y se hicieron polvo.
Por la ventana, el aire recogió la pesadez y se la llevó consigo. Vuelve tu cabeza hacia mí; muévete de nuevo, como yo hacia ti; figura correcta y densa; sombra molecular proyectada en luz azul.

martes, 7 de junio de 2011

Las horas del reloj

Un sonido de guerra, ensordecedor, explota al suspiro cercano de tu respiro constante. Va en reversa y regresa, constante y sonante, día tras noche y noche tras día. Marca la simbología de los momentos y los instantes, alargándolos o comprimiéndolos. Cuestión de velocidad y percepción.
Espanto tras pisar los escalones fríos de las manecillas. La yema de los dedos se acerca y, al tocar la cuerda, se escucha un breve segundo morir. Ahí es cuando el mundo entero se detiene: las promesas de los amantes se congelan, el edificio en llamas permanece en infierno eterno, los cristales revientan en espiral. Al giro siguiente, todo regresa al estado natural. Tiempo.
Tic-tac-toc. Vaivén de sonrisa y miedo, marca cada segundo con dos brazos delgados y bien formados. Tienen estilos diferentes: desde lo sofisticado hasta lo más sencillo. Reloj que da las horas para no sufrir, para no llorar, para no reír y para sentir miedo. Sudor frío escurre sobre sus frentes ante un tablero lleno de estrellas.
Las horas del reloj siempre vienen después de la risa o antes de la prisa, envueltas en velos de solemnes colores. Uno, dos y tres para la falta de porqués. Horas pasando, caminantes eternas frente a los rostros, no dan tregua ni palabra de honor. El reloj cae contra el piso y estrella el pavimento con su duro cristal. Superficie pesada que se pierde en colores, letras, números y decorados. Allá al fondo está el remolino y, aunque intentes correr, terminará por absorberte.

Preludio a las horas del reloj

El tiempo, ente invisible de frente a la cara, breve instante extendido en muchos segundos, minutos, horas, que más da; un pequeño infierno cargado siempre a una pared, puesto sobre una muñeca, presente en la luz bajo los árboles o en los ríos de coches de las ciudades. El tiempo, corto o largo, enrarecido o pesado.
Todo ello se encierra en un objeto, un deseo fijo y constante por medir en símbolos, un paso detrás de otro. Pisada tras huella y huella tras belleza. El tiempo, abstracción perceptible en los poros de la piel, en las plantas de los pies, en un aire más delgado y claro, se hace concreto en números y expresiones, en la implosión de un artefacto que explota cuando dos brazos conectan el otro lado del mundo irreal con el pavimento gris.
El reloj se ilumina de cara al sol y de espalda a la noche, se desprende de nosotros y está anclado al mecanismo más complejo del existir humano: el cerebro conectado al corazón.

jueves, 2 de junio de 2011

El reflejo

Frente a frente. Parado delante del espejo, sus bordes fríos resbalaban por las yemas de mis dedos y cortaban. Es una constante lucha entre el reflejo y el cuerpo, la cual se debate siempre en la superficie de los grisáceos azulejos del baño.
La vista se me distorsiona, el reflejo a veces es más fuerte. Sus ojos son más profundos que los míos. En ellos se observa a la perfección el laberinto y sus caminos intrincados, rodeados por un espeso bosque, cubierto de niebla. Si pones atención, escucharás a los lobos aullar a lo lejos.
Todos los sonidos parecen de metal, encerrados en latas que hacen espirales sin final. Es como ver secuencias de cine proyectadas en paredes blancas, cuando pasan muy rápido y son imperceptibles al ojo.
El espejo seguía ahí. El cristal se vaciaba en pequeños trozos que brillaron como diamantes. El reflejo se deshacía. Parado frente a la imagen ausente, de cierta forma había ganado la batalla, pero el otro regresaría a darme guerra nuevamente.
La luz del baño parpadea, los azulejos revientan. Los bordes de cerámica rebotan entre sí y se congelan. Todo está frío y de esa brisa sale un gas invisible que produce una risa absurda.
Siento como todo se hunde, es el agua helada que me rodea. Es estar en una alberca vacía, oscura, donde el vapor sale a fuerza de agresiones. Los sonidos se hacen música, condensada en los mismos cristales del espejo. Las luces brillan de forma casi obscena, los ojos se apagan, las hojas se mueven con el aire. La temperatura baja pero yo no lo siento, el reflejo sigue frente a mí pero no lo veo, los vasos siguen llenos pero los veo vacíos.
La lucha sigue en silencio, mientras los azulejos revientan y paso mi lengua por los bordes fríos de un vaso que parece cuchillo. Corta sin clemencia y sin sentido.

martes, 31 de mayo de 2011

El lugar que no tiene nombre

Cuando saltamos en el tiempo, en nosotros mismos, es cuando nos encontramos. A veces es de noche y otras a pleno rayo de sol. Yo prefiero la oscuridad de la noche, entre las estrellas que se barren en el cielo como tachuelas plateadas y brillantes.
Es de noche, los vapores se desprenden de nuestros cuerpos y las penas se arrastran con mayor pesadez. Los días pasan sin sabor pero las penumbras son tan vívidas que no parecen reales. El momento de la quema ha llegado: un par de manos le sostienen y uno le deja calcinarse. Después vienen en una caja las cenizas.
Son los restos del corazón cuando se da para envolverlo en llamas, son sus pedazos hechos carbón, son los intentos de encontrar un lugar que sólo pocos conocen. Yo no sé cómo nombrarle. Lo he visto en tus sueños, cuando despiertas con la frente llena de sudor, a medio vestir. Despiertas y las lágrimas se te escurren, te oigo suspirar y regresar al letargo.
Has sumergido tu mirar en mis sueños y has visto una cabaña reducirse a madera negruzca. También se quema, como el corazón que está dentro. Es el lugar del cual hablo, el carente de nombre, al que arde noche tras noche.
Así salimos, todas las lunas, a ver el cielo estrellado. Así salimos, a buscar con que apagar el fuego del pecho. Cuando regresamos y nos dispersamos, llego a la cabaña del sueño, donde está el trono maltrecho. Me pongo la corona ya desgastada y empiezo a bailar alrededor, como buen rey, rindiendo tributo al trono del que dueño soy.

domingo, 29 de mayo de 2011

La piel también se des-entrama

Un pequeño trozo dentro de otros trozos, corto entre los cortos y bien dado para satisfacer su necesidad de saber lo que le pasó a Matías.
Estaba sentado, ocioso, leyendo las páginas en las que se le iba el aire. Su respiración era normal aunque su emoción era latente. Hacía calor. El mediodía no perdona ni a las hormigas que se cubren con hojas para mitigar la luz solar.
La camiseta gris, fresca, no era suficiente. El sudor estaba pero era poco, lo secó con un pañuelo. Matías se rascaba la barba, buscando entre su tupido y espeso bosque el grano que le molestaba. Era algo pequeño pero demasiado insolente (o eso llegó a pensar Matías).
Se rascó con insistencia y logró sacarlo, pero al mismo tiempo fue jalando algo, como un pequeño hilo, muy delgado. La curiosidad le apuñaló por la espalda y decidió dejar el cuchillo allí, mientras seguía tirando del hilo. Al paso que venía más, éste fue engrosando, hasta el punto de ser más grueso que un estambre y menos ancho que un listón.
¿Se habrá sacado las últimas ideas? No, más bien se perdió en la firmeza de un rostro que dejó de ser tal. Siguió leyendo el libro y al paso de una brisa fugaz, sintió un leve ardor. Fue al espejo y se vio en roja explosión. Matías se había quitado la piel de la cara, se había llevado la barba y se había dejado ojos saltones y grietas musculares donde se escondían gusanos invisibles. No se inmutó. Le pareció un suceso cotidiano, parte del acontecer de quien se queda dormido y se va de viaje.
Cuando se acercó a la ventana y se asomó, un pájaro negro le picoteó toda su rojiza carne. Del dolor cayó inerte en el sillón negro, mullido. Y ahí se hundió y ya no despertó.

sábado, 21 de mayo de 2011

(Breve) colapso de un sueño

Yo no sé de qué se componen estas historias raras, ceñidas al interior de otras historias de corte más amplio y vago. Yo sólo puedo hablar de los particulares sucesos de cuando estábamos sumidos en una especie de letargo, una breve narcolepsia.
Eran largas y lentas secuencias, en blanco y negro. Un candil elegante que decoraba el techo de la recámara principal. Un palacio grandísimo, lujoso, enteramente tuyo y mío. Eran sueños lejanos, retratos en marcos oxidados, fotografías avejentadas. Recuerdo las paredes, lisas y frías. Me gustaba pasar las manos sobre ellas, una y otra vez, al mismo tiempo que recorría cada sala.
Sentado ante el espejo te mirabas, perdido en un reflejo que era igual al de hace mucho, igual, como si nunca te hubiera dejado. No has cambiado. Sigues cubierto por esos gruesos lentes y ese campo oscuro, cubierta de tu rostro. Tú, en traje tan perfecto y sofisticado, tan bello. No has cambiado, pero ahora no sabes quien soy.
Vueltas infinitas en ese palacio, lleno de salones repletos de muebles finos. Sigo tocando las paredes y te veo lejano, con la mirada perdida. El aire se inunda de tu perfume, el único que me recuerda sólo a ti. La forma de parecer interesante, la manera de observar que no era yo. ¿Acaso no tienes memoria?
Eras tú, en el gran jardín, a pleno rayo de sol. Recargado sobre el balcón, casi etéreo. Los invitados nos rodeaban con sus inquisidores ojos y la fiesta se convirtió en un sórdido circo de desastre. Sin aquellas miradas sin percatarnos de su existencia pasaron milenios mientras esperaba por ti. Hay que recordar que ese circo debe seguir.
El baile en el salón principal, mientras todos seguían la música, la copa de vino espumoso se resbalaba de tus manos. En cámara lenta, colapsó contra el piso; el líquido derramado, el cristal deshecho, el amor desvanecido. Fuera de contexto el uno del otro, fuera de tiempo y secuencia.
Tu cara se hace miedo y horror en extraña combinación. Corres por los pasillos, buscando algo que sabes no es tuyo. Encerrado en el propio palacio de tu mente, vagas por los cuartos de frágil vidrio. Es una breve etapa, un fugaz instante, un obstáculo mental que ha ido más allá de los límites de nosotros mismos. Te has metido en otros recovecos.
Es un momento en el cual impactamos de golpe contra el suelo. Nos hemos fracturado pero lograremos superarlo. Mientras tanto, tu rostro continúa infundiendo terror y yo sigo caminando sin rumbo, tocando las paredes, las mismas paredes...

domingo, 15 de mayo de 2011

En el calor de una noche

Inicia una conversación, como cada noche. Trata de no hacer volar su cráneo en mil pedazos. Sus lentes grandes reflejan los ríos de letras que desfilan ante él; un teclado blanco, impoluto, le espera para ayudarle en su necesidad (o deseo) de poner enunciado tras enunciado.
Así se le van las ideas a Pablo, entre un escape de cotidianidad y un olvido del caos mental de siempre. Habla con un amigo y, al minuto siguiente, ha conocido a alguien nuevo. Se desconecta de sí mismo para convertirse, por unas horas, en otra parte de su persona, la que no conoce conscientemente.
Durante el día viste camisas a rayas y pantalones "casuales", como cualquier oficinista. De noche se sienta siempre frente al monitor, en ropa más cómoda. No hace daño ni aporta algo, sólo deja ver una parte escondida de su ser en ventanas que saltan sin detenerse, en una espiral sin final alguno.
Sin embargo, esta era una noche especial. El ventilador no despejaba el pesado aire, lleno de un halo de calor y oscuridad. El sudor le escurría de la frente, lo limpiaba con un pañuelo. Las pláticas eran dignas de infinitas tazas de café, de cigarrillos, de suspiros y otros respiros. Había algo turbio de lo cual Pablo no se dio cuenta, un olor que vició el aire de la habitación.
Las caras de los actores daban vueltas, las guitarras parecían sonar estridentes, los colores se salían de la pared. Pablo tecleaba más rápido, más ansioso. Hablaba de sexo, de mórbidos colores, de juegos donde uno no ve al protagonista y de posiciones en las cuales no se puede defender.
"¿Has pensado en cómo vas a morir?", apareció en la pantalla. "No, realmente nunca había pensado en eso", fue la respuesta de Pablo. "Yo siempre he pensado que me van a asesinar", dijo su invitado de esa noche. No puso importancia en las palabras, le dieron la impresión de estar vacías.
Pasaron las horas, los sonidos de la calle fueron muriendo, las flores se marchitaron, los olores intoxicaban más y el sudor dominaba la frente de Pablo. De entre las conversaciones de muerte se escuchó un grito de dolor, una súbita advertencia que dejó pasar. Al oír el segundo lamento, le fue imposible no voltear y así encontro la trampa atada a sus pies.
Un artilugio lleno de cuerdas simples le rompió los tobillos con un par de mazos. En el suelo ya, dos cuchillos se le han clavado en el abdomen y una navaja le arrebató los ojos. Seguía respirando, sudando frío, ciego. Las luces se apagaron.
La alarma de un carro sonaba a lo lejos y un hombre corría a apagarla. El sonido removío el impacto de la piedra contra el hueso, de la sangre contra el cristal, de los dedos contra el teclado, lleno de un polvo fino.
Hacía calor, era una noche de verano. Hacía calor y entonces dejó de sentirse intenso.

lunes, 9 de mayo de 2011

De escritura especial

Si yo escribiera acerca de todas las explosiones internas que ocurren a diario, dentro de este insano lugar, probablemente ya hubiera hecho explotar el monitor. No importa. De todos modos pocos logran entender la profundidad de algunos tiempos y cadenas de enunciados puestos aquí. Sin embargo, algo debo decir: aquí todo se trata de una escritura especial, una hecha con doble cara y una función rara.
Todo escrito se procesa en una especie de gran máquina, una burda mofa a todo lo que se conforma en letras de otros lugares. Después vienen algunos ingredientes que le dan sazón y, por último, se mantiene fresco y con ganas de ser ávidamente consumido.
Pero en tiempos más recientes, suelo dividir en dos columnas todo lo pensado, pasarlo por imagen y sonido, darle una capa de fijador y ponerlo a secar. El cerebro explota rápido y, de no ser aprovechado, puede salpicar la pantalla y llenarla de colores neutros.
Tengo un problema: las letras me salen raras, me quedan chuecas, me gustan más y me son menos asequibles. Estoy rodeado de un boicot que escribe en primera persona, actúa en segunda y piensa en tercera. Yo no comprendo, yo no entiendo, yo no pretendo explicar. Tú eres, tú haces, tú te vas. Él se larga, él se desvanece, él no importa.
Por algo, la oración en desorden es más accesible a un interés desmedido por no decir absolutamente nada. Yo quiero la sangre ver, yo deseo los labios tocar, yo tengo mis manos que enfriar, yo quiero no contigo estar, yo sé que no por ti es, yo debo especial escribir.

viernes, 6 de mayo de 2011

Instrucciones para cerrar los ojos

Usted, que está rodeado en repetidas ocasiones por los demonios que abundan en la vida cotidiana, sírvase leer este breviario sobre la forma correcta de cerrar los ojos.
En situaciones de relajación, proceda a cerrar sus ojos con delicadeza y presión suficiente para lograr abrir puertas a lugares diversos. Quienes tengan una mente más activa, podrán disfrutar de grandes viajes en cortos periodos de tiempo. Otros podrán ver la negrura de sus párpados o la luz y la oscuridad de sus ideas. Si usted es demasiado curioso y tiene la necesidad de entreabrir un ojo, golpee sorpresivamente a su mente o tranquilícela. Mantenga sus cortinas de piel sin abrir.
En momentos de miedo o nerviosismo, también se cerrarán los ojos, ahora de forma fuerte, intempestiva, apretando firmemente los párpados y quedándose únicamente con la ausencia luminosa de un ojo ciego (por un instante).
Cuando se disfrute de cerrar los ojos para alguna ensoñación, puede usted acompañar dichas fantasías con música o sonidos ambientales, aunque puede optar por el silencio. De cualquier forma, deberá echar a andar la imaginación, o bien, poner la mente en blanco.
Los niños (y quienes tengan contacto con su niño interior) verán monstruos y sueños tan irreales como les sea posible. Será parte de su creatividad y del nivel de ensoñación al cual se quiera llegar. Duración promedio del cierre de ojos: desde un par de segundos hasta máximo un par de minutos.

martes, 3 de mayo de 2011

De realidad y peso

La realidad es una cosa apabullante, un concepto duro y, al mismo tiempo, abstracto. Dicha construcción, en ocasiones, trabaja de una forma bastante peculiar: es como si alguien te tomara fuertemente del cuello y te azotara contra el piso con todas sus energías. Quedas inconsciente. La sangre se escurre en el pavimento y tus sesos están expuestos, visibles sólo para quien te ha tirado.
Sí, ser golpeado y pisoteado por la realidad es demasiado gráfico. Ella no está preparada para ser dulce, breve, tranquila. La verdad es que no se logra entender a la realidad hasta que no se está dentro de ella, hasta el momento en que uno se da cuenta del lugar sobre el cual se ha caído.
El color grisáceo de los sesos sobre el piso va explotando en colores. El cerebro se confunde con la calle. No se ve a simple vista. La realidad es para los incansables observadores, los insaciables curiosos, los entrometidos y los seres que gustan de navegar en la introspección. Pensar nunca está de más pero en la dura realidad, se vuelve un tormento en vaivén.
Alterada o no, decente o indecorosa, siempre gira en torno a las personas. Sólo sucede que nadie se da cuenta de su existir. Es como el aire, como el sol, como el cielo: presente a diario, evidente e invisible al mismo tiempo.
Aquí la realidad se vuelve sólida cuando se logran poner letras en combinaciones torcidas. Va de por medio el trabajo mental del mismo cerebro aplastado a mitad del concreto, de las salpicaduras y el azote, del chorro a presión. Las letras se columpian, una tras otra; forman palabras que hacen juegos; los perros juegan con ellas. Escribo, pero no para que me leas, sino para formar de mí la realidad que pesa cada día.

domingo, 24 de abril de 2011

Explotando

Las cosas explotan. Todos los días, a determinadas horas, explotan. Las almas perciben las explosiones y los cuerpos las dejan pasar. Los tiempos se hacen raros, adelgazan como el aire en época de calor. Cada cosa absorbe mucho y saca poco en gotas de sudor, resumidas a frentes saladas y esquinas calientes.
Las personas entienden, comprenden sólo pocas cosas del mundo. Hablan de todo y alcanzan pedazos de luz fragmentados en cristales. Cada trozo es como un grano de arena. Ese diminuto grano es la porción de entendimiento de una persona. En la vida siempre hay quien decide trabajar esa pequeña parte y agrandarla.
La lengua cambia. Me doy cuenta tarde. Comprendo una parte, la demás se va. Así está incompleto el círculo. Sé cómo debe completarse, sólo a medias. Es un ciclo repetitivo, una pesada cortina de humo. Nos cubre los cráneos. Escribimos y comprendemos. Se hace lo que se puede, a medias. Es cuestión de sacar el gris y traer una gama de colores.
El amor cambia. Mueve a las personas y al mundo en general. Se dice que es el amor por lo que uno se levanta día a día. Se escribe, se entiende, se expresa: su tinta se desvanece, se pierde. El corazón explota, el calor sube, las personas entienden, los periodistas escriben, la gente cambia, la lengua evoluciona (según).
Yo sé que sólo sé todo lo que me es fútil, fugaz. Yo sé que debería saber lo que me sirva. Yo sé que puede cambiar. Perdí el grano de arena. Voy a buscarlo mientras hierve el agua, mientras cantan los pájaros, mientras el aire mueve las ramas, mientras hablas sensatamente de lo baladí. El mundo explota, día tras día.

miércoles, 20 de abril de 2011

Entre los edificios

A los edificios, los grandes gigantes,

allende los montes del asfalto,

se le ve ante los automóviles.

Bajo los zapatos resuenan sus pisadas,

el semáforo cabe las luces mortecinas,

rezaba como fiel creyente,

con el humo encima la cara.

Sangre contra el pecho, contra el suelo.

Las cruces de fuego cubrieron la calle.

Le abarcaron desde el rostro,

en los ojos se absorbieron,

entre sus labios se consumieron,

excepto en las comisuras,

bajó hacia su abdomen,

le llegó hasta el último dedo.

Mediante esfuerzos se levantó

para encontrar que no se sostendría,

por más que trató,

según el niño de cabellos negros,

sin sentido daba pasos en círculo.

No se sostuvo y cayó so la manta,

sobre el suelo que colchón se hizo,

colchón que reventó tras las plumas.

martes, 19 de abril de 2011

Ella

Yo no sé qué se busca cuando no se busca nada. Tampoco entiendo las veces que los girasoles dan la vuelta de frente al sol. Llenos de arena en el cerebro y de suciedad en la piel, los hombres van caminando. Caminan sobre los rieles, los mismos sobre los que yo ando diario. Sigo viendo a los girasoles voltear, como si fuera el ideario de un eterno retorno plasmado en amarillo brillante.
Ella, aparece simple sobre los rieles, donde todos nos paramos cada día. Parece sencilla, distante y soñadora. Ella, hoy se sube al mismo tren y va. Ella, la que deja ver una pequeña pizca de su esencia, se funde en negro y se corta entre dos puertas.
Al principio pensé que no volvería a verle, que pasaría como un personaje curioso en un día soleado y se fundiría en la masa de mis pensamientos, pero con el paso de los días sobre los rieles, regresó a mi encuentro.
Ella, vestida de un pedazo de primavera, se hunde en el océano de sus audífonos, en la música que es etérea. Ella saca un libro y pasa cada página sin detenerse. Ella ve por la ventana, mientras escurren las gotas de lluvia. Ella va sola, ella regresa acompañada. Ella viene con alguien, ella retorna sola.
Ella viste de un color hoy, ella mañana trae un pequeño manto de oscuridad. Ella carga hoy un paraguas, ella usa sandalias mañana. Ella no sabe a dónde irá hoy, ella va mañana a clases. Ella siempre sale, todos los días, los mismos que yo salgo.
Los días pasan y ella sale. No sé a donde va ni de donde viene. Camina una vez y a la siguiente corre. Un momento observa a la gente y al posterior se interna en sus pensamientos. Ella se pone los audífonos. Ella viaja y cruza la ciudad. Ella no sonríe, ella no gesticula, ella es siempre seria.
Ella sueña, logro notarlo en sus ojos. Ella sueña y sueña, ella se encierra en un mundo constante y seguro. Ella piensa y se aleja del mundo. Ella llora por dentro y no da señales por fuera. Ella es de piedra y hielo. Ella sueña.
Yo no sé qué se busca cuando no se busca nada. Tampoco sé qué se encuentra cuando no se busca nada. Yo pienso que ella sueña con los días de la primavera que viste; de la primavera, allá por los días que rondaban el 15 de agosto, cuando iba yo soñando con las bombas que caían sobre los corazones de la ciudad.

viernes, 15 de abril de 2011

Instrucciones para escuchar música

Es una de las actividades más comunes y normales. Diariamente se entra en contacto con la música y con muchas de las emociones que causa el choque de las ondas plásticas con el cuerpo en su totalidad. Sin embargo, la apreciación de la música es un arte que debe ser cultivado con especial cuidado.
Para poder apreciar la música en todo su esplendor es necesario, primeramente, tener a la mano las canciones preferidas, sean del género que usted más escuche. Después debe situarse en un lugar despejado, bien ventilado y cómodo. Estas son las condiciones primarias, las que cualquier tipo musical requiere.
Luego vienen los requisitos especiales de cada género, por ejemplo, la música instrumental es mejor en salones amplios, llenos de luces. La cumbia y las canciones diseñadas para bailar son excelentes en las pistas, mientras uno puede sentir el movimiento impulsivo de las personas. La música clásica es para las ocasiones especiales, los recitales y los exteriores delicados, bajo el sol. El rock depende de su faceta, pero, en general, necesita un sillón o silla cómodos y un objeto de placer que acompañe a la música, entre los cuales pueden contarse los cigarros, drogas controladas, comida o simplemente una persona especial.
Si la música es etérea u oscura, lo mejor es estar en soledad. El refugio puede encontrarse en un cuarto bien acondicionado y en un sillón o cama, en el cual uno pueda hundirse, como se haría en una tina llena de agua y de pensamientos. Por el contrario, ante la claridad de los acordes es una buena opción la caminata, entre los árboles o el cielo a media luz.
Recuerde, la música está diseñada para su disfrute y goce, ya sea estático o en movimiento. Si su personalidad le condiciona a moverse, siéntase libre de hacerlo. Si usted es más introspectivo, le funcionará más estar en un lugar tranquilo. De cualquier forma, ponga atención a lo que escucha y reflexione sobre su sentir mientras van pasando las canciones. La música expresa mucho de la forma de pensar y ver el mundo.
No se olvide de corear sus melodías favoritas. Esto puede incrementar el sentimiento en turno y hacer que llegue usted a los estados de éxtasis o llanto incontrolable. Tenga cuidado con el canto en lugares públicos. Puede recibir miradas de desagrado o molestia de la gente e incomodarse fácilmente.
La música alimenta al alma, al igual que otros artes. Sea del tipo que sea, aprecie la música y haga lo que salga de su corazón. Disfrute cada segundo de una canción como si fuera la primera vez que escucha la melodía. Los demás pensamientos, aquellos sobre la vida cotidiana, pasarán a ser nimiedades mientras usted esté con las notas en los oídos.
Al finalizar su sesión de escuchar música, puede regresar a sus actividades normales. Encienda nuevamente su cotidianidad y ponga a trabajar el cerebro. En muchas ocasiones, la música le ayudará a recobrar el sentido perdido y volver a encarrillarse en el camino.

miércoles, 13 de abril de 2011

Plumas

El aire corre fuerte. Hace frío en el calor del sol. Si pones atención, lograrás escuchar el llanto, muy bajo. Soy el único que lo oye, de entre las ramas viene, de entre los brazos de un rostro conocido, colgado en una pared.
El cielo está herido. Hay un gran hoyo en la superficie de las nubes grisáceas, pálidas. Es cuando el sonido, el sollozar, muestra su vestimenta convertida en plumas pegajosas, en cantos ajenos y lejanos.
Las plumas se transforman en dedos de cristal, que se rompen al caer de la medianoche. Escucha cómo se quiebran en pedacitos. El llanto sigue en el fondo del bosque, en las hojas. Concentra tu atención, pero no es de medianoche. El cristal se fragmenta.
El amor no tiene color en sí, hoy se le ve marrón y mañana ya es invisible. Se pierde entre los pasos, en el cerrado follaje, entre los brillos rotos, bajo el sol frío. Su vestir se muestra y, al paso de su despliegue, el día se transforma en noche.
La luna es el amor en forma de foco, el cielo es el regazo del amor. El río es el espejo en el cual se refleja todas las noches y, entonces, pierde color, como los troncos se oscurecen. Las plumas se las llevó el viento.
Silencio. Escucha las pisadas, como se alejan lentamente...

miércoles, 6 de abril de 2011

Disertación sobre la oscuridad

¿Has sentido alguna vez, en lo más profundo del ser, cómo raya la oscuridad tu piel y deja huecos en ella? Es en ese instante, cuando los vacíos atrás dejados se rellenan de grandes silencios y pausas que se avecinan infinitas.
Yo no sé de que va la oscuridad ni entiendo la magnitud de las zonas calladas. Sólo comprendo que su inmensidad rebasa el tamaño del océano y se desborda por las esquinas de un par de ojos llorosos.
He sentido al aire, libremente yendo de aquí a allá, desgarrando las células y llegando a las entrañas. He visto cómo los huecos se llenan de oscuridad y los huesos se tornan sepia. Los días son mecánicamente absurdos.
El silencio es grande, aguardo por un milagro, uno que no llega. Pasan los caminantes, pasan los zapatos, viene una lluvia de imágenes y la gente corre a refugiarse. Lo demás es totalmente indiferente.
¿Has sentido alguna vez, en lo más hondo de tu pecho, cómo el vacío se apodera de tu voz? Es que ya no te escucho. Es que tú ya no me escuchas. En ese espacio negro y sordo, en aquel breve momento, se rompe el vaso, se fragmenta en cristales.
Los cristales te cortaron las cuerdas. Las cuerdas sostenían tu corazón. El corazón ya se había podrido en la basura. La basura se la llevó el vagabundo. El vagabundo encontró un tesoro. El tesoro fue tirado en la oscuridad. La oscuridad se comió tu resto.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Discurso sobre la realidad

Yo no sé cuando fue el momento exacto en que empecé a caminar, pero cada paso se convierte en parte de un discurso en el tiempo. Es un discurso cuya fuerza se va perdiendo conforme regreso sobre mis huellas y voy en retroceso. Aquí, pues, se reúnen muchas visiones y se proyectan como en pantalla cinematográfica.
Esas veces que caminé y construí un relato fueron las ocasiones en que medite sobre el sonido sordo de cada pisada, sobre los suelos que pisé, sobre las cosas que encontré. Cuando razono acerca de ello, me doy cuenta de que la realidad es una construcción total y enteramente ficticia: cada quien crea la suya o se apropia de alguna otra.
En mi realidad, sea compartida o no, los cielos están silentes y los árboles susurran. Todos van rápido y yo siempre voy distraido, sin embonar en los lugares vacíos. Los labios de las personas se mueven pero no escucho, la música se renueva día tras día y los rostros conocidos siempre se ocultan y se engañan a sí mismos bajo máscaras diferentes.
Siempre camino mal y no sé detenerme bien. Parece que voy errático. Hay una desconexión con la temperatura de mi cerebro y la del resto del cuerpo, lo cual parece sorprender a algunos conocidos. Mi voz no se escucha, no sé dónde la dejé y, para ser sinceros, no me interesa saber.
Los silencios son inmensos como el mar, los acordes parecen eternos y las letras son signos que tienen apariencia de herramientas. No me gustan las introducciones pero como narrador debo acostumbrarme a ellas y saber que uno puede valerse de su utilidad en cualquier momento. Así y sólo aquí se es capaz de dominar el tiempo de lo contado y el tiempo real en que sucede la vida.