Oh, what can I do...
Cantando al ritmo de canciones sensatamente intensas, retratos aparecen ante el rostro del escritor, quien se hunde en el sillón y se reconforta con los breves silbidos de fondo. Inicia el sonido de una batería y a la primera línea de la canción empieza a cantar ante la frustración que pareciera apoderarse de él como un letargo eterno que lo sigue y lo aprisiona: I wanted love, I needed love most of all. Someone said true love was dead and I found a form for you...
Un breve ejemplo de un padecer cotidiano y fugaz, no pesa ni aqueja pero frustra. La tolerancia se refuerza cuando el escritor explota ante el espejo y canta con un cepillo como micrófono. Su cabello mojado le permite jugar con el estilo propio y actuar como si estuviera en un escenario, ante la luz de los reflectores.
Después camina por las calles de la agitada y bulliciosa ciudad, con una libreta en la mano y un ojo casi fotográfico. Los grandes audífonos decoran su cabeza mientras circula. Continúa cantando: en la calle, en el transporte público, sentado en una jardinera...
Se tira en el pasto bajo el sol de invierno y continúa con la canción. El ritmo pegajoso hace que baile sobre el gran tapete verde, aun acostado. Un momento más y se sienta. Mueve la cabeza al ritmo de la música mientras observa el paisaje lleno de bellezas frías y uno que otro chico de aparador.
Las gotas se escurren por las comisuras de una lata, la cual abre sin mayor ambición que terminar con la sed. Sus oídos siguen llenándose de música y agita el pie al ritmo del tambor. Admira el entorno y por un momento es el rey del lugar. Cuando la canción llega a su fin, se levanta y sigue su camino.
El escritor elige al azar una melodía y la disfruta. Descarga en ella las frustraciones acumuladas en determinado espacio de tiempo y prefiere ser visto con rareza y una cierta fascinación en lugar de ahorrar esas pequeñas piedras que, a la larga, pueden resultar muy pesadas.
Un breve ejemplo de un padecer cotidiano y fugaz, no pesa ni aqueja pero frustra. La tolerancia se refuerza cuando el escritor explota ante el espejo y canta con un cepillo como micrófono. Su cabello mojado le permite jugar con el estilo propio y actuar como si estuviera en un escenario, ante la luz de los reflectores.
Después camina por las calles de la agitada y bulliciosa ciudad, con una libreta en la mano y un ojo casi fotográfico. Los grandes audífonos decoran su cabeza mientras circula. Continúa cantando: en la calle, en el transporte público, sentado en una jardinera...
Se tira en el pasto bajo el sol de invierno y continúa con la canción. El ritmo pegajoso hace que baile sobre el gran tapete verde, aun acostado. Un momento más y se sienta. Mueve la cabeza al ritmo de la música mientras observa el paisaje lleno de bellezas frías y uno que otro chico de aparador.
Las gotas se escurren por las comisuras de una lata, la cual abre sin mayor ambición que terminar con la sed. Sus oídos siguen llenándose de música y agita el pie al ritmo del tambor. Admira el entorno y por un momento es el rey del lugar. Cuando la canción llega a su fin, se levanta y sigue su camino.
El escritor elige al azar una melodía y la disfruta. Descarga en ella las frustraciones acumuladas en determinado espacio de tiempo y prefiere ser visto con rareza y una cierta fascinación en lugar de ahorrar esas pequeñas piedras que, a la larga, pueden resultar muy pesadas.