viernes, 26 de noviembre de 2010

III. De la tolerancia a las frustraciones

Oh, what can I do...

Cantando al ritmo de canciones sensatamente intensas, retratos aparecen ante el rostro del escritor, quien se hunde en el sillón y se reconforta con los breves silbidos de fondo. Inicia el sonido de una batería y a la primera línea de la canción empieza a cantar ante la frustración que pareciera apoderarse de él como un letargo eterno que lo sigue y lo aprisiona: I wanted love, I needed love most of all. Someone said true love was dead and I found a form for you...
Un breve ejemplo de un padecer cotidiano y fugaz, no pesa ni aqueja pero frustra. La tolerancia se refuerza cuando el escritor explota ante el espejo y canta con un cepillo como micrófono. Su cabello mojado le permite jugar con el estilo propio y actuar como si estuviera en un escenario, ante la luz de los reflectores.
Después camina por las calles de la agitada y bulliciosa ciudad, con una libreta en la mano y un ojo casi fotográfico. Los grandes audífonos decoran su cabeza mientras circula. Continúa cantando: en la calle, en el transporte público, sentado en una jardinera...
Se tira en el pasto bajo el sol de invierno y continúa con la canción. El ritmo pegajoso hace que baile sobre el gran tapete verde, aun acostado. Un momento más y se sienta. Mueve la cabeza al ritmo de la música mientras observa el paisaje lleno de bellezas frías y uno que otro chico de aparador.
Las gotas se escurren por las comisuras de una lata, la cual abre sin mayor ambición que terminar con la sed. Sus oídos siguen llenándose de música y agita el pie al ritmo del tambor. Admira el entorno y por un momento es el rey del lugar. Cuando la canción llega a su fin, se levanta y sigue su camino.
El escritor elige al azar una melodía y la disfruta. Descarga en ella las frustraciones acumuladas en determinado espacio de tiempo y prefiere ser visto con rareza y una cierta fascinación en lugar de ahorrar esas pequeñas piedras que, a la larga, pueden resultar muy pesadas.

jueves, 18 de noviembre de 2010

II. De los conceptos incompletos en arte

Pasando de una inconcreta e insensata respuesta al concepto de la producción, centre usted su atención ahora en lo que es arte. Si bien existen muchísimas acepciones, ninguna será lo suficientemente satisfactoria como para llenar los vacíos existenciales que supone el enfrentamiento con una disciplina que no tiene el intento de teorizar su campo de acción.
Arte, que para el escritor de este blog, un incipiente aprendiz de productor, es aquello que puede plasmarse a partir de sonidos, imágenes o letras y apela a las sensaciones y emociones del hombre. Esta breve definición sigue incompleta al no abarcar en su totalidad otros conceptos que convergen en la categoría "arte". Sin embargo, además de tratar la parte "teórica", nunca está de más dar un breve repaso por la práctica, situada en un determinado contexto espacio-temporal.
¿Por qué el arte, además de ser un concepto incompleto, deja incompleto al ser humano? Porque su teorización es lo que parte al hombre, sin dejarlo respirar. Aunque el concepto, por sí mismo sea naturalmente inacabado, el arte se completa a partir de la ejecución, una parte que a este escritor le ha faltado durante este breve periodo.
Dígase de la siguiente forma: "si yo hubiera sido más artístico este periodo, hubiera podido controlar mejor aquellas cosas que emocionalmente tienen solución". Alguna vez alguien dijo: "el arte engrandece a los hombres" y tiene toda la razón. No sólo practicarlo sino también ser un espectador de las ejecuciones artísticas.
Por ello, puede decirse que el arte corre entre las venas de un corto lapso de tiempo que está a punto de morir, combinado entre raíces germánicas, tecnologías igualmente inacabadas y frustraciones toleradas que se disparan en varios aspectos de una sola vida.

lunes, 8 de noviembre de 2010

I. De las desventuras de la producción audiovisual

Ser productor audiovisual no es cosa fácil. Uno debe pasar del sueño embriagante de sus pensamientos al aterrizaje (en ocasiones, forzoso) de las ideas y plasmarlas en papeles eternos llenos de renglones numerados.
Las imágenes desfilan ante los productores como carnavales de pasión y cansancio, como semilleros donde se gestan breves novedades en los momentos más oscuros. Sin embargo, aunque el mundo de la producción parece estar lleno de ese glamour y lujo, la realidad es otra (claro, cuando se es un productor en proceso o no se tienen los recursos).
Si bien todas las labores y oficios son loables y respetables (incluida la producción), un buen productor siempre antepone el respeto a sí mismo por el trabajo: así es, el trabajo debe salir como sea, a como dé lugar, sin importar lo que pase. Se deben contemplar todas las aristas de una labor que combina la practicidad de la elaboración de un mensaje con unas pinceladas de arte y un toque de creatividad.
El mundo de la producción audiovisual, aunque permite varias licencias creativas y una gran expansión mental, está lleno de los horrores y maltratos propios, de los conflictivos arreglos y las desventuras de la tecnología y el tiempo. Siempre sujetos a las orillas de la presión, los productores parecen ser magos que se dividen entre la técnica y la teoría.
Pareciera que en las palabras anteriores se hace una única referencia a lo matado de ser productor, aunque tiene sus ventajas y sus éxitos: nada como ver un video o una cápsula radiofónica realizada con empeño y bien hecha. Después de todo, la perfección no existe, no es la mejor labor del mundo (para muchos) pero sí lo es cuando existe la pasión por ello.
No obstante, las desventuras de la producción se apoderaron este ciclo de todo el ambiente circundante, del corazón de los futuros productores, se alimentaron de todo el ímpetu hasta dejarlos secos en la culminación de ese periodo mortal que, por convención, llamamos "séptimo semestre".

lunes, 1 de noviembre de 2010

Espíritus

Sonidos agitados en el centro de una casa. Retumban los ecos entre los muebles viejos y desgastados. La suela de los zapatos rechina en las tablas que uno va pisando. Cada paso es parte del aliento de la casa misma.
En una recámara, a media luz, mientras cae la tarde, resuena el teléfono antiguo. Una voz se escucha del otro lado. Sus palabras son tan veloces que no se entienden. Cuelgo. Las luces tintinean como señal de una instalación eléctrica pobre.
Me paro ante la ventana, al caer del atardecer sobre la ciudad. Las sombras pasan rápidas detrás de mí, sus susurros se escuchan, claro y fuerte. Decido no voltear. Veo como el sol va caminando lentamente.
Un par de velas prendidas se apagan al igual que las luces. Los focos de afuera son los testigos de los raros sucesos de esta vieja casa. Los espíritus salen a gozar de noche y en este día soy uno de sus invitados. Sus voces son parte del espectro mental al que estoy conectado: son una interferencia radiofónica que termina por sintonizar una estación y dejar que la música corra.
Los candiles del salón principal se encienden. Todos se sientan a la mesa. No hay comida, sólo plática sobre sonidos extraños, confusiones sensoriales, albercas de infinita soledad después de otro año. El tiempo pasa veloz y la noción de las horas queda atrás.
De un momento el silencio se apodera abruptamente de la habitación. Las luces brillan como lo hacen los demás días y se mueven de un lado hacia otro, balanceándose como un columpio vacío. Los espíritus se habían marchado y sus voces que escaparon veloces encendieron la radio, en la convergencia de todas las estaciones, la que siempre está al momento de encender el aparato. Poco faltaba para el amanecer. El olor a nardos era muy fuerte...