En el punto más álgido de su locura, Enrique respiraba más agitado de lo normal. Sus ojos estaban tan abiertos que podían recibir la luz del sol entero; su piel, tan seca y desgastada, no cedía ante el roce del agua. La agonía era el recibimiento último, antes de caer en un sueño profundo, sin saber si despertaría o no. Antes de la medianoche, bajo la luna a media forma, cayó en estado séptico y entró en un mundo que no había visto antes...
Recostado sobre una hamaca, con el ancho río a sus pies y el sol que inundaba toda la cabaña, debajo de la palmera. Ahí estaba él, mirando toda la selva tropical. Los pastizales que se alzaban frente a la casa, las nubes que caminaban, el cielo abierto. Mirándose, en pleno estado de lucidez, Enrique se quedó inconsciente y fue a otro camino, uno diferente.
Una ola tras otra azotaban su cuerpo. Sal en las cejas, en la barba. Estaba ahogándose en el océano, bajo la marea. La luz impactaba de golpe en sus pupilas, el mar le arrastraba a la orilla. Quedó cubierto sobre la tabla que brillaba. Boca arriba, se quitó aquel objeto y descubrió la corona, allá, en el cielo. Al levantarse, vio toda la sal de mar convertirse en arena. Una nítida imagen del desierto, nunca antes visto por sus ojos. Sus pies resbalaban por las dunas, sus manos se hundían entre los granos.
El atardecer era más profundo. Los colores rompían como bombas de pintura que explotan al contacto con una pared. Primer golpe. El cielo caía a pedazos, las nubes eran demasiado suaves como para permanecer sobre la arena. Los rayos finales de un día que no tenía nombre ni fecha, en un lugar desconocido. Enrique, con la espalda hacia la inmensidad del suelo, veía las luces reventar.
Esperaba, parado sobre un suelo plano y uniforme. El viento pegaba la ropa contra su cuerpo blanco. La luna, como fuente de plata, bañaba todo aquel espacio. Azul, en un vacío gravitacional, donde la sangre no se sentía, los brazos eran leves y flotar parecía una poesía invisible que rompía el aire en dos.
La agonía es un dulce sabor, envuelto en colores oscuros. Un sudor escurridizo sobre cada poro, un breve respiro que desata un golpe fulminante. Enrique se quedó suspendido en su propia sombra, tendida al olor de las palmeras, en un verde fondo antes del pantano.
Cuando aquella voz se le acercó al oído y cantó su nombre tres veces, despertó. La explosión de su mirada fue de un lado a otro, observó todo con su locura, con su agonía. En el respiro ulterior, en el remanso de su propio lecho, Enrique vio fundirse a sí mismo. El aire era leve, su cuerpo se evaporaba rápidamente al tiempo que sus ojos iban abriéndose más y más. Humo negro, pesado, era lo que exhalaban sus poros y se hizo uno con la luminosidad. Uno, y al abrir la ventana, el viento entró de golpe y se llevó todo su ser.