viernes, 30 de abril de 2010

Crónica de un día de sol

Días de sol hay muchos en nuestro existir pero ninguno como el que le voy a relatar, querido lector. Un día en que había mucha luz y el cielo se podía ver claro, en que el tono azul era demasiado intenso, tanto, que hasta lastimaba los ojos...
Aquella mañana, alrededor de las 10, el mismo muchacho que pasaba diario volvía a su cita, a su clase. Al salir, cuando ya era mediodía, sintió algo que invadía sus venas lentamente y recorría su cuerpo con rapidez. Fue tomando lo mejor de él y la felicidad estuvo en su organismo.
Comenzó a correr y así fue, bajo un cielo abierto y tan azul que era de impresionarse al verlo. Parecía una cosa de fotografía alterada pero era tan real como lo eran los edificios por los cuales pasaba el muchacho.
Nada parecía estorbarle y seguía veloz, como si fuese al encuentro de algo. De pronto un obstáculo que no vio, apareció en su camino: una pequeña piedra hizo que tropezara y cayera al suelo en gran estruendo, perdiendo el control de sí mismo y, debido a su rapidez, no dio tiempo a reacción alguna.
El mayor golpe fue en su cabeza. Al estar tirado en el suelo empezó a brotar sangre y se hizo un pequeño charco. Sus cabellos negros quedaron cubiertos de ella, al igual que parte de su playera blanca... Sin embargo él podía tocar y ver el líquido viscoso sin sentir dolor por el impacto. Así pues, se levantó y continuó corriendo.
Dentro de él abundaba la felicidad, en su cerebro pasaban líneas de una canción en inglés: Would you always? Maybe sometimes? Make it easy? Take your time... Y ahí estaba corriendo, esperando a que sucediera, feliz, sin darse cuenta de que un dolor silente lo acabaría poco a poco.
Aire iba y venía, el sol en su pleno apogeo y el cielo conservaba su azul. Los colores eran tan intensos y las imágenes tan nítidas que llegó un momento en el cual realidad y fantasía se fundían en una sola. Repentinamente volvió a caer y el rojo de la sangre era más fuerte, el charco más grande y el sentimiento menor.
El día soleado terminó en el pasto. Lleno de sangre se levantó y siguió, ahora caminando. La noche le cubrió con su oscuro manto. Una sonrisa le iluminaba el rostro y los focos incandescentes de las lámparas urbanas brillaban tanto que no dejaron ver las gotas de cristal que corrían por sus mejillas.
No logró darse cuenta de su muerte. La felicidad lo había llenado demasiado, como nunca en su vida, que no pudo ver su fenecer cubierto de rojo escarlata y combinado con un blanco muy luminoso. Todo sucedió un día de esos que transcurren como si no ocurriese nada. Sólo puedo decir que sus ojos negros, cuando cayó la primera vez y antes de volver a alzarse, quedaron abiertos y se veían como dos canicas negras brillantes, las más hermosas aunque inertes ya.

[Si tan solo pudieras verme de la forma que te miro, si no fuera transparente a tus ojos, mi interior se llenaría de felicidad... Con cariño, para ti]

**Texto escrito en octubre de 2009. Gracias por haber dejado tu huella aquí.

martes, 27 de abril de 2010

Francofonías

La sensación de entrar a un recinto tan distinguido y diferente nunca había sido tan peculiar como lo fue el 26 de abril. Era un lugar distinto a los cuales ya había asistido y, sin embargo, le faltaban más por ver.
Es un teatro, de escaleras en caracol, largas, de escalones cortos. Mucha gente de muchos lugares con muchas ganas de ver el acto que tendría lugar unos 15 minutos más tarde. Aquellos dos llegaron corriendo y los otros dos estaban a mitad de recorrido de esos escalones.
Música de fondo, una preciosa sección de palcos a ambos lados y la parte superior del teatro. Al centro muchos lugares y un escenario pequeño, el cual daba calidez al momento. Las ansias de vivir el momento se hacían cada vez más grandes al igual que el vértigo de la mujer de rojo, quien temía caerse de esa altura, la cual parecía tan diminuta al ver los instrumentos tan cercanos.
Los fondos iban y venían. Entusiasmada, la mujer de blanco vociferó: "es Two Weeks". La de negro agregó: "Grizzly Bear no me gusta".
10 Minutos después se hicieron sonar las francofonías. Aquel buen hombre hizo sonar su guitarra y empezó la faceta más electrónica y experimental de su música. Yann Tiersen ahora se desenvolvía en el escenario.
Dust Lane se llama la producción que vino a presentar. Puso los sentimientos y los corazones de los asistentes a moverse de una forma especial. Todo ello bajo una atmósfera de luces amarillentas sobre el teatro y otras de distintos colores sobre el escenario.
Sí, lo primero y más conocido no implicaba cantar; lo que se escuchó sí era para seguir la letra. Desde el estilo más puro de Tiersen hasta las combinaciones raras entre lo electrónico, el rock y lo experimental se fue desarrollando el concierto, entre cortinas rojas, luces de cámaras y celulares prendidos a contrabando y voces muy suaves.
El encore fue más explosivo que emotivo. Implicó un esfuerzo por no dejarse llevar. Cuando la última explosión terminó en el retumbar de sintetizadores que iban dejando de vibrar conforme las bocinas se apagaban, la gente empezó a salir con cara de asombro.
También se vieron rostros con gestos de frustración y voces se oían: "falto más de lo de Amélie..." Todos iban saliendo de aquel semi-palacio. La calle se llenó de luces, de gente...de desenfreno. La intensidad que rodeó al francés y su banda ahora poseía a la noche, la que fue testigo de un resonar triste y melódico, venido de tierras lejanas, de un Viejo Mundo.

domingo, 25 de abril de 2010

Espectro de colores británicos

Un aire fresco corría por la ciudad esa noche. Fue un martes, en el cual se congregaron miles de almas para contemplar el espectáculo que hacía alrededor de tres años no regresaba a la gran urbe gris azulosa.
Aquellos tres espectadores recorrieron un trecho de tierra y pistas de pavimento que rodeaban aquel foro, dónde se presentaría la banda de múltiples tonos y colores, sonidos fuertes y envolventes que van desde la alegría y la ironía hasta la oscuridad y la tristeza más profunda.
La emoción de los asistentes se elevaba ante las falsas ilusiones que el staff ofrecía con algunos cambios de luces y sonidos provenientes de instrumentos un tanto etéreos.
Los primeros fueron Rey Pila. Eran unos tipos que no eran conocidos por el rumbo pero su sonido no era malo, sólo les falto mayor fama para atraer más atención por parte de los asistentes, quienes, con ansias, esperaban ver a la musa que los había capturado en sueños y ahora podían ver materializada en escenarios.
Después de unas dos horas de espera, de gritos, manos alzadas y unos cuantos cigarros las luces se apagaron. Las voces se desgañitaron y el escenario se llenó de luces blancas y rojas, mientras la animación de hombres subiendo escaleras (los cuales caían después) atrajo la mirada de todos. Luego sonó Uprising. Los británicos ya estaban bajo los reflectores. Muse logró captar todos los ojos y las voces. New Born puso a mover las cabezas y después Supermassive Black Hole reunió muchas voces.
Sin embargo, todos los tonos vocales al unísono entonaron Starlight, no sin antes pasar por United States of Eurasia y Feeling Good.
Time Is Running Out y Plug In Baby les valieron asistentes que entusiasmados se movían en sus lugares y los admiraban a lo lejano o a la cercanía. Ello desembocó en un emotivo encore, para finalizar con los oscuros recovecos de Stockholm Syndrome y la histrionicidad de Matt Bellamy enredado en la bandera mexicana en su interpretación de Knights of Cydonia.
Cuando las luces se encendieron y los alienados ante la música de rock pudieron verse los rostros regresaron de golpe a la realidad que abruptamente los consumió, llevándolos fuera del Foro Sol.

domingo, 18 de abril de 2010

De amores y sabores

Las tardes, cuando el sol se pone en lo más alto del horizonte, se convierten en una explosión de colores. Entre azules rojizos y rosas anaranjados el señor del día va cayendo. Los amantes siguen en las calles, en los parques.
Para la noche el transporte público, los automóviles y las banquetas están repletas de ellos. De ellos es la oscuridad del cielo, a la luz de la luna. Se relacionan con sabores que avanzan lentamente por el paladar, como picantes botanas, como la amargura de la cebada, como el dulce de las paletas.
En esta ciudad hay tantos amantes cuantas luces se pueden observar desde el punto más alto. Sus papilas gustativas repasan toda la gama de sensaciones que pueden tener. Los olores del amor se van incrementando conforme las horas pasan.
Dos jóvenes caminan, tomados de la mano. Bajo la luz de un farol se dan un beso. En un vagón del metro una pareja de señores van abrazados mientras se cuentan del día y sus acontecimientos. En un cruce importante se detiene un coche rojo, del cual se ve una muchacha que, enojada, reclama algo a su acompañante, quien, a juzgar por aquello, parece ser su novio.
Después de medianoche, se hacen presentes los sonidos complejos, los olores fuertes y los sabores ácidos. Los reclamos se vuelven insultos y terminan en violencia; las caricias suben de tono; la indiferencia se hace cada vez más grande, al igual que el espacio y el tiempo.
Silencio... En calma, si se escucha con atención, se percibe la lentitud del espacio aproximándose y separándose. El tiempo se distancia y regresa lleno de luz que nuevamente rompe en colores para dar paso al alejamiento de los amantes, los cuales van sumergiéndose en la cotidianidad del trabajo, la escuela o la vida simple y a la vez compleja de los hombres.

domingo, 11 de abril de 2010

La boca de lobo en la del Mar

De las pequeñas luces citadinas, las que alumbran los hogares y los automóviles circulando, se hizo la oscuridad por un momento. Las calles parecían boca de lobo y el recorrido se tornó especial al ver la magnitud de la colonia.
Eran alrededor de las 10 de la noche y la avenida Tláhuac, en uno de sus tramos, se llenó de negro con diminutas luces rojas y blancas. Las obras del metro permanecían entre polvo oscuro y los caminantes sólo sentían la tierra sobre las banquetas, además de escuchar en el silencio sus pasos.
El microbús iba pasando por la colonia del Mar. Sus pasajeros volteaban por las ventanas, mirando las calles llenas de negrura, las cuales fueron aumentando en número conforme el chofer sorteaba con pericia las esquinas.
De las casas y las tiendas sólo surgían mortecinas luces de velas, como los focos de aquel transporte. Reflejos de las ventanas, los rostros de las personas, algunos dormidos, otros abstraídos en la oscuridad del sector, unos cuantos con audífonos, sumergidos en la música, los pensamientos o los viajes a otras dimensiones por medio de acordes.
Voces entrecortadas a lo lejos, los que descienden del microbús y caminan entre los postes de luz, ahora ausente y lejana. Las travesías no terminan. El mundo continúa con sus actividades sin importar la falta de electricidad.
Una muchacha, parada en el balcón de su casa; un par de señoras entran a la panadería oscura; dos jóvenes corren por las calles, sin rumbo; ruido de autos y transeúntes; un muchacho en una puerta, viendo la vida pasar. Sin luz se reflexiona tanto en el artificio del hombre.

sábado, 10 de abril de 2010

Crónica de una convulsión

¡Tumulto, tumulto! Mientras el señor del primer puesto de dulces avienta las monedas contra la mesa de plástico blanco y su resonar es tan cotidiano, al igual que los comensales de enchiladas y tacos y los clientes del otro puesto de dulces, todos voltean su mirada al desmayado a mitad de explanada, frente a la entrada de la biblioteca.
¿Qué pudo haber sido la causa de que ahora esté tirado en el suelo? Hay una rueda de personas a su alrededor, mirándolo, y unas más apoyan sus rodillas en el piso y lo auxilian. No se hacen esperar los mirones lejanos, quienes están a metros de la valla humana, observando impacientes y ansiosos por saber de aquel acontecimiento.
El muchacho ahora se encuentra acostado sobre una mochila, que sirve como almohada, la agitación de su cuerpo se calma un poco y ahora tiene, al parecer, dos dedos en su boca. Su convulsión sigue haciéndose presente, mientras otro corre desesperado por ayuda médica.
Todas las personas miran cual si fuere un espectáculo de circo, aunque es un hecho que transporta a la real fragilidad del humano. No es cuestión de entretenimiento ni de morbo, sólo es el pensamiento sobre la temporalidad del cuerpo y su desgaste.
Alrededor de cinco minutos después, las personas comenzaron a dispersarse hacia distintos lugares: la cafetería, los salones de clase, las jardineras... Las seis de la tarde ya habían dado y el movimiento en la explanada empezaba a menguar, sólo aquel colectivo quedóse ahí, esperando algún doctor. Aguardar fue eterno ese viernes...

viernes, 9 de abril de 2010

El sentimental clima

Existen veces, en los días, en el pasar cotidiano de la vida, que el clima parece camuflarse con las emociones y las sensaciones percibidas en un periodo corto de tiempo. Inexplicable, confuso, pero hasta cierto punto, coincide.
Las gotas de lluvia caen, los circuitos se vuelven resbalosos, los pastos se humedecen y las personas corren para atajarse el agua que, inclemente, se ha posado sobre las tres de la tarde. La música sirve como aderezo especial a la atmósfera creada naturalmente.
El día se ha puesto ha llorar y el rostro de aquel incipiente joven se ha puesto de líneas azules, entrecortado por cristales puros que se reflejan en sus globos oculares. No se puede afirmar una depresión pero no se puede negar un tono de nostalgia.
La gente sigue pasando, el cielo gris, la primavera comienza pero el abril está tan loco. Las personas comienzan a pensar en la razón de los alemanes. Sí, abril está fuera de sí y no hay poder capaz de controlarlo.
Después de todo el pensamiento, una mujer de vestido blanco pasa con un paraguas entreabierto y salpica agua a los demás caminantes, quienes gesticulan desagrado e insatisfacción. Otras féminas aprietan el paso, con sus sandalias, las cuales ahora cargan pies empapados.
El muchacho del rostro triste tiene hambre y lleva sus manos a su estómago. Una pareja de novios suben apretados al autobús, mientras una madre con su hijo buscan tomar un taxi, aunque todos estén ocupados.
Sólo resta vivir la experiencia de la inesperada precipitación una vez más, caminar bajo las gotas de la molesta o la mágica lluvia, depende de la perspectiva del observador. Las caras azules permanecen y el mundo continúa girando sin importar el llanto del cielo.

martes, 6 de abril de 2010

La hora del transporte público

Si bien las situaciones premeditadas, programadas, fastuosas, por las cuales se espera con ahínco son aquellas que dejan una huella profunda en los hombres; las situaciones cotidianas sazonan la vida diaria debido a que imprimen cierta emoción, estar a la expectativa sin estarlo al mismo tiempo, y, en ocasiones, lo regular se convierte en extraordinario sin planearlo.
Ahora bien, el muchacho de la chamarra roja se apresura para subir al metro y tomarlo. Cada día va más tarde a la escuela. Viéndolo bien su vida se resume a ser un estudiante de tiempo completo, siendo normal y llevando todo como tal.
Cruzándose, por otro lado, un mundo de personas, las cuales llevan la misma prisa, dirigiéndose hacia sus trabajos o facultades. Es la rutina diaria, es lo cotidiano.
Cuando dos personas se encuentran en un mismo lugar y las miradas se conectan puede ser una chispa o un mar de separación. Puede usted ver a los dos jóvenes, al fondo, reunirse para establecer comunicación, sin importar que tan desconocidos pueden ser sus universos.
En los asientos del frente, una madre que duerme a boca abierta, mientras su hijo juega con un muñeco de acción. Al recorrer lo demás con la vista, parece tan común y su magia radica en los pequeños detalles.
Después, el de la chaqueta color de granada espía y se entromete en una conversación de celular. Escucha los argumentos de una mujer al pelear con otra persona (al parecer su novio). Discuten sobre la atención y la falta de tiempo, problemas normales.
Si usted sigue observando, encontrará que la mujer que trabaja en la tienda de autoservicio trae una mancha de aceite en la playera, también al joven que llora, escondido en un rincón del vagón y un viejo, descalzo, pide dinero y ahora da la vuelta y deja ver las grandes grietas en sus plantas, el desgaste de sus pasos...

[Por lo menos alguien ha sazonado el día. Después ese mismo joven entrecruzó miradas con otros jóvenes para después escapar de sí mismo...]

domingo, 4 de abril de 2010

La utopía de la tranquilidad

Ciudad de México. 3 de abril de 2010. Sábado de gloria.

Son alrededor de las 10 hrs., viendo a través de las ventanas del microbús. La cita es allá por mediodía, cuando el sol alcanza el punto más alto. Pero eso no es relevante, no. Lo has visto en la televisión ya que has pasado toda la semana santa en casa, descansando y sin preocupaciones.
Es una realidad que sucede pocas veces en un año, cuando es el tiempo de reflexionar sobre lo hecho en todo este tiempo. La religión es algo de lo que no soy partidario.
Sin embargo, voltea a ver las calles y avenidas. La ciudad se ha convertido en un gran parque gris, inundado de sol y, a ratos, por nubes que cubren su áureo rostro. Los carros se hacen menos, las personas caminan con libertad y se puede correr y respirar. El aire viciado se ha esfumado.
Mientras unos sufren otros festejan el descanso. Algunos reflexionan y otros sólo viven. El ambiente es pesado pero disfrutable. La ciudad se ha vaciado y así ha permanecido por una semana. No, no ha sucedido catástrofe ni guerra alguna, sólo se ha ido la gente a otros lugares.
Parece una utopía, un sueño hecho realidad, una realidad vivida cada año, cuando miles de citadinos se alejan de la selva de asfalto para llegar a otros lugares. Es tan silencioso, tranquilo y vacío. Las almas reposan en calma. Los paseantes se esparcen mejor. Ahora es belleza, increíble, algo nunca visto en lo restante de los meses.
Como siempre, calcula mal los tiempos y llega antes o después, el caso es que siempre le toca esperar en los puntos de reunión, ahora más vacíos que de costumbre. El tiempo pasa tan lento...

sábado, 3 de abril de 2010

Cotidianidad

La vida pasa. Segundo a segundo se hace un minuto, después vienen las horas y así, con ellas, los días y las semanas, que transcurren para convertirse en meses. Los relojes, tirados sobre espejos de agua, siguen sonando, constantes, a la cita que el tiempo les ha impuesto.
Los caminantes de cada día, los amantes besándose, los hombres con pesados portafolios y los niños y jóvenes con sueños a cuestas, los autos que circulan las nocturnas calles y alumbran éstas con faros de alegría y tristeza...
La cotidianidad también sucede, pasa ante los ojos de las personas, sean vagabundos u hombres de negocios, importantes o mendigos. Cada quien retrata los sucesos diarios y los interpreta según su universo y visión, su perspectiva y posición en la carrera.
Desde el simple aire, soplando a lo lejos, hasta la canción repetitiva, la favorita. Los transportes repletos de un lado y vacíos del otro, las avenidas atiborradas de gente, los corredores matutinos. Los comensales al mediodía, los parques casi sin personas, los niños fuera de la escuela. El sonido de la televisión, el atardecer que da paso a la noche, los negocios van cerrando.
El paso de lo percibido cambia conforme el sol avanza en el cielo. Cada hora va mostrando su peculiaridad, cada lugar va viviendo o muriendo. Es momento de hablar de lo simple, lo que se ve todos los días pero no se observa detenidamente.

[Lo cotidiano escapa a mis ojos porque no he sido capaz de observarlo, aunque presente está, siempre ahí... Se va, ya que mi atención se centra en dos canicas negras que se alejan lentamente...]