miércoles, 28 de septiembre de 2011

Efímeros

En un tiempo anterior, dos extraños se encontraron, se conocieron y pasaron un breve periodo de sus vidas juntos. Hoy, después de un par de años, están en el mismo espacio, sin mirarse. Él camina a la derecha y ella a la izquierda.
Pasaron tres días juntos: se conocieron, se enamoraron y se separaron. Era octubre. En el primer día llovía, inusualmente. Ella estaba bajo una marquesina y él llego a atajarse ahí. La lluvia cayó por varios minutos y el silencio era tan pesado, que podían escucharse los pensamientos. Él pronunció la primera palabra y de ahí el mundo cambió. Una tras otra, fueron las oraciones, hasta el momento en que estaban en un café. Era de noche y decidieron salir juntos al día siguiente.
El sol estaba en su punto más alto. Mediodía. Se recostaron bajo un árbol y vieron las hojas, dejaron pasar el tiempo como quien deja el agua correr. No había prisa. Al atardecer comieron juntos y, para la noche, intercambiaron los sonidos que sólo los amantes conocen. El letargo fue demasiado.
Ella se levantó y se vistió. Cuando él despertó, ella estaba lista. Ambos caminaron por el parque y después se separaron. Cada quien siguió su camino. Él recorrió las tiendas, buscando algo que regalar. Ella fue a la estación de trenes a comprar un boleto para irse lejos.
Al cuarto día, él ya no supo nada y regresó a su vida cotidiana. Desde entonces, él pensó en ella durante muchos días, semanas, meses. Ella no volvió, hasta el día que se cruzaron sus maletas en el aeropuerto. Sintieron sus presencias pero no se vieron, intuyeron sus alientos sin enfrentarse. A la derecha, los campos esperaban, fríos y ansiosos. A la izquierda, el mar y sus encantos en el trópico. Al centro, en un local, una mujer parte una rebanada de pastel. Ahí es donde está el tiempo, contenido en capas horneadas y decoradas, listas para servirse.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Impresiones

Cruzas los puentes, día tras día, las estructuras metálicas que conectan la ciudad. Vas sobre uno, sobre otro, sobre muchos. Ves el día pasar y miras hacia los árboles y sus ramas, en tu mente tratas de componer las escenas cual secuencias pero no pasa nada. Lo único que logras hacer es ver lo que nadie ve y omitir la visión realista.
Trasladas tus sueños y miras por la ventana. Intentas absorber el color y dejar lo gris sobre el pavimento de los puentes. Ahí es donde sueñas, despierto, sobre los fríos canales de luces que ahora están fuera.
Las sombras se proyectan ante tus ojos, perdidos siempre en la ausencia de las mismas. La rutina parece ser igual, aunque realmente no sabes como salir de ella. Sólo tomas tu mirada como el lente de una cámara y dejas que tu memoria registre cual cinta cinematográfica.
Los puentes siguen ahí, parados, esperándote, aguardando tus pasos, tus viajes cortos en el pavimento y largos en la mente.

Yo estaba parado en el balcón. Miraba a los vehículos pasar y me distraje del libro. Pasaba las páginas como quien busca desesperadamente algo y no lo encuentra. La tarde rompía en sangre y yo solo veía el tránsito fluir.
Los puentes siempre me han parecido algo útil pero nada más. Yo nunca he creído en los sueños, pérdida de tiempo. Lo que siempre me ha gustado es gastar un par de minutos, con la mirada sobre los ríos de automóviles y con un cigarro.
La vida ha pasado tan rápido y se detiene. La noche llegó y con ella las ganas inmensas de recorrer la ciudad. Pero no, el trabajo llamó a la puerta. Salí de casa y tomé el carro. Me dirigí a los límites de la ciudad, donde las luces han perdido su brillo.
Esperé mucho tiempo antes de la medianoche, leyendo y descifrando mapas de lógicas complejas. Esperé hasta que la voz del deber llegó a mis oídos y me quitó la venda de los ojos. Yo nunca he sabido que es una rutina. Ayer estuve en otro lugar, uno desconocido, con grandes planicies y casi ningún árbol.

Él esperará en vano, sentado sobre la banca de un parque. Llegará pronto el momento en que el día deja de serlo, sin nombre alguno. La luz parecerá una mezcla entre lo natural y lo artificial, respirará el aire con esencia de flores exóticas y se irá a las hojas.
Los árboles le estorbarán la vista del cielo, la cual se llenará de pájaros. Querrá sentir sus ojos cegados por el sol, sentirá su piel y quemará su mente con un cerillo. Pensará si hace las cosas bien y no llegará a conclusión alguna. Sacará la pipa del bolsillo de su saco y fumará tabaco, aunque no sea su preferido.
Dejará pasar la vida, porque tendrá tiempo libre, como siempre. Observará con detenimiento cada detalle y quitará a las personas de su campo visual. Seguirá sentándose en la misma banca, verá la misma escenografía y él mismo cambiará a los personajes.

Nada es igual, la percepción siempre es diferente.

sábado, 10 de septiembre de 2011

En tu boca

Ahí, entre las aperturas superiores y las marquesinas, delgadas y frágiles, se abre también un lugar, ideal para la enunciación y la condensación de los amantes, inspiración siempre bella, encerrada entre dos partes que se unen y dejan libre un aire delicado.
Las comisuras encapsulan la abstracción, vuelta atracción. Las olas de pasión se mecen en vaivén y salen, de entre los labios, infinitas muestras de delicia y amargura.
Es una reacción natural sentir el aliento al momento de la respiración agitada, al instante de proferir toda expresión: palabras bellas, sílabas tristes, letras agridulces. La mirada se pierde, los ojos sueltan su brillo y le dan luz a la piel que rodea al palacio de los límites entre uno y otro.
De ella provienen miles de relatos, la división entre un hecho y una descripción, el reposo de las articulaciones en medio de los líquidos y los estertores del amor. Silbante, anhelosa, puesta para ser admirada, de color o al natural: sus labios protegidos por púas, sus respiros incansables, su aliento.
Tantas lenguas para decir todo, resumirle en una frase pequeña: ta bouche, la tua bocca, your mouth, dein Mund, din mun. Pasar los segundos, los minutos, las horas, el tiempo y toda medida en tu boca.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Palimpsesto

Aquí está Javier recostado sobre el pasto. Mira, a través de las ramas, al sol en plena cúspide. El aire tiene un olor a luz y las hojas se mueven. Dejó la cuerda con la que había saltado a un lado y tiró la pelota al otro lado.
Después de un rato de saltar decidió alejarse de su propio palimpsesto, al cual ha tachado muchas veces. Dentro de un radio breve, pone los pies sobre el pasto y vuelve a despegarlos, asegurándose de no pisar el mismo punto, siempre pendiente al ojo que le mira, recargado sobre sus tres patas.
Antes de tomar la cuerda, Javier se fue con la pelota entre las manos, corría. Esta vez no hubo mirada tras de él. De la misma forma, quiso tener certeza de no regresar por los pasos que dio.
Se ensució el palimpsesto de lodo, junto con los zapatos. El pasto siempre ha sido un excelente lugar para sentarse.
Regresando al momento de su estática, se quedó pensando en el sol. Ahí, tendido en el parque. No quiso escribir sobre su palimpsesto y lo grabó mentalmente, como si tomara una fotografía y la guardara para el recuerdo.
Al atardecer, regresó a casa. Caminaba y, sobre las pisadas, iba raspando en el mismo objeto de todo el día. Al llegar, tomo la cámara y vio todo lo que hizo. Tenía tantos fragmentos separados del palimpsesto y no sabía como ordenarlos.
Por eso escribió en su libreta todo. Mejor escribir y tachar que dejar las piezas regadas en los cajones, unir cada pedazo en un solo texto, que tenga de todo y recoja cada parte. Pero no quedó bien. Guardar todo, mejor, así no se pierde nada aunque esté separado.