Pasaron tres días juntos: se conocieron, se enamoraron y se separaron. Era octubre. En el primer día llovía, inusualmente. Ella estaba bajo una marquesina y él llego a atajarse ahí. La lluvia cayó por varios minutos y el silencio era tan pesado, que podían escucharse los pensamientos. Él pronunció la primera palabra y de ahí el mundo cambió. Una tras otra, fueron las oraciones, hasta el momento en que estaban en un café. Era de noche y decidieron salir juntos al día siguiente.
El sol estaba en su punto más alto. Mediodía. Se recostaron bajo un árbol y vieron las hojas, dejaron pasar el tiempo como quien deja el agua correr. No había prisa. Al atardecer comieron juntos y, para la noche, intercambiaron los sonidos que sólo los amantes conocen. El letargo fue demasiado.
Ella se levantó y se vistió. Cuando él despertó, ella estaba lista. Ambos caminaron por el parque y después se separaron. Cada quien siguió su camino. Él recorrió las tiendas, buscando algo que regalar. Ella fue a la estación de trenes a comprar un boleto para irse lejos.
Al cuarto día, él ya no supo nada y regresó a su vida cotidiana. Desde entonces, él pensó en ella durante muchos días, semanas, meses. Ella no volvió, hasta el día que se cruzaron sus maletas en el aeropuerto. Sintieron sus presencias pero no se vieron, intuyeron sus alientos sin enfrentarse. A la derecha, los campos esperaban, fríos y ansiosos. A la izquierda, el mar y sus encantos en el trópico. Al centro, en un local, una mujer parte una rebanada de pastel. Ahí es donde está el tiempo, contenido en capas horneadas y decoradas, listas para servirse.