jueves, 28 de julio de 2011

La espina

Una rosa por una espina. Los movimientos se transforman en heridas al contacto y cicatrizan de una forma peculiar. Así, los días pasaban y el muchacho se levantaba a la misma hora, con la radio de fondo para despertar.
Las mismas letras, pegadas a su piel por largo tiempo, como la espina en su costado. Escondido tras un imperioso deseo, ahora innecesario, hace de tripas corazón al tiempo que continúa caminando por las calles de la ciudad.
Pero, ¿qué es la espina? Un simple lastre atorado en un lado, falta de respiro completo y hundimiento leve sobre un colchón con olor a adicción. Insano, entre la decadencia y la cordura, contiene el llanto, con sus libros tirados en un charco y los gritos reprimidos.
Después duerme y, a la mañana siguiente, todo vuelve a comenzar, en el preámbulo de una repetición. Espera él que no sea infinita.

domingo, 10 de julio de 2011

La ciudad de fondo

Un paseo por las nubes y después escribir para soñar más.

Escribir con la ciudad de fondo, con sus ruidos y sus calles saturadas, sus luces reflejadas en inmensos charcos y en lagos pequeños, entes de mercurio y sodio que alumbran las banquetas a la caída del sol.
Desde aquí, el asiento trasero parece más cómodo. El aire corre mejor y la mente se suelta mientras se avanza. Semáforos y semáforos, van y vienen. Más luces y la ciudad sigue de fondo, como el sonido salvaje y puro, en bruto y sin procesar.
La corona magnética se engancha a los oídos y ahí permanece, mientras se escucha la dulce melodía que cubre a la urbe. Una voz suave sale y profiere palabras en un límpido idioma, del cual no entiendo mucho.
Al paso de todo, de los postes, de los autos, de las lámparas y entre los edificios se ve el tiempo detenido. Todo lo demás avanza.
Las lágrimas, aun saladas, parecen ahora sacar toda su levedad. Son insoportablemente tolerables, hechas de un líquido plateado y volátil, no pesan ni se sienten. Así también, la ciudad se vuelve leve, se encierra en una burbuja invisible e indivisible, flota entre los castillos de aire.
El paseo es de letras, enmarcadas en una libreta, vueltas a un bolsillo y veladas al mercurio y al viento. Noche de palabras interminables como la mente misma cuando corre. La ciudad al fondo, allá las nubes, oscuras ahora; los ruidos sordos y la explosión en el río de resplandores metálicos.

Un paseo por los puentes y después...después cerrar los ojos para no lagrimear.

sábado, 9 de julio de 2011

Breve descripción del señor J.

El señor J., es un extraño caso, pero no como el señor Valdemar. Es un ente con una rareza que, hasta hoy día, no logro comprender. Siempre está sumido en un mundo alterno, entre miles de papeles sobre los cuales traza imágenes discordes y rotas. Mi mente logra comprenderlas hasta un cierto punto.
Tiene una gracia ágil y útil en situaciones adversas pero no tiene tacto. Sufre de severos traumas y otras observaciones, aunque eso casi no importó. Realmente conozco poco bien al señor J. Así también puedo ver su ávido consumo de lecturas aquí vertidas. Es un buen comentador y defensor férreo de sus puntos de vista.
Me gusta verle dibujar bajo las sombras de la lluvia y el humo del cigarro. El señor J., fuma como locomotora, parte de un proceso de adicción del cual no se renuncia fácilmente. En todas las ocasiones, vestía pantalón corto, a pesar de su intenso gusto por la ropa invernal. De sabores nunca supe y menos de otras aficiones, sólo de algunos secretos.
El señor J., es incapaz de terminar un proyecto, lo cual me molesta. Sin embargo, no lo culpo; es de gran dificultad acabar –o por lo menos llegar a un punto álgido en un trabajo– cuando se tiene una maraña de ratones en la cabeza.
Un buen día, este señor fue a dar una vuelta a la ciudad y no regresó por aquí. Probablemente se haya molestado sin querer. Lo único que puedo hacer es continuar en este remolino de escritura y esperar. Quizá alguno de estos documentos sea parte de los sueños que traza en sus hojas de diseño, en tintas especiales y colores sobrios.

viernes, 8 de julio de 2011

No queda camino para correr

Siempre se recorre un largo camino para llegar ahí. Parado en el centro, rodeado de miles de personas, no se ve la magnitud de un lugar así. El pasto sirve de almohada al sueño de los zapatos y el sol empieza a ponerse, a despedirse del día. El espectáculo está a punto de terminar pero, sumido en alienación, no se ve venir.
Suenan los acordes de una guitarra que lento comienza. Al inicio de la canción se puede dar cuenta del final, no se necesita una indicación certera. Sudor, enajenación, expectativa, emoción. La garganta se rompe en hilos de sangre invisibles y, realmente, no se siente. Atrapado en medio de toda la masa de personas, no queda camino para correr.
Se conecta el corazón al otro lado de un escenario, sobre el cual hay una banda. Cuando el ambiente es propicio, ocurre esa especie de sinapsis mística que llega a carcomer las entrañas. El estómago se proyecta en vacío y la vista se nubla; los oídos explotan y el sudor se cristaliza en la frente.
Es el sabor dulce y amargo de una ruptura silente, al momento de finalizar, ante la explosión de los últimos rayos solares y el quiebre de las nubes para dar paso a la noche. Ahora acabará, en cuanto los amplificadores se destrocen, la masa se aplaste para dispersarse.
Ellos acabarán por darnos la espalda, aun con la súplica de las voces. Finalmente, nosotros haremos lo mismo y nos iremos, dejando una huella masiva, de la cual sólo quedarán restos. Habrá, por lo menos, dos voces con sus versiones oficiales; muchos pensamientos girarán como satélites por cabezas aledañas; otros callarán por su sanidad mental. Pero parado en el centro de esta extensión verde, al observar la noche caer y la magnitud del pasto, no queda más camino para correr. Se acabó.

domingo, 3 de julio de 2011

El tiempo roto

Caminaba por la calle, así, como quien no tiene mayor aspiración.
Me puse el abrigo largo, el negro, para impedirle a la lluvia pasar a mis brazos. Tomé el sombrero y lo coloqué sobre la cabeza. Salí y vi el mar de gente meciéndose de un lado a otro, entre paraguas y gotas tupidas. Entonces salí a encontrarme con el pavimento mojado.
Llevaba puesto el reloj, aquel de la otra vez. Avanzaba a sus ritmos torcidos, como los textos que van en salto continuo. Enfrenté una horda de personas aguerridas, abriéndose paso por calles y calles. Parecían estar llenas de todo tipo de rostros, de zapatos chorreados, de lágrimas ausentes. Sin darme cuenta, choqué con un hombre. Seguí mi camino.
Al paso iba alejándome del bullicio. Iba arrastrando las rotas suelas de otras vidas. Volteé y vi la hora, pero el reloj estaba roto y su torcido recorrido se había detenido. Me cubrí la muñeca y me metí en los callejones.

–Señor, ¿ha visto usted trozos de cristal regados en el suelo?
–No, yo sólo he mirado al cielo mientras llueve.
–Es que se rompió el tiempo de mi reloj. Se escurrió fuera de la caratula cuando choqué con alguien.
–Dígame, ¿conoce usted el tiempo?
–De una forma rara.
–¿Y cómo sabe que se le escurrió éste y no el reloj?
–Porque ahora las manecillas avanzan como las de cualquier reloj común.
–No se preocupe, de todos modos el tiempo avanza como mejor le place.
–Me ocupa mi invisibilidad, es todo.

Ya no busqué ningún trozo de ninguna cosa. Me paré a mitad de una calle vacía a la vista. Me hinqué sobre el asfalto y seguía sosteniendo la muñeca. Finalmente, me di cuenta de mi liberación de aquel calabozo. El cuerpo se sentía más ligero pero yo no podía respirar bien, era cuestión de acostumbrarme al aire contaminado y la invasión repentina de seres enmascarados; las distancias grandes entre edificios y campos llenos de pasto, entre ayer y mañana.
Se rompió el tiempo, el reloj continuaba marcando horas.