Escribir con la ciudad de fondo, con sus ruidos y sus calles saturadas, sus luces reflejadas en inmensos charcos y en lagos pequeños, entes de mercurio y sodio que alumbran las banquetas a la caída del sol.
Desde aquí, el asiento trasero parece más cómodo. El aire corre mejor y la mente se suelta mientras se avanza. Semáforos y semáforos, van y vienen. Más luces y la ciudad sigue de fondo, como el sonido salvaje y puro, en bruto y sin procesar.
La corona magnética se engancha a los oídos y ahí permanece, mientras se escucha la dulce melodía que cubre a la urbe. Una voz suave sale y profiere palabras en un límpido idioma, del cual no entiendo mucho.
Al paso de todo, de los postes, de los autos, de las lámparas y entre los edificios se ve el tiempo detenido. Todo lo demás avanza.
Las lágrimas, aun saladas, parecen ahora sacar toda su levedad. Son insoportablemente tolerables, hechas de un líquido plateado y volátil, no pesan ni se sienten. Así también, la ciudad se vuelve leve, se encierra en una burbuja invisible e indivisible, flota entre los castillos de aire.
El paseo es de letras, enmarcadas en una libreta, vueltas a un bolsillo y veladas al mercurio y al viento. Noche de palabras interminables como la mente misma cuando corre. La ciudad al fondo, allá las nubes, oscuras ahora; los ruidos sordos y la explosión en el río de resplandores metálicos.
Un paseo por los puentes y después...después cerrar los ojos para no lagrimear.
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