domingo, 26 de agosto de 2012

La belleza de la imposibilidad

Comprendo las letras que veo pasar a diario,
comprendo las fórmulas que resuelvo a diario,
pero no entiendo la sed que de tus labios brota hacia los míos.

Despertar, después de haber dormido tanto. Mirar entre las sábanas la delgada cortina de luz que se filtra por las pupilas. Oler en el polvo tu perfume y caer en sueño. Despertar porque no hay otra cosa que hacer.

Describirte en líneas y formas, en un lienzo manchado por otras líneas, lleno de sal y sangre. Un día más, otro para ver al vacío de tus ojos y perder toda noción ante tu obscena mirada.

Tú, que no hablas más que para alejar. Tú, distancia y pérdida de todo. Tu cuerpo siembra en mí jardines de anhelos magnéticos, tu ser se funde con la nada, tus labios profieren lo inmaterial de la imposibilidad.

De tu belleza se desprende ese no, ancla del goce estético de un espacio inexistente. De tus labios sale la imposibilidad, ese placer oculto entre esencias de todo color. Tú, que no existes más, en un lugar hoy distinto del pasado.

¿Qué eres? Eres la palabra que no dejo de repetir, aquella que no se ha nombrado nunca.

Despertar para oler ese perfume que se desvanece en el remanso de la inconsciencia, de una ausencia siempre presente, de la inteligencia desvanecida en el profundo matiz del cristal que te rodea.

Y marcar sobre la tierra que muere estos círculos magnéticos que desaparecen cada noche, cuando las olas de la mar se agitan y rompen contra estas piedras, estas piedras que caminan por la orilla de tu vista y matan el alma, el alma ya muerta.

domingo, 8 de julio de 2012

Sal

Entre luna y luna,
los pies lacerados,
la mar antigua
y los ojos muertos.

Era un largo sendero para caminar, un ancho mar y la costa, extendida a lo largo de la noche. Pies desnudos, lacerados de tanto andar, llenos de sangre, dejaba sus huellas sobre la arena. Sal, lastimando sus dedos. Sal, que no borraba su trayecto en medio de una oscuridad que le aturdía, le perdía al fondo de un abismo, del cual parece no haber salida.
Era largo, muy largo. Se repetía hasta el infinito. Las estrellas se asomaban entre las nubes, las olas azotaban contra la orilla. Pesados, los pies se veían como ampollas, repletas de sudor, de pus. Ardientes rocas a punto de una explosión y el deseo imperioso por dejarse caer, le hicieron derrumbarse a mitad de la arena, frente a una multitud de cadáveres sobre la costa, pero no los vio.
Brazos sobre piernas, piernas sobre cabezas. Cuerpos desnudos, que al paso inexorable del tiempo retumbarían en su mente como el ruido de cascabeles óseos. Un bello tapiz, homenaje a la necrófila perversión de un rey sin corona. Un baño de sangre en medio del océano, una obsesión por las causas perdidas y las guerras sin razón.

Estaba ciego. Había estado tan ciego, en medio de una penumbra, tomando cualquier camino desconocido, a la deriva del viento. No pude verle parado ante mí, ni siquiera le miré caminar a mi lado, no escuché su voz cuando profería palabra y nunca le vi esperar, durante todo este tiempo.

Cuando despertó, no había dinosaurios. La luz que permeaba entre las hojas de los árboles le abrió los ojos. Tirado al lado de un árbol estaba. Levantaba sus pies, el pasto se le clavaba como púas a las manos del ladrón. Miró a los cuerpos, extendidos sobre todo el bosque. Notó el cambio y, con él, un leve perfume que le dormía el ánimo y relajaba todo su ser, un aroma que le iba matando poco a poco. Miró los cuerpos, ahora dispuestos sobre la hierba, con ropas mínimas, limpios. Miró el cielo abrirse antes de entrar en inconsciencia y llegar al purgatorio, perdido entre una imagen dantesca y la oscuridad de sus propios pensamientos.

Entre luna y luna, la mar fuerte y las olas que azotaban antes del rompimiento del sol en las nubes. Miró el ancho y largo sendero, con la oportunidad de enmendar una vez más su andar. Sus pies, heridos y desgastados, ahora estaban cubiertos con escuetos vendajes. Tenía que explorar, de nueva cuenta, para salir del azul y observar el amanecer, sumido en el olor a libertad que tanto anhela.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Mirar la luz

Vacío. Mirar a la nada sin saber a dónde voltear. Ser maestro de la nada en tierra poblada, cortado desde la raíz y al corazón, con las arterias libres de todo peso. Mirar todas estas hojas en blanco y sumergirse en el mar de la aporía, sin esperanzas ni aire. Me he quedado seco en este bosque, marchito entre todas las flores. Los girasoles, muertos a plena luz solar; las águilas, cuyas alas ahora vuelan bajas y desplumadas; las grandes mentes, tiradas sobre la superficie banal de un campo vasto.
Mirar la luz y ver las luciérnagas que vuelan en penumbra. Saberse absorbido y ver la vida desaparecer de las pupilas propias. Observar y caer sobre el asfalto hirviente, bajo un manto estelar inmenso.
Mirar todos estos semáforos en rojo y ver la orquesta de vientos-metal impávida.
Escribir frases sueltas y letras muertas.
Nuestros ojos se queman a la luz de la luna.
La locura es blanca como una tira de heroína, pintada bajo grandes reflectores.
Dejar la sangre fluir por el cerebro y caer por el rostro.
Mirar la oscuridad y saber que la fe está atrapada en las ramas de un lugar desconocido.

Mirar la locura y encontrársela en la negrura de la cara, rompiendo el cristal a golpes de bala y pelota.
A golpe de puño...

lunes, 9 de abril de 2012

La locura de Enrique

En el punto más álgido de su locura, Enrique respiraba más agitado de lo normal. Sus ojos estaban tan abiertos que podían recibir la luz del sol entero; su piel, tan seca y desgastada, no cedía ante el roce del agua. La agonía era el recibimiento último, antes de caer en un sueño profundo, sin saber si despertaría o no. Antes de la medianoche, bajo la luna a media forma, cayó en estado séptico y entró en un mundo que no había visto antes...

Recostado sobre una hamaca, con el ancho río a sus pies y el sol que inundaba toda la cabaña, debajo de la palmera. Ahí estaba él, mirando toda la selva tropical. Los pastizales que se alzaban frente a la casa, las nubes que caminaban, el cielo abierto. Mirándose, en pleno estado de lucidez, Enrique se quedó inconsciente y fue a otro camino, uno diferente.
Una ola tras otra azotaban su cuerpo. Sal en las cejas, en la barba. Estaba ahogándose en el océano, bajo la marea. La luz impactaba de golpe en sus pupilas, el mar le arrastraba a la orilla. Quedó cubierto sobre la tabla que brillaba. Boca arriba, se quitó aquel objeto y descubrió la corona, allá, en el cielo. Al levantarse, vio toda la sal de mar convertirse en arena. Una nítida imagen del desierto, nunca antes visto por sus ojos. Sus pies resbalaban por las dunas, sus manos se hundían entre los granos.
El atardecer era más profundo. Los colores rompían como bombas de pintura que explotan al contacto con una pared. Primer golpe. El cielo caía a pedazos, las nubes eran demasiado suaves como para permanecer sobre la arena. Los rayos finales de un día que no tenía nombre ni fecha, en un lugar desconocido. Enrique, con la espalda hacia la inmensidad del suelo, veía las luces reventar.
Esperaba, parado sobre un suelo plano y uniforme. El viento pegaba la ropa contra su cuerpo blanco. La luna, como fuente de plata, bañaba todo aquel espacio. Azul, en un vacío gravitacional, donde la sangre no se sentía, los brazos eran leves y flotar parecía una poesía invisible que rompía el aire en dos.
La agonía es un dulce sabor, envuelto en colores oscuros. Un sudor escurridizo sobre cada poro, un breve respiro que desata un golpe fulminante. Enrique se quedó suspendido en su propia sombra, tendida al olor de las palmeras, en un verde fondo antes del pantano.

Cuando aquella voz se le acercó al oído y cantó su nombre tres veces, despertó. La explosión de su mirada fue de un lado a otro, observó todo con su locura, con su agonía. En el respiro ulterior, en el remanso de su propio lecho, Enrique vio fundirse a sí mismo. El aire era leve, su cuerpo se evaporaba rápidamente al tiempo que sus ojos iban abriéndose más y más. Humo negro, pesado, era lo que exhalaban sus poros y se hizo uno con la luminosidad. Uno, y al abrir la ventana, el viento entró de golpe y se llevó todo su ser.

lunes, 19 de marzo de 2012

Extranjeros

¿Alguien puede ver la luz, esa que separa el amanecer de la inconsciencia?

¿Has visitado otras latitudes?
Dicen que allá el aire se respira diferente.
La vista es sólo tuya y de nadie más.

El deseo, por sí solo, no me sirve.
¿Te das cuenta?
Haber ido tan lejos para nada.

Separados, aventados en una espiral que no parece tener final.
Tú, porque de la tristeza se han hecho estos pilares;
yo, porque me he tirado a ella sin razón aparente.

Ser extranjeros en un país lejano,
mirar lo que nunca hemos visto,
sabernos invasores sobre esta tierra.

Ser extraños en suelo propio,
observarnos los rostros,
sabernos ajenos el uno del otro.

Conocidos, en un océano de personas.
Lugar del que no sé
en un sueño que olvidé.

Desconocidos, nos pasamos de largo.
Aquí, en este momento común,
donde conocemos todo.

Ahora somos exiliados,
sobre las mismas escenas,
en estos pavimentos mojados.

Dos, aquí y ahora,
que no se miran a la cara,
divididos en este camino gris.

martes, 6 de marzo de 2012

Sobre la hierba

Entre tiempo y tiempo, un rostro detrás de otro.
Desaparecen en la niebla...

Las manos que cargan todo este peso, día tras día, las mismas que sostienen esta llave. Detrás del espejo existe otro reflejo, el mundo que descubre esta cerradura al abrirse. Ello da paso a la rutina diaria.
Al alba, el campo abierto. El aire corre entre la hierba y el sol se abre paso por las nubes. Trabajo duro, marcha forzada, tierra.

En la tarde, bajo los árboles que apenas filtran los rayos de luz, el viento roza las manos, las suyas, las que sufren este desgaste. Secas, rotas, se dejan acariciar por la fuerza del aire.
El rocío sobre su piel. El pasto le devora. La luz le abruma. Si quisiera, podría escuchar sus pensamientos; podría sentir la sangre correr por sus manos.

Lágrimas, han decantado esta tinta, la han hecho colores. No los distingo, no los veo. Cae una más y deshace el espectro.
Pero sus manos tocan, su piel raspa, su mirada ciega. Bajo el azul, en el trigo negro, ya no te veo. Sólo queda el sonido de las hojas que cantan en mi mente, las ramas crujen, el palpitar del trigal. Entonces, abrí los ojos y vi que ya no estaba ahí.

sábado, 3 de marzo de 2012

Lo que escribió

Perdóname, Hermes, por no quedarme.
Él me ha cortado los dedos y no hay nada que pueda escribir. 
Mis últimos versos se los han llevado estas lágrimas, 
se han secado al aire y roto bajo el sol.

Déjame aquí, porque andar más ya no puedo.
Me ha raspado los pies con lijas y la sangre no para.
Se ha burlado de la cruz que llevo,
sin dar lugar al viento sobre mi cara.

Escribe, porque debe hacerlo.

Recuéstame, sobre esta hierba.
Me ha destrozado los huesos con su andar presuroso.
Su piel brilla a la luz viva,
su respiro se siente sobre mi regazo.

Pregúntale, porque ya voz no tengo.
Me ha contado de otros lugares que no he visto.
Mis ojos sólo saben de paisajes lóbregos,
no han reparado en la belleza del océano muerto.

Escribe: "estoy quebrado, ven por mí".

Le he rogado quedarse, 
le he observado irse,
dejado solo, así me he hecho.

Dejado solo, en el claroscuro,
caído sobre sus rodillas,
destrkzado mi muro.

Sus letras pasan.

Ruégale regresar a estos brazos,
recargarse sobre este abrigo sucio,
ruégale volver a la luminosidad
bajo estos árboles viejos.

Háblale de la soledad,
del aire en espirales,
del cielo azul en tranquilidad,
de nuestras luchas y nuestras muertes.

Perdóname, Hermes, por no quedarme.
Él me ha cortado los dedos y no hay nada que pueda hacer.
Apiádate de mí,
en este final atardecer.

Roto estoy, vacío por dentro,
dejado solo cuando luz necesitaba.
Muerto estoy, contra este rostro,
y él escribió que no regresaba.

domingo, 12 de febrero de 2012

Entre las piedras

Dans le cimetière, l'air devient lourd.

Ha llevado tanto tiempo entre las piedras y el pasto crecido, en los pasillos adoquinados. Al aire, su rostro se congela: la piel se agrieta, los poros se oscurecen y los pies se desvanecen. Un gran campo, cubierto de placas, flanqueado por almas, vigilado por los remolinos de polvo que dan vuelta, una y otra vez.
El cielo lleno de nubes grises, apenas abren espacios breves por donde la luz se filtra. Los rayos del sol tras de la masa de vapores, el azul reaviva los huecos, los espirales que van de aquí para allá. El cementerio ha dejado sus puertas abiertas, los árboles crecidos y la belleza del gris; las tumbas parecen flotar, aunque el suelo no se ha levantado ni un milímetro.
El aire se hace pesado, la respiración agitada se contiene, el sol a media luz y nada más. Lápidas que encierran misterios, ramas secas y olor a flores marchitas. Cada lugar trata de alcanzar al sol, cada mano trata de alcanzar los dedos de la otra. La vida se percibe, escondida a metros bajo tierra. La muerte es un trago que ha sido bebido, un dolor subsanado por el movimiento de las hojas.

Ha estado encerrado tanto tiempo que ya no sabe quién es, caminando entre nombres de personas que nunca conoció. Ha atrapado los grandes vientos, ha dejado ir estos ríos, ha caído sobre el polvo de los ataúdes y mordido la tierra. Sus entrañas han perdido sensibilidad, su belleza se conserva en el frío del invierno, el infierno aquí no se siente.
Su deseo es salir del camposanto, quitarse el peso que le ha sido dado, regresar de un exilio que no le pertenece. Ha de remover su nombre de esa piedra, salir de la caja muerta. Ha de cambiar penumbra por claridad, regresar a la vida y romper las cadenas de aquello que no es suyo.

jueves, 9 de febrero de 2012

La playa

Mirando al cielo, porque es eterno y se sufre menos.

Amarte todo el tiempo, aunque en verso deshecho siempre estés. Amarte todo el tiempo, aunque mío no seas. La arena blanca, inmóvil, a la luz del sol. El océano, inmenso, fuerte, cercano. El cielo, abierto, lejano. Soñar que se está en el agua salada, ahí ya no se siente nada. El reloj no marca las horas sobre la playa y no se distingue entre el día y la noche. Los cristales se han roto, las lágrimas se han secado, las nubes se disipan.
Perder, ¿por qué no has podido perderme? Tan bien lo has intentado y sigo llegando a tu lado.
Amarte todo el tiempo, sin importar la cara de la moneda. Amarte aquí, tirado sobre el mar, quemado en la tierra, aunque mío...no seas.

jueves, 2 de febrero de 2012

De la lucidez

"Las noches blancas son un fenómeno de verano, cuando los días rondan
el solsticio. La oscuridad desaparece y se vislumbra un exceso de luz, presente
hasta después de la puesta del sol, que parece ininterrumpida."
Pero, yo las viví en el frío, a plena luz de invierno.

En estos días, cuando la luz no se agota, sale este brillo a la superficie de la piel. Flotan estos barcos sobre el océano que resplandece y se mantiene cálido. Las flores parecen no florecer y los poetas salen a admirar la belleza de la avalancha contradictoria de la noche.
En estas, mis noches blancas, las fotografías pasan volando en secuencia, una tras otra. La puesta del sol se extiende sobre la naturaleza muerta y el artificio de las calles. Los pasajes se quedan llenos y las casas vacías. 
En el momento de la penumbra, yo no percibo el sonido de las monedas caer. Sueño, en la profundidad de estas olas, entre la dulzura de las imágenes que desfilan en mi mente, con miles de ríos de focos que alumbran todas estas avenidas, lejos de mí. Allá, donde acaba mi conciencia y despiertan los cadáveres de los días pasados, donde las sustancias alteran los estados, donde el aire es la piel y está fuera de mí.
Las palabras tristes y las canciones empolvadas, los sobres cerrados y los ojos bien abiertos. La fruta a medio roer y los libros deshojados. Las velas se apagan pronto y los aviones surcan el éter. En estas, sus noches blancas, no hay rostros.
En la chispa de la claridad, los olores llegan de golpe y a golpe. Los viajes rebasan las páginas blancas y los mensajes de desesperación y emergencia. Las luces rojas se pierden con el rompimiento del horizonte y la lucidez se estrella contra la corteza cerebral. Aquí, cuando vienen todas las memorias y se duermen estos fantasmas, cuando se han llevado los pensamientos y las ideas, cuando el mar levanta la tierra y derrumba todo a su paso.

Es en estos días, cuando la luz no se agota y entra de lleno en los cuartos. Subsiste sobre la superficie de las hojas negras y en las miradas perdidas, los ojos al cielo, sobre el azul.

lunes, 30 de enero de 2012

En esta noche

«Tiempo, marcado en los signos de esta pantalla, con cristal y plástico. Tiempo, que pasa y no regresa, rápido o lento, sin noción o conscientemente. Tiempo, fugaz o largo, proyectado sobre las paredes.»

Sigue pasando. El tiempo se pone sobre las cortinas rojas de este cuarto al momento de mirar la ciudad. El atardecer al fondo. Aquel hombre toma un cigarro y lo pone entre sus labios, enciende un cerillo. La llama se mueve en cámara lenta y, al dar vida al humo y muerte al tabaco, el mundo parece detenerse mientras exhala la primera bocanada.
Al otro lado del globo un cuarto diferente. Los amantes están frente a frente, sumidos en la sombra. Después de una marea que ha destruido sus pasiones, uno saca un par de guantes de piel. Comienza a ponérselos lentamente, mientras sonríe. El otro se recarga en el baúl de madera. La luz permea sobre la tela oscura y delgada, la medianoche está a punto de partir las nubes.

Mientras el sol va caminando hacia el oeste, el cielo rompe en sangre. El tercer respiro de alquitrán en sus ojos, el humo le rodea el rostro. La vista de vuelta al marco de la ventana. No hay apuro ni meta, no hay pensamiento. Deja pasar un suspiro, regalado al cigarro que sostiene.
En las noches blancas, los amantes se funden. En esta noche oscura, uno, sentado sobre el baúl. El otro se inclina hasta tenerlo ante sus labios. Entretanto, en otra latitud el tabaco sigue quemándose. Con un último dejo de deseo, prefiere apropiarse de un aliento definitivo a dejarle ir para siempre. Los autos pasan y sus ruidos son menores que la respiración agitada y los corazones desgastados.

La ceniza se ha ido en el aire. En la ruptura del cielo y el horizonte enmarcado por los rascacielos, la mitad de este pequeño rollo se ha consumido. Los momentos se encapsulan en una burbuja a punto de reventar. Empieza a oscurecer.
Al separar sus labios, le escurre una lágrima. Los segundos pasan, sigue quemándose nicotina en otro lugar, al mismo tiempo. Al romper la mirada sobre el cristal de la ventana, él saca una navaja. Toma el brazo del otro y huele su perfume. En un instante y en un corte a lo largo de la piel, le llega a las entrañas, sus venas estallan y su dolor permea a la superficie de sus poros.

El fuego encapsulado a cada toma de humo se enciende con fulgor, como las fraguas de lejanos lugares. Los segundos siguen corriendo por el río de luces que van ardiendo poco a poco, corren como la sangre de un amante. El cigarrillo llega a sus últimos aires, cortándose por calor ajeno y muriendo a manos de un hombre que mira fijamente la ciudad.
Se ha resbalado del baúl y se ha quedado sentado en el piso, viendo con atención la piel entreabierta. El amante se va, agarra una maleta y sale. Guarda la navaja en el mismo bolsillo, guarda sus recuerdos en una caja para tirarla al océano. La madrugada ha caído de lleno y la luz, la luz todavía no llega.

El cielo se ha cubierto de un azul más oscuro. Un avión surca las nubes y las desvanece. El hombre aplasta su cigarro contra el filo del marco y lo arroja a la calle. El ritual del atardecer se disipa entre los espejos de los edificios y, lejos de ahí, un rojo que se ha vuelto sangre, al otro lado de la inconsciencia; una burbuja que se ha reventado y ha dejado un charco negro sobre el piso de la habitación, sobre una superficie donde la oscuridad se proyecta en un mundo alterno, al tiempo que el tabaco se consume en escasos minutos.

miércoles, 25 de enero de 2012

Des-versado

Rima, ¿para qué te quiero?,
si de tu letra
la sangre no brota
y de la belleza
no arroja su lágrima
el rojo de tu tristeza.

Yo, no sé de poesía,
ni de oscuro verso,
partido en dos
en la hora del deceso,
ni de clara tregua
en esta final línea.

sábado, 21 de enero de 2012

Un sueño nemoroso

Y entonces salían a vagar al bosque
y regresaban al anochecer, a la casa de cerámica.

La perilla giraba siempre a la misma hora, todas las noches. Entraba al departamento y encendía todas las luces, porque estando solo nunca se sabe lo que puede ocurrir. La rutina siempre era la misma: el tocadiscos con la misma canción, la de Prévert; el agua que hervía y chorreaba; el aroma a té. Dejaba caer su cuerpo sobre el sillón y extendía las piernas, mientras se quitaba la corbata y leía el periódico o un libro.
Al sonido de las burbujas, una taza aparecía sobre la mesa y el olor a limón se esparcía por el cuarto. El cenicero siempre estaba repleto, los otros periódicos amontonados y la noche caía hacía los vapores de la madrugada. 

De pronto, al dejar que el letargo le permitiera mover los dedos, volvía en sí. Entre la espesa niebla podía oler las ramas de los pinos y el pasto del bosque albergaba la paz de un lugar en medio de la nada. Nadie alrededor, nada más que el juego de sombras y los troncos llenos de musgo. Sus pisadas eran fuertes y rápidas, los latidos levemente elevados, la emoción contenida en un llanto seco desde hacía varios días. Quiso levantarse pero su cansancio no le dejó. Permaneció acostado y cerró los ojos, al momento que escuchaba el crujir de las hojas muertas.

Al amanecer, los pájaros cantaban y el olor de los árboles entraba de golpe en toda la sala. Una vez más despertaba en el sillón. Iba a cambiarse, al tiempo que olía el pino y el disco había continuado toda la noche. 
Ilusiones entre hojas muertas, las que nunca entendió. Prefirió tomar el desayuno en el balcón. Sentía una rareza en el aire, el sol se traslucía detrás de las nubes espesas y no daba su brillo por completo. Puso la misma taza con el té de limón, mientras reposaba con la mirada fija en las calles. Al tiempo que se levantaba de la silla, puso su pie sobre el escalón. Sintió un leve movimiento y unos segundos después iba cayendo hacia atrás. Cuando sintió el golpe en la cabeza, miró al techo y se desmayó.

Parecía haber dormido toda la mañana. La hierba ahora se sentía húmeda y el frío pesaba más conforme avanzaba la muerte de la luz. Se levantó y caminó. Sintió un mareo y una punzada en la cabeza, pero decidió continuar.
Los últimos rayos del sol hacían que el olor a pino saliera de la corteza de estos árboles. Buscaba algo que comer, habían pasado días desde la vez que probó un té y un trozo de pan. El hombre no vive sólo de banquetes olfativos.
Pisadas lentas y erráticas que iban delante de otras más fuertes y contundentes. Un juego alargado por las noches y se detenía a la luz. Encontró unas cuantas hierbas y se refugió bajo un árbol. Ahí perdió el conocimiento.

El impacto fue tan duro que rodó hasta el barandal. Permaneció inconsciente gran parte del día. Se paró y miró el cuarto que daba vueltas, una tras otra. Chocó tres veces con el mismo ropero y se encontró dando vueltas a mitad de la sala. Se estrelló contra un gabinete y, sin querer, accionó el tocadiscos. Una y otra vez, las mismas hojas muertas, las cuales estaban bajo sus pies, las hojas secas que mató con sus lágrimas. Cayó y ahí se abandonó.

Era demasiado tarde, el alba clareaba en el horizonte y no podía seguir caminando en el bosque. Era un mal sueño, uno lineal y concreto, entre cuatro paredes que daban a una red de asfalto. Era una fantasía nemorosa, un instante borrado de la memoria. Los hombres se acercaban, los fusiles en mano. Los hombres venían, a cada paso más cerca. Arrastrándose, sus rodillas se desgastaron. Cuando no pudo más, los otros ya casi llegaban. 
Al ver el lugar donde estaba, soñaba con el vapor del té de limón. Él se había hecho humo entre la hierba, se había hecho cerámica en el piso. Cuando los otros llegaron, vieron el pasto y su dejo de vaho. Cuando los otros entraron con la camilla, vieron humo salir del piso y una marca blanca, de la cual no se ha podido saber absolutamente nada.

viernes, 6 de enero de 2012

En la penumbra del sol

Sobre la ciudad el sol rompe en color anaranjado, sobre estas cortinas rojizas se filtra la luz al cuarto. El humo se levanta y deja su estela, su olor, su extensión. El cenicero lleno, los brazos vacíos, la cama a la mitad y toda la habitación a media tinta.

[Yo no supe nunca, yo no pude nunca, 
encontrar manera alguna para poner en líneas estos versos.]

Mira al techo y sigue el humo de este cigarro, a punto de terminarse. Parado frente a la ventana observa el atardecer. La luz que va muriendo, entra al cuarto y le deja la sombra de su silueta. Mira al techo y desvía sus ojos al otro, sobre la cama, y antes de tomar la pluma para pintarlo en letras, piensa en su retrato.
A la luz de la noche su piel es apiñonada. Su rostro posee belleza particular y se cubre con dos cristales que chocan con el reflejo del horizonte. Sus cabellos no parecen cortos ni largos; su barba contra mi pecho, contra mi pecho; y al tiempo que sus ojos ven hacia arriba, el día se eleva hasta el alba, hasta el alba.
En la penumbra de estas planicies, en la oscuridad de estos pensamientos, vienen todas estas palabras que sirven como un marco a un cuadro que nunca se pintó. Sobre esta piel pasaron las lluvias y las sequías, las penas y las hambrunas, las sonrisas y las lágrimas; y ahora, en esta lejanía, el cuadro se hace en blanco y negro.
Bajo el sol de mediodía, su pelo castaño no deja pasar los rayos. Su pecho es un escudo, una fortaleza donde anida el alma. El cielo recubre el horizonte claro y mientras el humo se eleva y el día se evapora, se evapora en sus ojos.

En sus pupilas florece la flor del mal, el botón del olvido, estos poemas rotos. En su voz, los ecos de otra poesía. Y en su mirada el reflejo de este sueño, mientras el humo se disipa en la multitud y el día se levanta, se evapora hacia el atardecer.