miércoles, 30 de noviembre de 2011

En el paisaje urbano

La ciudad se enreda en calles y avenidas. Los ríos de luces siempre se funden con lo grisáceo de los edificios y los puentes. La ciudad se enreda en ríos de calles y montañas lejanas que sirven como marco a la mirada común y cotidiana.

Nada como mirar tu cuerpo al salir de entre la masa, de entre los vapores y la toxicidad de la ciudad. Nada como verte esperar impasible, sin observar los detalles de tu rostro. Nada como voltear hacia el cielo e imaginarlo gris, aunque es azul.
Cristal, material de reflejo. Transparente, pero deja ver el polvo de las gotas de ayer. Reflejo, esa levedad que presenta tu cara: se ve y se va. De perfil, tu mirar se enfoca al exterior y se ve tu ojo, color de la miel oscura.
El cielo sirve de marco, la mente fluye con un montón de imágenes etéreas que convergen en un momento: tu sueño. Reflejo, el ente que sale al instante de cerrar los ojos y caer inconsciente.

Después de haber escrito todo eso, cerró la libreta y la guardó. Se acomodó la chamarra y dejó de mirar al muchacho. Quiso poner más letras pero prefirió regresar la mirada unos segundos más y poner atención a los últimos detalles, como lo haría una cámara. Captó todo, pero es inútil: la memoria le traicionará un par de días después y esto se convertirá en un recuerdo borroso de un incidente que a cualquiera puede ocurrir.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La noche y sus secuelas

El tren sale de la estación y sigue su camino. Rápido, busca llegar al otro extremo del continente en menos de tres horas. Jaime se toma un momento para elegir un asiento y, mirando por el ventanal, se aleja de aquel frío lugar. Pasan unos cuantos minutos y saca el libro que ha leído por varios días, aquella novela que le ha consumido el tiempo y ha jugado con su mente. Página tras página, sigue todas las acciones, invadido por la curiosidad y embebido por la suavidad del asiento. Al llegar al "otro extremo" del mundo, dejó la historia en sus últimos capítulos. La noche ya asomaba su mirada por el firmamento. Cuando estuvo en su casa, Jaime retomó la lectura, sólo con la lámpara de piso encendida y el resto de la casa a oscuras. Iba devorando, oración tras oración, los últimos instantes de la trama, observando la breve persecución. Detrás del hombre iba otro, uno que dejaba ver su insano estado. Las lámparas de mercurio bordeaban la calle, las sombras de los postes parecían alfileres gigantes clavados en el suelo. El frío les impedía correr, pero el primer hombre se apresuró a caminar hacia la casa y el segundo no podía seguir su ritmo. Al llegar a la puerta, la abrió con gran rapidez y cerró con todas las cerraduras. Retomó el aliento recargándose en la madera y ahí se quedó por unos minutos.
Se dirigió a la cocina, con el antebrazo sobre el estómago. En el ambiente se percibía el delgado filo de la medianoche. Calentó un poco de agua para prepararse un té. La dejó y fue a sentarse en su sillón favorito. El dolor empezaba a ser más fuerte. Se puso ambas manos sobre el regazo y se quedó ahí. La camisa estaba húmeda. No era sudor ni agua, era la sangre que escurría de la herida. El cuchillo del otro le había atravesado y el letargo que el helado aire le provocó no le dejó sentir el filo encajándosele. Al levantarse, vomitó del dolor y fue arrastrándose por el suelo. Consigo, se llevó las trazas de la comida a medio digerir. La sangre comenzaba a salir más y más, el sonido del agua hirviente lo cegó por un instante. Ante la puerta de la recámara, dio un golpe. Cuando logró abrirla, la lámpara de piso encendida, la gran maleta al fondo, la cama, las cortinas cerradas y el hombre que estaba sentado en un sillón de tapiz café, absorto en las últimas letras de una novela.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Rebobinados

Amante mío, que me has dejado a la penumbra de tu voz y a la deriva de tus ojos, que te has convertido en humo; tu estela de polvo has querido dejar. Escucha este llanto, amante mío, entre los sonoros metales de este tránsito. Hemos partido nuestros labios y sentido el vacío de la separación, donde

"El presidente de la república inauguró ayer la Feria Internacional, después de dos horas de retraso. A este acto asistieron mandatarios de 70 países." Así comenzaba la nota que Benjamín leía, después de haber soltado el bolígrafo y doblado la hoja por la mitad. La carta le pareció lo suficientemente poética y dramática como para dejarla inconclusa, sintió pena por lo que había escrito. Se levantó con el periódico bajo el brazo y salió al balcón a contemplar la mañana nublada, fría. El café oscuro, fuerte, sabe mejor ante el gris de la ciudad, frente

Quiso tachar la última frase. Pensó que lo del café era pésima idea para dar continuidad a su historia. Pensó en hablarle, pero controló su impulso. Dejó de teclear en la máquina y tomó el cigarro, aunque no pudo dejar de dar vueltas por el cuarto. Su intención nunca fue retratarlo así, como si no pudiera observar a través de él, sabiendo, de antemano, que es transparente. Hacer un retrato del ser amado con letras puede ser un arma de dos filos: las sonrisas nunca quedan bien hechas y no hay

¿Sonrisas? ¿Qué carajo había puesto? Ni siquiera estaba consciente. Los retratos son para los libros de arte, no para las buenas historias. ¿Qué está pasando? No lo sabe. Prefirió mirar por la ventana y ver la tarde, la luz que pasa entre las hojas de los árboles y salir a correr, a perseguir perros por el parque, a ver historias sobre la calle y despejarse. No supo cómo despojarse de sí mismo para escribir bien, las palabras parecían rebuscadas. Mejor tomó un cigarro y lo encendió antes de

Tomó el frasco y vació toda la tinta sobre la libreta. Nada servía, nada podía usarse. Aborrecía el texto, como quien crea un monstruo y no puede mostrarlo a la luz del día. Soltó todo y se dejó caer sobre las almohadas que parecían abrir un mundo lejano, plateado, alterno. Agarró la jeringa, se amarró el brazo hasta lograr sacar la vena y se inyectó el líquido que

Demasiado sórdido. Tachó todo y cerró el cuaderno. El día tenía una vibración especial, un día en que las calles de la ciudad están vacías, en que el sol se oculta después de mediodía para dar paso al llanto, en que los sentidos se abren hacia los poros de los amantes. Él quiso ver todo eso, mientras el cielo pasaba de gris a azul, mientras dibujaba sus labios en otro lugar, mientras veía pasar el viernes santo y sus procesiones sin

¡Basta! Aventó todas sus hojas lejos y mejor salió a dar un paseo por la campiña

Campiña, qué palabra tan rudimentaria. Mejor borrarla.