martes, 31 de mayo de 2011

El lugar que no tiene nombre

Cuando saltamos en el tiempo, en nosotros mismos, es cuando nos encontramos. A veces es de noche y otras a pleno rayo de sol. Yo prefiero la oscuridad de la noche, entre las estrellas que se barren en el cielo como tachuelas plateadas y brillantes.
Es de noche, los vapores se desprenden de nuestros cuerpos y las penas se arrastran con mayor pesadez. Los días pasan sin sabor pero las penumbras son tan vívidas que no parecen reales. El momento de la quema ha llegado: un par de manos le sostienen y uno le deja calcinarse. Después vienen en una caja las cenizas.
Son los restos del corazón cuando se da para envolverlo en llamas, son sus pedazos hechos carbón, son los intentos de encontrar un lugar que sólo pocos conocen. Yo no sé cómo nombrarle. Lo he visto en tus sueños, cuando despiertas con la frente llena de sudor, a medio vestir. Despiertas y las lágrimas se te escurren, te oigo suspirar y regresar al letargo.
Has sumergido tu mirar en mis sueños y has visto una cabaña reducirse a madera negruzca. También se quema, como el corazón que está dentro. Es el lugar del cual hablo, el carente de nombre, al que arde noche tras noche.
Así salimos, todas las lunas, a ver el cielo estrellado. Así salimos, a buscar con que apagar el fuego del pecho. Cuando regresamos y nos dispersamos, llego a la cabaña del sueño, donde está el trono maltrecho. Me pongo la corona ya desgastada y empiezo a bailar alrededor, como buen rey, rindiendo tributo al trono del que dueño soy.

domingo, 29 de mayo de 2011

La piel también se des-entrama

Un pequeño trozo dentro de otros trozos, corto entre los cortos y bien dado para satisfacer su necesidad de saber lo que le pasó a Matías.
Estaba sentado, ocioso, leyendo las páginas en las que se le iba el aire. Su respiración era normal aunque su emoción era latente. Hacía calor. El mediodía no perdona ni a las hormigas que se cubren con hojas para mitigar la luz solar.
La camiseta gris, fresca, no era suficiente. El sudor estaba pero era poco, lo secó con un pañuelo. Matías se rascaba la barba, buscando entre su tupido y espeso bosque el grano que le molestaba. Era algo pequeño pero demasiado insolente (o eso llegó a pensar Matías).
Se rascó con insistencia y logró sacarlo, pero al mismo tiempo fue jalando algo, como un pequeño hilo, muy delgado. La curiosidad le apuñaló por la espalda y decidió dejar el cuchillo allí, mientras seguía tirando del hilo. Al paso que venía más, éste fue engrosando, hasta el punto de ser más grueso que un estambre y menos ancho que un listón.
¿Se habrá sacado las últimas ideas? No, más bien se perdió en la firmeza de un rostro que dejó de ser tal. Siguió leyendo el libro y al paso de una brisa fugaz, sintió un leve ardor. Fue al espejo y se vio en roja explosión. Matías se había quitado la piel de la cara, se había llevado la barba y se había dejado ojos saltones y grietas musculares donde se escondían gusanos invisibles. No se inmutó. Le pareció un suceso cotidiano, parte del acontecer de quien se queda dormido y se va de viaje.
Cuando se acercó a la ventana y se asomó, un pájaro negro le picoteó toda su rojiza carne. Del dolor cayó inerte en el sillón negro, mullido. Y ahí se hundió y ya no despertó.

sábado, 21 de mayo de 2011

(Breve) colapso de un sueño

Yo no sé de qué se componen estas historias raras, ceñidas al interior de otras historias de corte más amplio y vago. Yo sólo puedo hablar de los particulares sucesos de cuando estábamos sumidos en una especie de letargo, una breve narcolepsia.
Eran largas y lentas secuencias, en blanco y negro. Un candil elegante que decoraba el techo de la recámara principal. Un palacio grandísimo, lujoso, enteramente tuyo y mío. Eran sueños lejanos, retratos en marcos oxidados, fotografías avejentadas. Recuerdo las paredes, lisas y frías. Me gustaba pasar las manos sobre ellas, una y otra vez, al mismo tiempo que recorría cada sala.
Sentado ante el espejo te mirabas, perdido en un reflejo que era igual al de hace mucho, igual, como si nunca te hubiera dejado. No has cambiado. Sigues cubierto por esos gruesos lentes y ese campo oscuro, cubierta de tu rostro. Tú, en traje tan perfecto y sofisticado, tan bello. No has cambiado, pero ahora no sabes quien soy.
Vueltas infinitas en ese palacio, lleno de salones repletos de muebles finos. Sigo tocando las paredes y te veo lejano, con la mirada perdida. El aire se inunda de tu perfume, el único que me recuerda sólo a ti. La forma de parecer interesante, la manera de observar que no era yo. ¿Acaso no tienes memoria?
Eras tú, en el gran jardín, a pleno rayo de sol. Recargado sobre el balcón, casi etéreo. Los invitados nos rodeaban con sus inquisidores ojos y la fiesta se convirtió en un sórdido circo de desastre. Sin aquellas miradas sin percatarnos de su existencia pasaron milenios mientras esperaba por ti. Hay que recordar que ese circo debe seguir.
El baile en el salón principal, mientras todos seguían la música, la copa de vino espumoso se resbalaba de tus manos. En cámara lenta, colapsó contra el piso; el líquido derramado, el cristal deshecho, el amor desvanecido. Fuera de contexto el uno del otro, fuera de tiempo y secuencia.
Tu cara se hace miedo y horror en extraña combinación. Corres por los pasillos, buscando algo que sabes no es tuyo. Encerrado en el propio palacio de tu mente, vagas por los cuartos de frágil vidrio. Es una breve etapa, un fugaz instante, un obstáculo mental que ha ido más allá de los límites de nosotros mismos. Te has metido en otros recovecos.
Es un momento en el cual impactamos de golpe contra el suelo. Nos hemos fracturado pero lograremos superarlo. Mientras tanto, tu rostro continúa infundiendo terror y yo sigo caminando sin rumbo, tocando las paredes, las mismas paredes...

domingo, 15 de mayo de 2011

En el calor de una noche

Inicia una conversación, como cada noche. Trata de no hacer volar su cráneo en mil pedazos. Sus lentes grandes reflejan los ríos de letras que desfilan ante él; un teclado blanco, impoluto, le espera para ayudarle en su necesidad (o deseo) de poner enunciado tras enunciado.
Así se le van las ideas a Pablo, entre un escape de cotidianidad y un olvido del caos mental de siempre. Habla con un amigo y, al minuto siguiente, ha conocido a alguien nuevo. Se desconecta de sí mismo para convertirse, por unas horas, en otra parte de su persona, la que no conoce conscientemente.
Durante el día viste camisas a rayas y pantalones "casuales", como cualquier oficinista. De noche se sienta siempre frente al monitor, en ropa más cómoda. No hace daño ni aporta algo, sólo deja ver una parte escondida de su ser en ventanas que saltan sin detenerse, en una espiral sin final alguno.
Sin embargo, esta era una noche especial. El ventilador no despejaba el pesado aire, lleno de un halo de calor y oscuridad. El sudor le escurría de la frente, lo limpiaba con un pañuelo. Las pláticas eran dignas de infinitas tazas de café, de cigarrillos, de suspiros y otros respiros. Había algo turbio de lo cual Pablo no se dio cuenta, un olor que vició el aire de la habitación.
Las caras de los actores daban vueltas, las guitarras parecían sonar estridentes, los colores se salían de la pared. Pablo tecleaba más rápido, más ansioso. Hablaba de sexo, de mórbidos colores, de juegos donde uno no ve al protagonista y de posiciones en las cuales no se puede defender.
"¿Has pensado en cómo vas a morir?", apareció en la pantalla. "No, realmente nunca había pensado en eso", fue la respuesta de Pablo. "Yo siempre he pensado que me van a asesinar", dijo su invitado de esa noche. No puso importancia en las palabras, le dieron la impresión de estar vacías.
Pasaron las horas, los sonidos de la calle fueron muriendo, las flores se marchitaron, los olores intoxicaban más y el sudor dominaba la frente de Pablo. De entre las conversaciones de muerte se escuchó un grito de dolor, una súbita advertencia que dejó pasar. Al oír el segundo lamento, le fue imposible no voltear y así encontro la trampa atada a sus pies.
Un artilugio lleno de cuerdas simples le rompió los tobillos con un par de mazos. En el suelo ya, dos cuchillos se le han clavado en el abdomen y una navaja le arrebató los ojos. Seguía respirando, sudando frío, ciego. Las luces se apagaron.
La alarma de un carro sonaba a lo lejos y un hombre corría a apagarla. El sonido removío el impacto de la piedra contra el hueso, de la sangre contra el cristal, de los dedos contra el teclado, lleno de un polvo fino.
Hacía calor, era una noche de verano. Hacía calor y entonces dejó de sentirse intenso.

lunes, 9 de mayo de 2011

De escritura especial

Si yo escribiera acerca de todas las explosiones internas que ocurren a diario, dentro de este insano lugar, probablemente ya hubiera hecho explotar el monitor. No importa. De todos modos pocos logran entender la profundidad de algunos tiempos y cadenas de enunciados puestos aquí. Sin embargo, algo debo decir: aquí todo se trata de una escritura especial, una hecha con doble cara y una función rara.
Todo escrito se procesa en una especie de gran máquina, una burda mofa a todo lo que se conforma en letras de otros lugares. Después vienen algunos ingredientes que le dan sazón y, por último, se mantiene fresco y con ganas de ser ávidamente consumido.
Pero en tiempos más recientes, suelo dividir en dos columnas todo lo pensado, pasarlo por imagen y sonido, darle una capa de fijador y ponerlo a secar. El cerebro explota rápido y, de no ser aprovechado, puede salpicar la pantalla y llenarla de colores neutros.
Tengo un problema: las letras me salen raras, me quedan chuecas, me gustan más y me son menos asequibles. Estoy rodeado de un boicot que escribe en primera persona, actúa en segunda y piensa en tercera. Yo no comprendo, yo no entiendo, yo no pretendo explicar. Tú eres, tú haces, tú te vas. Él se larga, él se desvanece, él no importa.
Por algo, la oración en desorden es más accesible a un interés desmedido por no decir absolutamente nada. Yo quiero la sangre ver, yo deseo los labios tocar, yo tengo mis manos que enfriar, yo quiero no contigo estar, yo sé que no por ti es, yo debo especial escribir.

viernes, 6 de mayo de 2011

Instrucciones para cerrar los ojos

Usted, que está rodeado en repetidas ocasiones por los demonios que abundan en la vida cotidiana, sírvase leer este breviario sobre la forma correcta de cerrar los ojos.
En situaciones de relajación, proceda a cerrar sus ojos con delicadeza y presión suficiente para lograr abrir puertas a lugares diversos. Quienes tengan una mente más activa, podrán disfrutar de grandes viajes en cortos periodos de tiempo. Otros podrán ver la negrura de sus párpados o la luz y la oscuridad de sus ideas. Si usted es demasiado curioso y tiene la necesidad de entreabrir un ojo, golpee sorpresivamente a su mente o tranquilícela. Mantenga sus cortinas de piel sin abrir.
En momentos de miedo o nerviosismo, también se cerrarán los ojos, ahora de forma fuerte, intempestiva, apretando firmemente los párpados y quedándose únicamente con la ausencia luminosa de un ojo ciego (por un instante).
Cuando se disfrute de cerrar los ojos para alguna ensoñación, puede usted acompañar dichas fantasías con música o sonidos ambientales, aunque puede optar por el silencio. De cualquier forma, deberá echar a andar la imaginación, o bien, poner la mente en blanco.
Los niños (y quienes tengan contacto con su niño interior) verán monstruos y sueños tan irreales como les sea posible. Será parte de su creatividad y del nivel de ensoñación al cual se quiera llegar. Duración promedio del cierre de ojos: desde un par de segundos hasta máximo un par de minutos.

martes, 3 de mayo de 2011

De realidad y peso

La realidad es una cosa apabullante, un concepto duro y, al mismo tiempo, abstracto. Dicha construcción, en ocasiones, trabaja de una forma bastante peculiar: es como si alguien te tomara fuertemente del cuello y te azotara contra el piso con todas sus energías. Quedas inconsciente. La sangre se escurre en el pavimento y tus sesos están expuestos, visibles sólo para quien te ha tirado.
Sí, ser golpeado y pisoteado por la realidad es demasiado gráfico. Ella no está preparada para ser dulce, breve, tranquila. La verdad es que no se logra entender a la realidad hasta que no se está dentro de ella, hasta el momento en que uno se da cuenta del lugar sobre el cual se ha caído.
El color grisáceo de los sesos sobre el piso va explotando en colores. El cerebro se confunde con la calle. No se ve a simple vista. La realidad es para los incansables observadores, los insaciables curiosos, los entrometidos y los seres que gustan de navegar en la introspección. Pensar nunca está de más pero en la dura realidad, se vuelve un tormento en vaivén.
Alterada o no, decente o indecorosa, siempre gira en torno a las personas. Sólo sucede que nadie se da cuenta de su existir. Es como el aire, como el sol, como el cielo: presente a diario, evidente e invisible al mismo tiempo.
Aquí la realidad se vuelve sólida cuando se logran poner letras en combinaciones torcidas. Va de por medio el trabajo mental del mismo cerebro aplastado a mitad del concreto, de las salpicaduras y el azote, del chorro a presión. Las letras se columpian, una tras otra; forman palabras que hacen juegos; los perros juegan con ellas. Escribo, pero no para que me leas, sino para formar de mí la realidad que pesa cada día.