lunes, 31 de octubre de 2011

Amor consumido

A media luz, entre las sombras y las lámparas, los rostros son iguales: miradas perdidas, ausencia de espíritu. A media luz, las voces graves y las siluetas bien definidas bajo los focos rojos. En el aire se respira un olor a muerte, a ritual. Paso tras paso, ellos se apoderan de la ciudad y el horror en sus caras es desvanecido por su sed y su hambre.
Todos quietos, como si tuvieran conciencia por un momento, cual seres pensantes. Parados, se observan —o es lo que aparentan—, su sentido del olfato se agudiza cuando alguna piel lozana y fresca asoma su resplandor en aquel lugar, ahora lleno de sangre y desesperación.

Recuerdo el momento en el que él entró al punto más peligroso de la invasión zombie. Yo miraba a través de una rendija, por detrás de la pared. Estaba ahí, como si nada le perturbara, como si no hubiera ningún ser ávido de sus entrañas. Todos los muertos le veían e intentaban acercársele, pero había una pared de cristal que no los dejaba pasar.
Llegó al fondo del pasillo y se recargó sobre la puerta. Sacó un cigarrillo y lo encendió, fumaba lentamente mientras los zombies se adherían al cristal cual si fueran lapas. Los miraba de reojo sin analizarlos detenidamente.
Al tirar la colilla se volteó para abrir la puerta que separaba un mundo de otro. Sin darse cuenta, tiró su libreta, donde llevaba su vida entera. A través de sus páginas habían pasado tantos relatos, bitácoras, garabatos. Abrir la libreta y recorrer sus páginas es hacer un viaje a otros tiempos, donde no había infección ni caminantes muertos por las calles.

Hagamos una pequeña pausa, ya que en este espacio no se puede respirar bien. Hay un par de hojas de ese cuaderno pequeño, un espacio grande que cuenta varias historias, pero existe una en particular. Ocupa un breve lugar. Alguna vez tuve la oportunidad de leerla a escondidas, junto con otras más. Sin embargo, esta historia fue la que se grabó en mi mente:
Un par de enamorados, conocidos de hace muchos años, estaban en el campo. Recostados sobre la hierba, a la sombra de un gran árbol y bajo la luz del sol de otoño. Se miraban profundamente y jugueteaban. Ambos se quitaron las camisas y quedaron solamente en pantalones. Se fundieron en un abrazo, con el cielo despejado y el azul intenso.
Era el instante para grabar en la memoria, para conservar como el recuerdo que simboliza una relación. Él, siempre ávido de escribir, la trajo en letras para sí. El otro se había salido de su mente sin posibilidad de regreso.
No soy capaz de retener los detalles con suficiencia. La única frase de todo lo que leí y pude absorber decía así: "Quisiera tener tu adorable cabeza siempre, entre mis brazos".

Al abrir la puerta sonó un crujido. Había una extensión del cristal, pero ahora oscurecido. Ya no se podían observar los rostros de los zombies ansiosos. Siguió caminando hasta el final del pasillo y a cada paso, la luz roja dejaba de brillar hasta casi desaparecer. Tocó otra puerta y esperó. Pasaron varios segundos, parecieron eternos. Pensó que no pasaría nada y antes de encender otro cigarrillo, la puerta se abrió. La empujó y bajó por las escaleras, hasta el fondo, donde estaba un calabozo.
La lámpara era muy brillante y deslumbraba al entrar. El primer calabozo era circular y pequeño, tapizado de azulejos blancos desgastados y sucios. Al pasar por otro pasillo, se hacía más grande el espacio, como un salón rectangular. Del techo colgaban una fila entera de focos y de cada lado, en las paredes, había jaulas con zombies dentro. El olor de la carne fresca inquieta y anima a los muertos vivientes.
Él se detiene y pide a una mujer que abra la tercera jaula, a la izquierda. Cuando está dentro de la celda, el hombre se le acerca. Ausente, sólo busca la carne y la sangre. Le detiene con un brazo, las lágrimas le brotan y los recuerdos vienen a su mente como un diluvio. La luz roja siempre está ahí, la fugacidad de los segundos se evapora aún más rápido.
El amor de tiempo atrás estaba a punto de consumirse en un último intento por alejarse de todo, el cual se vio cegado por la palidez de una piel y una mirada perdida.
Bajó el arma, bajó los brazos. Tiró su defensa al piso y con ella todo lo demás. Se fundió en el pasto de aquel día al sentir la mordida en el cuello. La sangre le brotaba cual fuente, el piso se llenaba de ella. Cuando cayó, se quedó ahí sin moverse para terminar de capturar el sentimiento perdido. El dolor de la carne era inmenso, la fluidez de la sangre era más grande, el cuerpo se tornaba verdoso. El amor fue más grande que la soledad y decidió entregarse al único zombie que idolatró durante su existir.

Uno nunca sabe cuando es que un ángel puede ser tan oscuro y devorar todo nuestro ser, desde la metáfora más profunda hasta la literalidad más gráfica. El amor tuerce la piel hasta romperla, enrojece los ojos y fractura el cuello. Sangre, elemento que simboliza la condensación del ritual para infectar un alma y convertirla en otro espíritu, exiliado de sí mismo.

jueves, 27 de octubre de 2011

La luna de octubre

El cielo es oscuro. Bajo su manto todo reposa en tranquilidad. Los árboles van y vienen, van y vienen, al ritmo del aire de otoño. El pasto en calma alberga un par de cuerpos que, tendidos, se dejan llevar por sus emociones.
El cielo está despejado. En cuestión de minutos, las nubes aparecen y se acumulan en la bóveda. Parecen estáticas, cual algodón adherido por manos desconocidas. Minuto sobre minuto, el tiempo no se percibe, las manecillas del reloj se ven inmóviles, aunque realmente avancen más rápido que de costumbre.
La noche empieza, la noche es joven. La luna está en el punto más alto, como una lámpara de foco pequeño, lejana, plateada, manchada. Los dos cuerpos se juntan y ruedan sobre el pasto, sin sentir la humedad de la tierra.
Avanza uno tras otro, con ropa oscura y desgastada. Uno tras otro, se siguen sin perderse de vista, sin separarse, en una extraña reunión que sólo ocurre una vez al año. Las nubes se juntan más, en forma de una espiral se acomodan y van girando lentamente.
La luna de octubre es testigo de una ceremonia desenganchada de todo el mundo: un ritual de dos y para dos, alejados por la distancia y reunidos ahora por el letargo, la inconsciencia, la posición fetal.
Dos entes de carne y hueso. Se toman de las manos y se miran a los ojos. Después se abrazan y quedan enganchados. El frío es impasible, la ropa es muy gruesa y las lágrimas están ausentes. Caminan juntos, corren en círculos. Se recuestan en el pasto y se levantan. Se juntan, se separan; se miran, se ponen espalda contra espalda. Los vacíos de sus corazones se rellenan.

Entonces él comienza a mover la cabeza. La luz empieza a molestarle.

Regresa al bosque, al momento en que las nubes son un remolino, un remolino que no deja pasar los reflejos de la luna. Huele a un perfume conocido, uno de hace mucho tiempo, sobre la piel de hace un par de años.
Dentro de la imagen, ambos cierran los ojos y ven pasar el carrusel de imágenes en un par de segundos. Segundos pasan, más lento, más rápido. Los olores se hacen más fuertes. Se recuestan en el pasto, se toman de las manos y miran a la espiral gris que tienen arriba. Los árboles crujen, sus corazones revientan. Se duermen.

—Despierta, despierta.
—Todavía no es hora.
—Cuando el sol brilla, es momento de levantarse.
—Pero yo...no quiero, no todavía.
...Y el diálogo siguió, hasta que se levantó.
Entonces se vio en la recámara, solo. La luz entraba por una rendija.
Se sentó en la cama y miró con atención las paredes y no supo qué hacer.
El reloj marcaba una hora, ya era tarde. Mejor prepararse e irse, momento de vivir.

lunes, 24 de octubre de 2011

Sombras

Entre los edificios la luz pasa a medias. El sol de la mañana proyecta sus sombras y los hace ver como colosos, parados ahí, impertérritos, siendo testigos del acontecer diario.
Sobre la azotea de un edificio, uno de los más altos de la ciudad, se observa una pequeña silueta. Su sombra, vista desde abajo, es como la de un alfiler sobre una montaña de hilos. Desde arriba, el sol pega de lleno sobre la espalda del hombre, quien sujetó sus muñecas al barandal. La cornisa es el pegamento que lo une a la tierra, el vértigo es el perfume que lo atrae. Pone un pie sobre el aire y lo deja flotar, como si limpiara sus dedos en un río. Cierra sus ojos, la inconsciencia lo abofetea.
El olor a pasto le despierta. La noche es profunda, se cobija bajo el manto azul, bajo las nubes que parecen caminar y, después, desaparecen. Siente el aire, roza su rostro y sólo mira al cielo. Recuerda el lugar donde estuvo, atado a un palo de metal, desde lo alto de una estructura gris. Veía la luna, colgada como un foco. Respiró hondo y cerró los ojos.

El sol le quemaba la cara. Las sirenas se escuchaban desde abajo, al igual que los gritos de la gente. La angustia es demasiada y él sólo quiere terminar con la pesadez del corazón. No recuerda como llegó ahí ni le interesa. Las personas gritan: no te avientes, piénsalo bien. La mirada perdida y la boca seca, la hoja que sostiene en la mano izquierda y la derecha se libera del barandal. Su vida ahora pende de una pirueta, el mareo le viene y cae en desmayo. La mano izquierda aprieta la hoja y el sudor se escurre por su frente.
Cuando regreso en sí, la constelación de las estrellas, las cuales parecían cosidas a la tela azul que era la bóveda celeste, brillaban con más fuerza. Los sonidos de los hombres, guerreros en busca del enemigo, se desvanecen a lo lejos. Las sombras se acercan cada vez más, como las quimeras a punto de devorar a los seres de luz, pero el pasto tiene un imán que lo atrae y no lo deja escapar.

En un abrir y cerrar de ojos, vuelve a ver las nubes blancas. El aire frío lo hace reaccionar y logra agarrarse de nuevo del borde del cristal. Mira hacia abajo y ve los árboles, parecen manchas verdes que se funden con los colores de las cabezas. No se da cuenta, pero la cuerda de la otra mano está por romperse. Antes de volar, decide prepararse.
Boca abajo, el pasto se siente más humedo. La luz cae sobre ese tapete y se aprecia diferente, como si estuviera bañado de un metal. Prefiere no voltearse, aunque la nariz le escurre y quisiera saber qué pasa. Pone la cabeza de un lado y pasa su mano por su rostro. El líquido se siente caliente, vivo. Poco a poco, siente que pierde el aire. Los vapores de la noche le aturden.

El asfalto se siente frío, el charco rojo y caliente, las manos intentan moverse pero no hay más que hacer. Un círculo de personas le rodea: un par de señoras lloran, una madre le tapa los ojos a su hijo pequeño, unos hombres mueven la cabeza haciendo una seña de negación. Los paramédicos intentan pasar y recoger al hombre que cayó del edificio. Lo levantan y le cubren medio cuerpo con una sábana blanca. Consciente, le llevan a la ambulancia. El impacto fue demasiado grande como para que sienta algo. Al llegar al hospital sigue despierto, con la garganta llena de agua y los pulmones con poco aire. Balbucea, se ahoga lentamente.
La sangre había cubierto al pasto, la plateada luz la hacía parecer más oscura. Buscaba regresar al balbuceo, rodeado de objetos extraños y luminosos y de hombres vestidos de blanco, cuyos ojos se podían ver, pero no sus labios ni sus narices. Sentía como su espalda se quebraba de a poco, como el mazo se azotaba sobre su cuello, rompiéndole la cara y dejando escapar todos sus huesos, moviéndolos. En el último golpe cerró los ojos, no sin antes ver las estrellas y la luna, proyectando las sombras de los otros, tenues, levantando sus armas antes de asestar el golpe final.

domingo, 16 de octubre de 2011

Portishead o del imperio de los sentidos

La cita había llegado al momento cumbre. La espera había terminado. Miles de personas estaban paradas ante un escenario, apostadas ahí después de horas de intenso sol, correr de un lugar a otro, chocar con la gente. Eran las 20:25 y todo era oscuridad, balbuceos que parecían interminables y música de fondo sin importancia. El olor a cigarro predominaba y la emoción era grande.
Cinco minutos después, la música se detuvo de golpe y las pantallas comenzaron a dar una imagen. La "P" marcaba el final de una larga deuda y el inicio del evento, ahora histórico, en el Festival Corona Capital. Al oír una voz en portugués, empezó la presentación de los originarios de Bristol, aquellos que habían sido aguardados durante muchos años, los que construyen mundos de nubes negras y perlas grises sobre sintetizadores, sampleos y una voz desesperada: Portishead.
"Silence" marcó la pauta de la emoción, que hizo vibrar a todos los asistentes, quienes gritaban por la agrupación. Al momento de "Nylon Smile", el público estaba a la expectativa de golpes más intensos. No fue necesario esperar, "Mysterons" envolvía a la audiencia con toda su magia y tristeza, mientras se escuchaba al unísono: "all for nothing, did you really want?".
En una pausa fugaz, Beth Gibbons agradece al público. Su voz se escucha débil, tímida, frágil, al igual que su apariencia física, su delgadez.
Para "The Rip", las voces seguían la canción, el ambiente lleno de luces y colores, tranquilidad. Mientras la atmósfera parecía un sueño, el cual fue haciéndose más amargo al sonar "Sour Times", canción que levantó las voces de todos los presentes.
El aire parecía enrarecerse cada vez más, la música era la droga. "Magic Doors" preparó el terreno, con una potente mezcla de trompetas sintetizadas. El cielo se había despejado, las estrellas eran visibles en la bóveda celeste. Sonaron los primeros acordes de la desesperada errante, "Wandering Star". El sueño era una realidad ahora, el momento más etéreo de la noche, sucedido por la fuerza —casi demente— de la caja de sonidos y la repetición de las balas de "Machine Gun".
Hubo un breve silencio. Los murmullos se esparcían como la noche misma. Al momento de encender un cigarro, inició el sonido de una guitarra, olvidada, al tiempo de las primeras líneas desde la voz de Gibbons: "I can't hold this day anymore". "Over" rayó el corazón de los escuchas con el intenso scratch y la melancolía de la cantante sobre el escenario.
Una brisa de intimidad y erotismo se percibió mientras sonaba "Glory Box". Gibbons derrochaba sensualidad en la belleza de su voz, al momento que la noche se veía más estrellada. "Chase the Tear", la canción que no podía faltar, fue un breve instante para despertar momentáneamente.
Pausa. El silencio imperó pocos segundos. Los sintetizadores sonaron y sumieron en fantasía al público. Empezaba "Cowboys" y con ella, la emoción de muchos asistentes. La desesperación se notaba en Gibbons. El clímax llegó al punto máximo con "Threads": un inicio lento y despacio que culminó en distorsión y confusión.
La música terminó y Portishead se despedía del público mexicano. Eran las 21:40. Algunos regresaron a la realidad de golpe, otros se retiraban hacia otros escenarios. Las luces estaban a la mitad de su capacidad, focos morados y naranjas enmarcaron la salida de la agrupación y dejaron ansiosa a la multitud.
21:45. Los gritos no se hicieron esperar. Portishead, de nueva cuenta ante los micrófonos, preparaba la entrada triunfal hacia el encore: "Roads" formó en el ambiente un castillo de aire, un dejo de soledad sonaba por las bocinas, mientras el público coreaba, débil. La emoción desembocó en la locura de "We Carry On", entre luces rojas y el sonido desquiciado de los teclados y la caja de sonidos, los asistentes se movían en una masa homogénea.
De golpe acabó la realidad hecha sueño. Beth Gibbons, con la voz entrecortada, agradeció la intensidad y entrega de las miles de personas. Los años se condensaron en horas que perdieron su poder. La noción de tiempo y espacio se borró de la atmósfera durante la presentación. La noche seguía ahí, como testigo de lo ocurrido, al tiempo que la gente se disipaba, hacia los sonidos lejanos de otro escenario.

jueves, 13 de octubre de 2011

El canto del reloj

Los números del reloj marcan el paso de la luz, hora tras hora. Así, sus días pasan, mientras cuenta otras historias ajenas a él. Recuerda como se escuchaban sus pasos, pesados y cansados, en el suelo; pero hoy no: era la ausencia de ellos, el espacio vacío de las huellas, la sombra de sus pies.
Tic. Entre oscuridad y luz, dejaba pasar el aire. Entonces escribía y dejaba volar las letras dentro de la hoja, una tras otra, como si el tiempo se hubiera detenido. Se levantaba y recorría el camino que se había quedado atrás.
Tac. Las horas pasaban inclementes, el momento se desvaneció en un perfume que no regresaría jamás. Escribió el mismo texto varias veces, una tras otra. Después letra sobre letra y tinta sobre tinta, hasta que quedó una gran mancha.
Toc. El pequeño canto del reloj se transformó en una marcha insoportable. Sentado, al borde de la cama, se veía a sí mismo como un ente abstraído de su cuerpo, una persona que no era él. Un segundo tras uno más, bum bum bum...
Los números del reloj marcan el paso, dejan atras su rostro cansado. Ahora, él se para y camina. Va a recorrer las huellas, vacías ya, desgarrando su voz para después pasarla a letras. Cae sobre el suelo y se queda, observa, huele, recorre con la mirada. Inconsciencia al pasar.
El tiempo pasa, tic tac toc. Los sonidos le despiertan, la tinta se le escurre de las manos, la escritura se ha perdido. Los ojos llorosos, la boca seca y el perfume desvanecido. El sol al atardecer y nada más.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Esencia

"No existe nada más bello como sentir el cuerpo ajeno en espasmo —había escrito en su libreta y siguió—, nada como presenciar el temblor de una piel con otra." Terminó la frase y no supo qué más decir. Se tiró al suelo, sobre el tapete y su olor a menta. Ahí, tendido, le llegaron todas las imágenes que creyó haber olvidado.
Pasaban las tardes juntos, sentados en ese tapete. No había olor fresco, sólo el roce de una mano con otra. Tantas horas, desde antes de la puesta de sol hasta que la noche penetraba en la ciudad. Escuchaban música, escribían, dibujaban. Si no, peleaban con almohadas.
Recuerda, mientras sigue acostado, con los brazos abiertos y los audífonos, el día que regó la esencia de menta. Acababa de llegar, el frasco estaba sobre el suelo y lo derramo cuando lo pateó sin querer:
—¡Era la esencia que iba a usar!
—Lo siento —dijo apenado—, te conseguiré más.
Bajó corriendo, a buscar más, pero era toda la que había.
—No te preocupes, no era importante —replicó, mientras contenía su enojo.
Se volvió a sentar sobre el tapete y el pantalón se impregnó del olor. Permaneció ahí mucho tiempo, aun después de la separación.
Ahora sólo estaba el tapete como un recuerdo de lo que sucedió. Lo dejó ahí porque le gustaba su suavidad, el olor que tenía por accidente, el estampado. Prefería leer y escribir en ese lugar, la inspiración llegaba por arte de magia, el aire entraba por la ventana en la dirección correcta y la luz era suficiente.
Sin embargo, antes de marcharse, quitó el tapete y lo enrolló. Vio la mancha que había debajo, como si fuera grasa. Pasó sus dedos y sintió el aceite. Olía a hojas secas, una sensación similar al día de la ruptura. Se levantó y se llevó la tela, cerró la puerta y se fue.
Tiempo después completó su texto: "No existe nada más bello que el olor del cuerpo ausente, clavado en una alcancía de recuerdos, tendida sobre el piso de cada día."