Todos quietos, como si tuvieran conciencia por un momento, cual seres pensantes. Parados, se observan —o es lo que aparentan—, su sentido del olfato se agudiza cuando alguna piel lozana y fresca asoma su resplandor en aquel lugar, ahora lleno de sangre y desesperación.
Recuerdo el momento en el que él entró al punto más peligroso de la invasión zombie. Yo miraba a través de una rendija, por detrás de la pared. Estaba ahí, como si nada le perturbara, como si no hubiera ningún ser ávido de sus entrañas. Todos los muertos le veían e intentaban acercársele, pero había una pared de cristal que no los dejaba pasar.
Llegó al fondo del pasillo y se recargó sobre la puerta. Sacó un cigarrillo y lo encendió, fumaba lentamente mientras los zombies se adherían al cristal cual si fueran lapas. Los miraba de reojo sin analizarlos detenidamente.
Al tirar la colilla se volteó para abrir la puerta que separaba un mundo de otro. Sin darse cuenta, tiró su libreta, donde llevaba su vida entera. A través de sus páginas habían pasado tantos relatos, bitácoras, garabatos. Abrir la libreta y recorrer sus páginas es hacer un viaje a otros tiempos, donde no había infección ni caminantes muertos por las calles.
Hagamos una pequeña pausa, ya que en este espacio no se puede respirar bien. Hay un par de hojas de ese cuaderno pequeño, un espacio grande que cuenta varias historias, pero existe una en particular. Ocupa un breve lugar. Alguna vez tuve la oportunidad de leerla a escondidas, junto con otras más. Sin embargo, esta historia fue la que se grabó en mi mente:
Un par de enamorados, conocidos de hace muchos años, estaban en el campo. Recostados sobre la hierba, a la sombra de un gran árbol y bajo la luz del sol de otoño. Se miraban profundamente y jugueteaban. Ambos se quitaron las camisas y quedaron solamente en pantalones. Se fundieron en un abrazo, con el cielo despejado y el azul intenso.
Era el instante para grabar en la memoria, para conservar como el recuerdo que simboliza una relación. Él, siempre ávido de escribir, la trajo en letras para sí. El otro se había salido de su mente sin posibilidad de regreso.
No soy capaz de retener los detalles con suficiencia. La única frase de todo lo que leí y pude absorber decía así: "Quisiera tener tu adorable cabeza siempre, entre mis brazos".
Al abrir la puerta sonó un crujido. Había una extensión del cristal, pero ahora oscurecido. Ya no se podían observar los rostros de los zombies ansiosos. Siguió caminando hasta el final del pasillo y a cada paso, la luz roja dejaba de brillar hasta casi desaparecer. Tocó otra puerta y esperó. Pasaron varios segundos, parecieron eternos. Pensó que no pasaría nada y antes de encender otro cigarrillo, la puerta se abrió. La empujó y bajó por las escaleras, hasta el fondo, donde estaba un calabozo.
La lámpara era muy brillante y deslumbraba al entrar. El primer calabozo era circular y pequeño, tapizado de azulejos blancos desgastados y sucios. Al pasar por otro pasillo, se hacía más grande el espacio, como un salón rectangular. Del techo colgaban una fila entera de focos y de cada lado, en las paredes, había jaulas con zombies dentro. El olor de la carne fresca inquieta y anima a los muertos vivientes.
Él se detiene y pide a una mujer que abra la tercera jaula, a la izquierda. Cuando está dentro de la celda, el hombre se le acerca. Ausente, sólo busca la carne y la sangre. Le detiene con un brazo, las lágrimas le brotan y los recuerdos vienen a su mente como un diluvio. La luz roja siempre está ahí, la fugacidad de los segundos se evapora aún más rápido.
El amor de tiempo atrás estaba a punto de consumirse en un último intento por alejarse de todo, el cual se vio cegado por la palidez de una piel y una mirada perdida.
Bajó el arma, bajó los brazos. Tiró su defensa al piso y con ella todo lo demás. Se fundió en el pasto de aquel día al sentir la mordida en el cuello. La sangre le brotaba cual fuente, el piso se llenaba de ella. Cuando cayó, se quedó ahí sin moverse para terminar de capturar el sentimiento perdido. El dolor de la carne era inmenso, la fluidez de la sangre era más grande, el cuerpo se tornaba verdoso. El amor fue más grande que la soledad y decidió entregarse al único zombie que idolatró durante su existir.
Uno nunca sabe cuando es que un ángel puede ser tan oscuro y devorar todo nuestro ser, desde la metáfora más profunda hasta la literalidad más gráfica. El amor tuerce la piel hasta romperla, enrojece los ojos y fractura el cuello. Sangre, elemento que simboliza la condensación del ritual para infectar un alma y convertirla en otro espíritu, exiliado de sí mismo.