miércoles, 5 de octubre de 2011

Esencia

"No existe nada más bello como sentir el cuerpo ajeno en espasmo —había escrito en su libreta y siguió—, nada como presenciar el temblor de una piel con otra." Terminó la frase y no supo qué más decir. Se tiró al suelo, sobre el tapete y su olor a menta. Ahí, tendido, le llegaron todas las imágenes que creyó haber olvidado.
Pasaban las tardes juntos, sentados en ese tapete. No había olor fresco, sólo el roce de una mano con otra. Tantas horas, desde antes de la puesta de sol hasta que la noche penetraba en la ciudad. Escuchaban música, escribían, dibujaban. Si no, peleaban con almohadas.
Recuerda, mientras sigue acostado, con los brazos abiertos y los audífonos, el día que regó la esencia de menta. Acababa de llegar, el frasco estaba sobre el suelo y lo derramo cuando lo pateó sin querer:
—¡Era la esencia que iba a usar!
—Lo siento —dijo apenado—, te conseguiré más.
Bajó corriendo, a buscar más, pero era toda la que había.
—No te preocupes, no era importante —replicó, mientras contenía su enojo.
Se volvió a sentar sobre el tapete y el pantalón se impregnó del olor. Permaneció ahí mucho tiempo, aun después de la separación.
Ahora sólo estaba el tapete como un recuerdo de lo que sucedió. Lo dejó ahí porque le gustaba su suavidad, el olor que tenía por accidente, el estampado. Prefería leer y escribir en ese lugar, la inspiración llegaba por arte de magia, el aire entraba por la ventana en la dirección correcta y la luz era suficiente.
Sin embargo, antes de marcharse, quitó el tapete y lo enrolló. Vio la mancha que había debajo, como si fuera grasa. Pasó sus dedos y sintió el aceite. Olía a hojas secas, una sensación similar al día de la ruptura. Se levantó y se llevó la tela, cerró la puerta y se fue.
Tiempo después completó su texto: "No existe nada más bello que el olor del cuerpo ausente, clavado en una alcancía de recuerdos, tendida sobre el piso de cada día."

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