lunes, 24 de octubre de 2011

Sombras

Entre los edificios la luz pasa a medias. El sol de la mañana proyecta sus sombras y los hace ver como colosos, parados ahí, impertérritos, siendo testigos del acontecer diario.
Sobre la azotea de un edificio, uno de los más altos de la ciudad, se observa una pequeña silueta. Su sombra, vista desde abajo, es como la de un alfiler sobre una montaña de hilos. Desde arriba, el sol pega de lleno sobre la espalda del hombre, quien sujetó sus muñecas al barandal. La cornisa es el pegamento que lo une a la tierra, el vértigo es el perfume que lo atrae. Pone un pie sobre el aire y lo deja flotar, como si limpiara sus dedos en un río. Cierra sus ojos, la inconsciencia lo abofetea.
El olor a pasto le despierta. La noche es profunda, se cobija bajo el manto azul, bajo las nubes que parecen caminar y, después, desaparecen. Siente el aire, roza su rostro y sólo mira al cielo. Recuerda el lugar donde estuvo, atado a un palo de metal, desde lo alto de una estructura gris. Veía la luna, colgada como un foco. Respiró hondo y cerró los ojos.

El sol le quemaba la cara. Las sirenas se escuchaban desde abajo, al igual que los gritos de la gente. La angustia es demasiada y él sólo quiere terminar con la pesadez del corazón. No recuerda como llegó ahí ni le interesa. Las personas gritan: no te avientes, piénsalo bien. La mirada perdida y la boca seca, la hoja que sostiene en la mano izquierda y la derecha se libera del barandal. Su vida ahora pende de una pirueta, el mareo le viene y cae en desmayo. La mano izquierda aprieta la hoja y el sudor se escurre por su frente.
Cuando regreso en sí, la constelación de las estrellas, las cuales parecían cosidas a la tela azul que era la bóveda celeste, brillaban con más fuerza. Los sonidos de los hombres, guerreros en busca del enemigo, se desvanecen a lo lejos. Las sombras se acercan cada vez más, como las quimeras a punto de devorar a los seres de luz, pero el pasto tiene un imán que lo atrae y no lo deja escapar.

En un abrir y cerrar de ojos, vuelve a ver las nubes blancas. El aire frío lo hace reaccionar y logra agarrarse de nuevo del borde del cristal. Mira hacia abajo y ve los árboles, parecen manchas verdes que se funden con los colores de las cabezas. No se da cuenta, pero la cuerda de la otra mano está por romperse. Antes de volar, decide prepararse.
Boca abajo, el pasto se siente más humedo. La luz cae sobre ese tapete y se aprecia diferente, como si estuviera bañado de un metal. Prefiere no voltearse, aunque la nariz le escurre y quisiera saber qué pasa. Pone la cabeza de un lado y pasa su mano por su rostro. El líquido se siente caliente, vivo. Poco a poco, siente que pierde el aire. Los vapores de la noche le aturden.

El asfalto se siente frío, el charco rojo y caliente, las manos intentan moverse pero no hay más que hacer. Un círculo de personas le rodea: un par de señoras lloran, una madre le tapa los ojos a su hijo pequeño, unos hombres mueven la cabeza haciendo una seña de negación. Los paramédicos intentan pasar y recoger al hombre que cayó del edificio. Lo levantan y le cubren medio cuerpo con una sábana blanca. Consciente, le llevan a la ambulancia. El impacto fue demasiado grande como para que sienta algo. Al llegar al hospital sigue despierto, con la garganta llena de agua y los pulmones con poco aire. Balbucea, se ahoga lentamente.
La sangre había cubierto al pasto, la plateada luz la hacía parecer más oscura. Buscaba regresar al balbuceo, rodeado de objetos extraños y luminosos y de hombres vestidos de blanco, cuyos ojos se podían ver, pero no sus labios ni sus narices. Sentía como su espalda se quebraba de a poco, como el mazo se azotaba sobre su cuello, rompiéndole la cara y dejando escapar todos sus huesos, moviéndolos. En el último golpe cerró los ojos, no sin antes ver las estrellas y la luna, proyectando las sombras de los otros, tenues, levantando sus armas antes de asestar el golpe final.

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