Tic. Entre oscuridad y luz, dejaba pasar el aire. Entonces escribía y dejaba volar las letras dentro de la hoja, una tras otra, como si el tiempo se hubiera detenido. Se levantaba y recorría el camino que se había quedado atrás.
Tac. Las horas pasaban inclementes, el momento se desvaneció en un perfume que no regresaría jamás. Escribió el mismo texto varias veces, una tras otra. Después letra sobre letra y tinta sobre tinta, hasta que quedó una gran mancha.
Toc. El pequeño canto del reloj se transformó en una marcha insoportable. Sentado, al borde de la cama, se veía a sí mismo como un ente abstraído de su cuerpo, una persona que no era él. Un segundo tras uno más, bum bum bum...
Los números del reloj marcan el paso, dejan atras su rostro cansado. Ahora, él se para y camina. Va a recorrer las huellas, vacías ya, desgarrando su voz para después pasarla a letras. Cae sobre el suelo y se queda, observa, huele, recorre con la mirada. Inconsciencia al pasar.
El tiempo pasa, tic tac toc. Los sonidos le despiertan, la tinta se le escurre de las manos, la escritura se ha perdido. Los ojos llorosos, la boca seca y el perfume desvanecido. El sol al atardecer y nada más.
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