domingo, 27 de febrero de 2011

El gran misterio de porqué Herr Krum escribe

Recuerdo hace varios ayeres cuando fue que comencé a escribir. Al igual que los libros empolvados de literatura universal, unía letras, una con otra, de forma escueta, mecánica, simple. No podía desligar mi cabeza de la rigidez matemática, física y química. Sonaba vacío, fuera de contexto, anacrónico. Después de repasar las fórmulas una y otra vez, de ver reglas ortográficas y leer corazones despedazados y reconstruidos en millones de tipografías, pude entender que hay que desatar el cerebro y remojarlo en agua con sal para escribir.
Pasé por colores, por filosofías, por obras de arte y por breves teorías sociales antes de saber que las letras me surgirían como lágrimas por los dedos. Me gusta tomar agua para no deshidratar el corazón, tener música de fondo para alimentar la pasión, alejarme de todos un momento y recluirme dentro de mí para dejar salir todo el impulso que corre por las venas de este incipiente escritor.
Inspiración hay en todos lados. Las musas la esconden en rincones específicos del espacio y sólo algunos logran encontrarla. En la luz dura y a la vez pálida que pasa a través de los árboles, en el color verde de las hojas, en las nubes a media luz y en los focos inmensos vistos a pequeña escala desde los grandes edificios. Cada letra está en la sangre. En este lugar no sólo están las letras, sino formas, matices, impresiones y el mundo que se desdobla en capas, las cuales van siendo más profundas cada día.
Los engranes de mi mente se mueven a la inversa de la normalidad. La cotidianidad me habla en tantos idiomas al mismo tiempo que sólo logro captar un porcentaje bajo de todo. Entonces el foco se enciende y puedo sacar mi libreta, poner unas cuantas palabras y seguir con lo demás. No entiendo, en ocasiones, porqué escribo ni cómo llego a hacerlo. A veces sólo fluye. Escribo viendo fotos, escuchando tonos, leyendo voces, descrifrando declinaciones, examinando libros y dejándome caer sobre un colchón de hojas desgastadas.
Escribo en un humor de emociones que luego tienden a desbordarse por las esquinas de las páginas de las libretas. Después hago versiones minimalistas, largas cartas, recados mentales y postales a fantasmas de otras galaxias. Es lo que mejor sé hacer. No me sale el arte de la punta de un lapiz ni la mecánica de las elevadas estructuras de la ciudad. Si debo poner una razón, sería ésta: escribo no porque sea lo que mejor hago, tampoco por ser una de mis actividades favoritas ni por la depresión por la cual empecé un blog; escribo porque en el momento de traer las letras a los espacios en blanco, puedo manifestar todo el desorden, las ideas, las emociones y los sueños que cargo a cuestas día tras día.

martes, 22 de febrero de 2011

Estética de un sonido

Sonido errante, luz blanca en repetición. Tu piel se hunde en densos mares negros, al dulce y sonoro impacto de un tambor. Sordo. Vacío. Pulcro. Las partículas luminosas se descomponen en el aire enrarecido, bajo los restos de un inclemente sol de invierno.
Mirada profunda, perdida en el espacio que separa al lente fotográfico de un ojo impúdico. Suaves líneas negras marcadas en el suelo. Voz intensa pasada por sintetizadores de baja fidelidad. Elegancia en un paso agitado. Tus notas son miel negra, escurriéndose sobre la pared; movimiento en tres partes.
Hojas en blanco y negro. Párpados llenos de sal. La dulzura de tu piel es de color gris tenue y la lejanía de tus palabras es la cercanía de mis adentros. El rostro limpio, las manos cansadas con toques lentos, el espacio interrumpido por los sonidos de un mundo cual inexistente creía.
Parte de la etérea fantasía oscura de música que un día soñé y otro escuché. El tronar de tus nudillos hace juego con los huesos que caen. Solos van de allá para otro lugar. Solo vas tú, de aquí para donde la vista no te alcanza, con fina trayectoria y bella rareza, de especial sabor para la ocasión de siempre. Labios secos a los besos del agua oscura, un día al sol, un día al siguiente, un sonido al errante de andar breve y elegante.
Secuencia de imágenes en escala de grises, como tu superficie tersa y tu voz procesada, a la cual van un par de renglones encerrados en cuerpo desconocido.

viernes, 18 de febrero de 2011

Aires

Al pasar de los días, los aires van moviendo las hojas de los árboles. Juegan con ellas como los niños con el agua. Aires del tiempo que ven pasar al hombre en vaivén constante, aires que inspiran a los poetas a escribir y a los artistas a ver más allá.
Aires envolventes durante las horas del amor, aires fríos que rompen al unísono de la tragedia. Soplos suaves sobre la piel, largos y tendidos. Soplos fuertes, acaban con golpes al pecho y derriban. Aires esperanzados en miradas perdidas, en sonrisas resonantes a lo largo de los pasillos vacíos.
Cuando los aires dan vuelta, regresan y traen consigo las novedades de los lugares lejanos. Tiempos pasados, cantos interrumpidos, acordes incompletos, palabras a medio sonar.
Aires del campo que sirven de fondo musical. Aires de la ciudad que aquejan al hombre y su pesada carga cotidiana. Aires, cargadores de tu olor y tus manos. Aires del espacio, unión entre dos cuerpos sin densidad que se encuentran para obtener gravedad. Aires de la representación de la levedad en su máximo apogeo.
Aires flotantes, reposando en las nubes, las copas de los árboles, los aviones y los sueños. Aires enervantes que desquician los sentidos. Aires narcóticos, llevan a puertas de otros mundos.
Aires vacíos, donde los poros se oxigenan.
De todos los aires, hoy vi pasar los oscuros, los pesados, los melancólicos. Aires sobre la piel, previo a la inerte realidad de un cuerpo que yace sobre una cama. Aires del último respiro y del terrible estertor de la partida a tierras desconocidas, fuera de lo físico.
Aires de ayer, de hoy, de siempre. Aires paseantes, navegantes de todo el universo, compilados en polifonías vocales, latidos salvajes, fuertes deseos y suaves caídas. Aires de siempre, en los cuales nos sumergimos cada día.

domingo, 13 de febrero de 2011

Escribiendo sobre amor

Al paso del tiempo, el sol se deja ver en un rayo cegador. En un campo pequeño, con un par de árboles, viene la luz con gran fuerza. Las memorias se apresuran como imágenes dentro de un carrusel y giran incansablemente. Un momento para ver la luminosa tarde y cerrar los ojos.
Los tiempos se acercan y traen consigo algunos listones que están a punto de relatar una historia desde el fondo de sus colores. Su conjugación no importa. Es un breve viaje de puros cuentos y bellezas flotantes, encerradas en burbujas que no se revientan al primer toque.
Tengo 11 hojas libres de mi desgastada libreta, un asiento y unas horas libres. Veo pasar desde aquí los carros a gran velocidad, las esquinas de los corazones descosidos y un par de romances sin aire. Voces que hablan del amor desde el dolor y del dolor desde el interior. Sonidos que recuerdan los besos olvidados y los eternos.
Después de transcribir todas esas historias aquella tarde de domingo, dejé abierta la libreta y en la tapa dibujaron los breves reflejos de sus amores. Escribiendo sobre amor se me fue el tiempo y las luces de la ciudad comenzaron a iluminar el cielo cuando iba oscureciendo poco a poco.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Meditaciones urbanas (I)

Caminando, pensaba en todo aquello que podía ocurrírseme. Entre el final de una canción y la búsqueda de otra, bajo el pesado sol de media tarde, tuve a mi alrededor a un vasto mundo de posibilidades, a las cuales podía echar un vistazo y explorar de forma somera.
Pensaba en el caminante que era yo, bajo el sol, sobre las calles alrededor de la pequeña ciudad dentro de la gran ciudad. Iba yo, como cualquier otro estudiante que observa detenidamente a la gente y disimula su mirada, haciéndola perder entre otras caras y edificios.
Por mi mente pasaba la idea de un ente lejano, una imagen borrosa de hace tiempo ya. Al sonido mental de las olas del mar, parado frente a ellas en ensoñación pura, la idea de mi soledad yacía sobre la arena blanca, plasmada en letras que se llevó el océano.
Me perdí entre las sombras de los edificios, entre los remolinos de gente, entre los cables de electricidad y los rostros impolutos de algunos paseantes. La jungla asfaltada estaba en todo su esplendor cuando el reloj rayaba ya la media y el sol seguía caminando.
En deseo fundido al calor de horno, me enfrenté a la horda furiosa de todos aquellos que salían de la estación, como quien siente que es uno contra la corriente. Venían ellos, llenos de color y furia, con los ojos cubiertos por antifaces, con indiferencia en las pupilas, sin pena ni gloria alguna.
Ante ello, seguí pensando en que caminaba hacia el norte pero mis otros pensamientos se perdieron en un escape urbano y cotidiano. Desde entonces sólo pude rescatar algunas fotografías ajenas a mí.

sábado, 5 de febrero de 2011

A media luz

A media luz se comen los amantes, bajo la mortecina luminosidad de un destello, entre las sombras que encierran cuatro paredes. Sus cuerpos se consumen en energía y se transforman en varios rayos que salen del interior.
A media luz también está el cielo de febrero, viendo pasar los bancos de nubes aterciopeladas y el sol cubierto. El éter azul se tapa y el aire une en tórrido romance al calor y al frío. ¿Has visto la bóveda entre sombras, a media luz, puesta en el centro de las montañas?
Es cuando los labios se unen, cuando las nubes se tapan unas a otras, cuando los árboles se mecen con el aire de estos días; es a media luz cuando salen a la cubierta los marineros a admirar la mar en calma y el horizonte partido en dos.
De fondo, la música es dulce y amarga a la vez. Se disuelve en colores claros y se evapora en gases nobles. Vamos a respirar e inflarnos, a recostarnos sobre el pasto y a observar las nubes caminando de la mano por el parque azul, a media luz, mientras aquellos amantes siguen besándose, mientras los estudiantes corren a clases, mientras sueño con las obscenas imágenes de ayer.