miércoles, 9 de febrero de 2011

Meditaciones urbanas (I)

Caminando, pensaba en todo aquello que podía ocurrírseme. Entre el final de una canción y la búsqueda de otra, bajo el pesado sol de media tarde, tuve a mi alrededor a un vasto mundo de posibilidades, a las cuales podía echar un vistazo y explorar de forma somera.
Pensaba en el caminante que era yo, bajo el sol, sobre las calles alrededor de la pequeña ciudad dentro de la gran ciudad. Iba yo, como cualquier otro estudiante que observa detenidamente a la gente y disimula su mirada, haciéndola perder entre otras caras y edificios.
Por mi mente pasaba la idea de un ente lejano, una imagen borrosa de hace tiempo ya. Al sonido mental de las olas del mar, parado frente a ellas en ensoñación pura, la idea de mi soledad yacía sobre la arena blanca, plasmada en letras que se llevó el océano.
Me perdí entre las sombras de los edificios, entre los remolinos de gente, entre los cables de electricidad y los rostros impolutos de algunos paseantes. La jungla asfaltada estaba en todo su esplendor cuando el reloj rayaba ya la media y el sol seguía caminando.
En deseo fundido al calor de horno, me enfrenté a la horda furiosa de todos aquellos que salían de la estación, como quien siente que es uno contra la corriente. Venían ellos, llenos de color y furia, con los ojos cubiertos por antifaces, con indiferencia en las pupilas, sin pena ni gloria alguna.
Ante ello, seguí pensando en que caminaba hacia el norte pero mis otros pensamientos se perdieron en un escape urbano y cotidiano. Desde entonces sólo pude rescatar algunas fotografías ajenas a mí.

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