Sonido errante, luz blanca en repetición. Tu piel se hunde en densos mares negros, al dulce y sonoro impacto de un tambor. Sordo. Vacío. Pulcro. Las partículas luminosas se descomponen en el aire enrarecido, bajo los restos de un inclemente sol de invierno.
Mirada profunda, perdida en el espacio que separa al lente fotográfico de un ojo impúdico. Suaves líneas negras marcadas en el suelo. Voz intensa pasada por sintetizadores de baja fidelidad. Elegancia en un paso agitado. Tus notas son miel negra, escurriéndose sobre la pared; movimiento en tres partes.
Hojas en blanco y negro. Párpados llenos de sal. La dulzura de tu piel es de color gris tenue y la lejanía de tus palabras es la cercanía de mis adentros. El rostro limpio, las manos cansadas con toques lentos, el espacio interrumpido por los sonidos de un mundo cual inexistente creía.
Parte de la etérea fantasía oscura de música que un día soñé y otro escuché. El tronar de tus nudillos hace juego con los huesos que caen. Solos van de allá para otro lugar. Solo vas tú, de aquí para donde la vista no te alcanza, con fina trayectoria y bella rareza, de especial sabor para la ocasión de siempre. Labios secos a los besos del agua oscura, un día al sol, un día al siguiente, un sonido al errante de andar breve y elegante.
Secuencia de imágenes en escala de grises, como tu superficie tersa y tu voz procesada, a la cual van un par de renglones encerrados en cuerpo desconocido.
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