Recuerdo hace varios ayeres cuando fue que comencé a escribir. Al igual que los libros empolvados de literatura universal, unía letras, una con otra, de forma escueta, mecánica, simple. No podía desligar mi cabeza de la rigidez matemática, física y química. Sonaba vacío, fuera de contexto, anacrónico. Después de repasar las fórmulas una y otra vez, de ver reglas ortográficas y leer corazones despedazados y reconstruidos en millones de tipografías, pude entender que hay que desatar el cerebro y remojarlo en agua con sal para escribir.
Pasé por colores, por filosofías, por obras de arte y por breves teorías sociales antes de saber que las letras me surgirían como lágrimas por los dedos. Me gusta tomar agua para no deshidratar el corazón, tener música de fondo para alimentar la pasión, alejarme de todos un momento y recluirme dentro de mí para dejar salir todo el impulso que corre por las venas de este incipiente escritor.
Inspiración hay en todos lados. Las musas la esconden en rincones específicos del espacio y sólo algunos logran encontrarla. En la luz dura y a la vez pálida que pasa a través de los árboles, en el color verde de las hojas, en las nubes a media luz y en los focos inmensos vistos a pequeña escala desde los grandes edificios. Cada letra está en la sangre. En este lugar no sólo están las letras, sino formas, matices, impresiones y el mundo que se desdobla en capas, las cuales van siendo más profundas cada día.
Los engranes de mi mente se mueven a la inversa de la normalidad. La cotidianidad me habla en tantos idiomas al mismo tiempo que sólo logro captar un porcentaje bajo de todo. Entonces el foco se enciende y puedo sacar mi libreta, poner unas cuantas palabras y seguir con lo demás. No entiendo, en ocasiones, porqué escribo ni cómo llego a hacerlo. A veces sólo fluye. Escribo viendo fotos, escuchando tonos, leyendo voces, descrifrando declinaciones, examinando libros y dejándome caer sobre un colchón de hojas desgastadas.
Escribo en un humor de emociones que luego tienden a desbordarse por las esquinas de las páginas de las libretas. Después hago versiones minimalistas, largas cartas, recados mentales y postales a fantasmas de otras galaxias. Es lo que mejor sé hacer. No me sale el arte de la punta de un lapiz ni la mecánica de las elevadas estructuras de la ciudad. Si debo poner una razón, sería ésta: escribo no porque sea lo que mejor hago, tampoco por ser una de mis actividades favoritas ni por la depresión por la cual empecé un blog; escribo porque en el momento de traer las letras a los espacios en blanco, puedo manifestar todo el desorden, las ideas, las emociones y los sueños que cargo a cuestas día tras día.
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