La ciudad se proyecta en una larga secuencia, en blanco y negro. Lo demás surge de una repetición constante a la cual se le suele llamar rutina. El sol a media luz. La gran urbe tiene demasiados espacios para ser captados por un solo lente.
He alcanzado el límite, los indefinidos bordes de un lugar de magnitudes impensables. Al fondo sólo hay música en mezcla constante, sonido sobre sonido, capa con otra. Las nubes grises van cerrándole el paso a la cansada y mortecina luz. El olor de las fábricas, el pasar de los autos que no se detienen, los ríos de personas.
He llegado al límite, allá donde el mundo se parte en varios fragmentos, donde el aire enrarecido lleva la pesada carga de un luto que viene sobre los hombros y descansa sobre las orejas. Aquel límite que no pensé tocar es ahora más real, sobre todo al contacto con la piel ajena. Un par de líneas bien definidas y de siluetas ausentes hacen más palpable todo el vapor negro de media tarde.
Es un solo tiempo, son muchos espacios a la vez. La mirada se pierde y se confunde, la mente se dispersa en el suelo. El aire se hace más denso. Cuando el tiempo cambia, me pierdo en las luces de toda la ciudad, en una transparencia a color, con el aire más limpio y más filtrado, apto para la volatilidad de mis pensamientos. Sigo en el límite, al borde de la ciudad, de las luminosas casas, de tu cuerpo ausente en la lluvia fina. La imagen se disuelve en un charco y se funde en negro.
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