Yo no sé cuando fue el momento exacto en que empecé a caminar, pero cada paso se convierte en parte de un discurso en el tiempo. Es un discurso cuya fuerza se va perdiendo conforme regreso sobre mis huellas y voy en retroceso. Aquí, pues, se reúnen muchas visiones y se proyectan como en pantalla cinematográfica.
Esas veces que caminé y construí un relato fueron las ocasiones en que medite sobre el sonido sordo de cada pisada, sobre los suelos que pisé, sobre las cosas que encontré. Cuando razono acerca de ello, me doy cuenta de que la realidad es una construcción total y enteramente ficticia: cada quien crea la suya o se apropia de alguna otra.
En mi realidad, sea compartida o no, los cielos están silentes y los árboles susurran. Todos van rápido y yo siempre voy distraido, sin embonar en los lugares vacíos. Los labios de las personas se mueven pero no escucho, la música se renueva día tras día y los rostros conocidos siempre se ocultan y se engañan a sí mismos bajo máscaras diferentes.
Siempre camino mal y no sé detenerme bien. Parece que voy errático. Hay una desconexión con la temperatura de mi cerebro y la del resto del cuerpo, lo cual parece sorprender a algunos conocidos. Mi voz no se escucha, no sé dónde la dejé y, para ser sinceros, no me interesa saber.
Los silencios son inmensos como el mar, los acordes parecen eternos y las letras son signos que tienen apariencia de herramientas. No me gustan las introducciones pero como narrador debo acostumbrarme a ellas y saber que uno puede valerse de su utilidad en cualquier momento. Así y sólo aquí se es capaz de dominar el tiempo de lo contado y el tiempo real en que sucede la vida.
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