miércoles, 23 de marzo de 2011

IV. De cuando cambié la página

Dark stuff.

Hemos caído en una tierra de nadie, en una gran planicie que parece no definirse y se deshace entre las ondas de calor y los ventarrones sin sentido. Es real: una vez, cuando se ha pisado ese territorio sin nombre, la tierra se convierte en un lugar conocido, el cual deja de tener sentido como tal.
En el caso particular del escritor de cada una de estas breves anotaciones, cuando cayó se volvió más errático que de costumbre. Nunca antes en su vida se había puesto a pensar en su andar disparejo y en sus pasos erráticos, en que las luces a su alrededor dejaban de tener significado a medida que la noche avanzaba. Era tarde y divagaba entre los árboles de un gran parque sin salida.
Aquel día, el escritor decidió dar vuelta a la página. Algo tan cotidiano se transformó en un acontecimiento decisivo para un cambio paulatino y del cual no se tenía respuesta coherente. Era una metamorfosis evidente dentro de una trama evidentemente plana, un cambio evidentemente revolucionario pero no evidentemente dramático, sólo altamente confuso.
Han llegado a la cabeza del escritor los tiempos revueltos, las acciones entretejidas y los narradores impolutos. Ha aprendido a diferenciar el aire de medianoche y el color de madrugada, el sabor del polvo y el gusto de la oscuridad. Ya no está dentro de los límites antiguos, ahora se suscribe entre fronteras más amplias. No es lo mismo el tiempo de la cosa-contada que el tiempo del relato.
Hemos caído en una tierra de nadie, en un lugar evidentemente despoblado y en una zona que no tiene nombre. Es cuando el escritor trata de amarrar sus agujetas y, al levantarse de golpe, encuentra que su cerebro sufre un derrame. Es aquí donde encuentra las cosas oscuras de las que todo mundo habla.

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