jueves, 29 de diciembre de 2011

Negativo

Mientras lees, yo estoy deshaciendo estas letras que ahora ves.

¿Ves? ¿No ves? ¿Qué es lo que ves? Aquí está el punto, encerrado entre estas cortinas, temblando en la oscuridad de esta habitación. Lo ves pero no. Hay una luz que entra por el marco de la ventana. Ahí está, lo ves y no.
Las imágenes que habías tomado están aquí, en estos fotogramas, en esta película. Tomas el encendedor y pasas la flama por debajo de cada recuadro. Sus rostros se queman. ¿Has visto los rostros quemados? No, tú no sabes de la negritud del fuego.
Tú ves, en esta oscuridad, lo que quieres ver, lo que puedes ver, pero no lo que hay. Turbulento, cierra los ojos y después mira. Sigues quemando la película, sigue tu cara en claroscuro, sigue el viento soplando entre las ramas, y tú adentro, donde no hay nada, donde los colores no se distinguen.
Atrás, allá en lo más profundo de estos cuartos, no entra la luz. Allá, donde bajas las escaleras y llegas a un pasillo alumbrado por velas, permaneces dubitativo. Tus pensamientos no están enlazados con tu sangre, tu sangre está fuera de tus venas, tus venas saltan de tu piel morena y tus poros se rompen con el aire.
Has cambiado todas estas flores frescas por naturaleza muerta, los sabores por olores y estas ventanas por tapones. Te has vuelto primitivo, fuera de toda letra y costura. Te has reflejado en epitafio y tumba, en estas hierbas muertas, en este pasto seco, en aguas con sabor a metal.
Emotivo, a la luz de la luna. Muerto, a los rayos del sol. Cubierto, en todo momento. Te has mirado al espejo y no has encontrado más que un trozo de película quemada, un olor a gasolina y fuego. 
Enciendes una fila de lámparas en un salón y miras toda la mesa llena de estos recuadros, ennegrecidos, fuera de foco. Ahora son invisibles, con siluetas calcinadas y miradas desvanecidas. Los ves y no encuentras nada, porque la luz mortecina apenas te deja distinguir tu propia sombra.
Regresas por las escaleras, levantas el polvo y se hace una nube gris. Caes al piso y muerdes toda esa voluta, ese humo. Caes y pareciera que te cortas con navajas oxidadas, que se enganchan a tu vientre. Te das la vuelta y respiras.

¿Vi? ¿No vi? ¿Qué es lo que vi? Aquí está el punto, entre estas paredes llenas de luz, mientras respiraba, acostado en el tapete de este cuarto. El polvo se levantaba y veía todas las sombras proyectadas a la luz del sol. 
¿Lo has visto? No, porque tú no sabes cómo es un rostro quemado, porque tú no sabes cómo es morir en un fundido. Puede que esté muerto, puede que esté vivo, pero no lo sé. Turbulento, deshecho, siempre yago en negativo.

martes, 27 de diciembre de 2011

Máscaras

Para Jonatan,
quien ha roto todos estos rostros, mis máscaras.

El humo de su cigarro se levanta y se funde con la atmósfera. Lo veo elevarse con atención, mientras regreso lentamente la mirada hacia sus labios. Subo la vista y me quedo en sus ojos, perdidos en el fondo de la música lenta. Cuando le veo, pienso demasiadas cosas, tantas que mi mente da vueltas en una espiral infinita y regresa al punto de inicio.
Ese era su pensamiento. Desde luego, yo no sabía todo el entramado mental que él había creado sin siquiera habernos visto ni conocernos a profundidad, pero podía verlo en la forma de observar con detalle cada movimiento. Yo no podía evitar sentirme descubierto ante sus ojos, como si me hubieran quitado la espada que siempre cargo para defenderme.
De pronto, todo el sonido del bar inundó mis oídos y regresé a la realidad de golpe. Siempre supe que no era bueno dejarle verme descubierto, así que decidí cubrir todo mi rostro con una máscara de cubierta dura. Impenetrable, así era, así me sentía. 
Él se distingue por ver más allá del simple momento: posee unas gafas especiales que le dotan de una precisión que cualquier relojero desearía. Se enfrenta diariamente a la masa que muestra sus máscaras relucientes, abstractas, sólidas. Entonces escoge una víctima y apunta su resortera para deshacer su antifaz  y poder ver su rostro. La realidad es que las "víctimas" lo eligen para que destruya sus máscaras.

[Máscaras. ¿Por qué la gente tiene la necesidad de cubrirse con máscaras?
Si sus rostros son tan bellos, insisten en taparse en colores y materiales diversos.
Algún secreto deben guardar estas corazas.]

Las luces de este lugar se prestan para ocultarse, los olores y la música son distractores. Él escucha y apunta. Yo bajo las manos y quito toda defensa. Dispara y rompe una, rompe dos, rompe muchas. Las más blandas al final, las más suaves para terminar. Sigo hablando y antes de que él siga buscando el objetivo en mi rostro, bajo sus manos y empiezo a remover las otras caras, poco a poco.

Entonces, el humo del cigarro se dispersa y la colilla se apaga con el suspiro. Desvío la mirada a otro lugar y él respira, pero aún le veo de reojo. Quiere volver a ponerse otra máscara, pero algo no le deja. Seguimos conversando, mientras se oyen las botellas en destape y las copas en choque. La canción termina y la espiral sigue, sigue la espiral, y así hasta perderse.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El sastre

Para Marco,
quien ha descosido estos textos para volver a zurcirlos.

Yo no le he visto. Parece ser real pero no lo sé. Me queda claro que existe, al menos en una realidad puesta sobre el papel, pero yo no le he visto. El tiempo ha pasado desde nuestro primer encuentro y no he observado en él la figura que domina su pensar, pero la he visto puesta en letras.
Es una figura que surca sus telas y sus hilos al momento de coser, una silueta que aparece cuando escribe y se va al momento de soltar la pluma,
[pero estoy seguro que existe.]
Tampoco sé si refiere a uno o varios, si son distintos o no, pero siempre (le) escribe en singular. Lo leo y miro a mi alrededor mundos de miel oscura, de pieles muertas y de olores infinitos. Los pétalos opacos le vienen como anillo al dedo, el dolor no se siente en sus letras y la carne no tiene sabor ni hedor.
Le he visto pasar, con estos ojos que no ven. Le observo con otra mirada, una que sólo pocos pueden tener. Sé que escribe pero también me he enterado de sus labores como sastre: por lo regular toma la ropa y la repara, aunque a veces la descose y la deshace para zurcirla con una costura especial, invisible y, al mismo tiempo, preciosa para quienes pueden verla.
El sastre camina por las noches, recorre la ciudad y se funde con las luces urbanas. Cuando llega a casa, se alimenta de libros, porque el pan y el vino no le son suficientes, 
[no le dejan soñar.]
Le he visto sentarse y leer, porque sueña con otros mundos fuera de las texturas de la ropa. Le he visto escribir, porque está en otro sueño y quiere despertar. Le he escuchado confeccionar poesía en voz baja, amar en voz alta y descoser en silencio.

[Poesía, porque en ella está todo su sentir. 
Polvo, el cual soplo del tesoro que descubro cada vez que me siento a leerle. 
Piel, acariciada por sus manos con sus versos.]

El sastre no sólo pone su empeño en las prendas que repara: va hacía los libros y rompe sus páginas con gran velocidad y en constante metáfora. No sólo toma sus hilos para las blusas y los pantalones: voltea estos textos y les remueve los puntos de unión. No sólo rehace y repara, pone una tras otra las nuevas tramas para sus versos.
Me impresiona verle, tan enamorado de su quehacer. Me impresiona sentirle, soñando despierto en los ojos de ese ente que yo no he visto. Me impresiona mirarle, descosiendo una tras otra las puntadas de la retorcida mente de otros.

Yo no le he visto. Sin embargo, parece ser real. Son los perros que ladran al anochecer, son las flores secas y la mesa llena de polvo. Es el pecho del que yo no veo, sobre el cual se recuesta el sastre. Es su poesía, llena de alegorías agridulces,
[llena de la oscuridad de amar.]

martes, 13 de diciembre de 2011

Voces del letargo

Cuando hablo, hablo con esta voz, que parece mía y, al mismo tiempo, no lo es. Pero aun así, hablo. Me gusta contar mis sueños, pero yo no los recuerdo todos, ni tampoco de forma clara y precisa. A veces me sucede que son tan nítidos hasta el punto de doler, de oler y de saber.
Recostado sobre esta cama, entre estas cuatro paredes, mientras el sol se filtra por la ventana, cierro los ojos. Yo no recuerdo nada, yo no digo nada, yo veo las imágenes abrirse y desfilar una tras otra.
Escuchaba tus pasos, uno tras otro. Pac pac pac. Agitado, subías las escaleras y venías al cuarto. Te sentaste al lado mío, al borde de la cama. El reloj seguía marcando el tiempo y la luz seguía entrando. Escuchaba tu voz que cantaba los momentos de la sangre, del dramatismo que te gusta expresar como las canciones que te gusta escuchar. Recuerdo bien lo que decías:
—Yo nunca he entendido porqué te gusta contemplar tanto por la ventana.
—Es que tú nada más piensas en el filo de la sangre.
Estiraste tu brazo y tomaste mi mano. Abriste la palma:
—Mira, tu piel tan blanca y delicada, tus vellos tan finos y estas navajas tan oxidadas.
—¿Qué quieres hacer con ella?
—Un corte desde el dedo medio hasta debajo de la muñeca.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque en la voluntad reside la profundidad del corte.
—A ti te gustan los cortes, a mí me gustan las ventanas.
—Tiene sentido, pero es mejor sentir la sangre correr y el músculo desgarrarse.
Yo no tenía razón de nada y tú preferías ver tus cicatrices. Después de todo, siempre he disfrutado tus explicaciones sobre los cortes y sus variantes. Así, tomaste la mano y simulaste el paso de la navaja sobre todo el dedo, la palma y el antebrazo. Oíste un ruido y te fuiste, dejaste las cuchillas.
El sol se escondía entre las nubes, la tarde se iba tornando oscura y yo me quedé ahí sentado, con la mirada perdida. No entendía nada puesto que no podía pensar claramente. Un olor a humedad se acercaba, un sabor a metal me rondaba la lengua. ¿Qué más podía pasar? Una probada y podría experimentar todo. Tomé la navaja y corté desde el dedo medio hasta la palma. Me detuve un momento y encajé el filo para llegar a los tendones en la muñeca. El dolor era insoportable, el rojo me brotaba de todo el brazo.
Entonces respiré y sentí falta de aire, me desmayé. Desperté bajo la pesadez de una colcha y una gruesa cortina, con la mano inerte y las mismas pulseras colgando. Tenía en la lengua un sabor a centavo y la humedad de la mañana era más fuerte que de costumbre. No podía mover la mano que en sueño me había cortado.
Era tarde, pasado el mediodía. Me levanté y entré en la habitación contigua. Te miré sentado al borde de la cama y con los ojos fijos sobre la ventana, encorvado y con el brazo sostenido, antes de caer al suelo y ver todo tu rostro lleno de sangre.
Una vez más, volví al sillón. Me senté y observé el cuarto a oscuras. Escuchaba mi voz, la que parece ser mía pero no lo es, no lo es. Una vez más, me levanté y miré las luces de la calle. Era más de medianoche. Una vez más, regresé y dormí con los brazos cansados e inmóviles.

sábado, 3 de diciembre de 2011

A los ausentes

Tú, ausente de la noche.
Tú, que no eres yo.
Tú, que me cortas de raíz por la raíz misma.
Tú, el reflejo de la luna y el aullido de los perros.
Tú, fuera de toda paz y razón.
Tú, letra llena de piel muerta y sangre desvanecida.
Tú, corazón que no late y vive, sin embargo.
Tú, la voz inerte y callada.
Tú, que a falta de respiración, mejor letargo.

Tú, el que se ha quedado sin palabras ante las palabras mismas, dejas fluir el olor de las flores marchitas de todos los días, de todas las horas y los momentos.