Recostado sobre esta cama, entre estas cuatro paredes, mientras el sol se filtra por la ventana, cierro los ojos. Yo no recuerdo nada, yo no digo nada, yo veo las imágenes abrirse y desfilar una tras otra.
Escuchaba tus pasos, uno tras otro. Pac pac pac. Agitado, subías las escaleras y venías al cuarto. Te sentaste al lado mío, al borde de la cama. El reloj seguía marcando el tiempo y la luz seguía entrando. Escuchaba tu voz que cantaba los momentos de la sangre, del dramatismo que te gusta expresar como las canciones que te gusta escuchar. Recuerdo bien lo que decías:
—Yo nunca he entendido porqué te gusta contemplar tanto por la ventana.
—Es que tú nada más piensas en el filo de la sangre.
Estiraste tu brazo y tomaste mi mano. Abriste la palma:
—Mira, tu piel tan blanca y delicada, tus vellos tan finos y estas navajas tan oxidadas.
—¿Qué quieres hacer con ella?
—Un corte desde el dedo medio hasta debajo de la muñeca.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque en la voluntad reside la profundidad del corte.
—A ti te gustan los cortes, a mí me gustan las ventanas.
—Tiene sentido, pero es mejor sentir la sangre correr y el músculo desgarrarse.Yo no tenía razón de nada y tú preferías ver tus cicatrices. Después de todo, siempre he disfrutado tus explicaciones sobre los cortes y sus variantes. Así, tomaste la mano y simulaste el paso de la navaja sobre todo el dedo, la palma y el antebrazo. Oíste un ruido y te fuiste, dejaste las cuchillas.
El sol se escondía entre las nubes, la tarde se iba tornando oscura y yo me quedé ahí sentado, con la mirada perdida. No entendía nada puesto que no podía pensar claramente. Un olor a humedad se acercaba, un sabor a metal me rondaba la lengua. ¿Qué más podía pasar? Una probada y podría experimentar todo. Tomé la navaja y corté desde el dedo medio hasta la palma. Me detuve un momento y encajé el filo para llegar a los tendones en la muñeca. El dolor era insoportable, el rojo me brotaba de todo el brazo.
Entonces respiré y sentí falta de aire, me desmayé. Desperté bajo la pesadez de una colcha y una gruesa cortina, con la mano inerte y las mismas pulseras colgando. Tenía en la lengua un sabor a centavo y la humedad de la mañana era más fuerte que de costumbre. No podía mover la mano que en sueño me había cortado.
Era tarde, pasado el mediodía. Me levanté y entré en la habitación contigua. Te miré sentado al borde de la cama y con los ojos fijos sobre la ventana, encorvado y con el brazo sostenido, antes de caer al suelo y ver todo tu rostro lleno de sangre.
Una vez más, volví al sillón. Me senté y observé el cuarto a oscuras. Escuchaba mi voz, la que parece ser mía pero no lo es, no lo es. Una vez más, me levanté y miré las luces de la calle. Era más de medianoche. Una vez más, regresé y dormí con los brazos cansados e inmóviles.
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