martes, 27 de diciembre de 2011

Máscaras

Para Jonatan,
quien ha roto todos estos rostros, mis máscaras.

El humo de su cigarro se levanta y se funde con la atmósfera. Lo veo elevarse con atención, mientras regreso lentamente la mirada hacia sus labios. Subo la vista y me quedo en sus ojos, perdidos en el fondo de la música lenta. Cuando le veo, pienso demasiadas cosas, tantas que mi mente da vueltas en una espiral infinita y regresa al punto de inicio.
Ese era su pensamiento. Desde luego, yo no sabía todo el entramado mental que él había creado sin siquiera habernos visto ni conocernos a profundidad, pero podía verlo en la forma de observar con detalle cada movimiento. Yo no podía evitar sentirme descubierto ante sus ojos, como si me hubieran quitado la espada que siempre cargo para defenderme.
De pronto, todo el sonido del bar inundó mis oídos y regresé a la realidad de golpe. Siempre supe que no era bueno dejarle verme descubierto, así que decidí cubrir todo mi rostro con una máscara de cubierta dura. Impenetrable, así era, así me sentía. 
Él se distingue por ver más allá del simple momento: posee unas gafas especiales que le dotan de una precisión que cualquier relojero desearía. Se enfrenta diariamente a la masa que muestra sus máscaras relucientes, abstractas, sólidas. Entonces escoge una víctima y apunta su resortera para deshacer su antifaz  y poder ver su rostro. La realidad es que las "víctimas" lo eligen para que destruya sus máscaras.

[Máscaras. ¿Por qué la gente tiene la necesidad de cubrirse con máscaras?
Si sus rostros son tan bellos, insisten en taparse en colores y materiales diversos.
Algún secreto deben guardar estas corazas.]

Las luces de este lugar se prestan para ocultarse, los olores y la música son distractores. Él escucha y apunta. Yo bajo las manos y quito toda defensa. Dispara y rompe una, rompe dos, rompe muchas. Las más blandas al final, las más suaves para terminar. Sigo hablando y antes de que él siga buscando el objetivo en mi rostro, bajo sus manos y empiezo a remover las otras caras, poco a poco.

Entonces, el humo del cigarro se dispersa y la colilla se apaga con el suspiro. Desvío la mirada a otro lugar y él respira, pero aún le veo de reojo. Quiere volver a ponerse otra máscara, pero algo no le deja. Seguimos conversando, mientras se oyen las botellas en destape y las copas en choque. La canción termina y la espiral sigue, sigue la espiral, y así hasta perderse.

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