¿Alguien puede ver la luz, esa que separa el amanecer de la inconsciencia?
¿Has visitado otras latitudes?
Dicen que allá el aire se respira diferente.
La vista es sólo tuya y de nadie más.
El deseo, por sí solo, no me sirve.
¿Te das cuenta?
Haber ido tan lejos para nada.
Separados, aventados en una espiral que no parece tener final.
Tú, porque de la tristeza se han hecho estos pilares;
yo, porque me he tirado a ella sin razón aparente.
Ser extranjeros en un país lejano,
mirar lo que nunca hemos visto,
sabernos invasores sobre esta tierra.
Ser extraños en suelo propio,
observarnos los rostros,
sabernos ajenos el uno del otro.
Conocidos, en un océano de personas.
Lugar del que no sé
en un sueño que olvidé.
Desconocidos, nos pasamos de largo.
Aquí, en este momento común,
donde conocemos todo.
Ahora somos exiliados,
sobre las mismas escenas,
en estos pavimentos mojados.
Dos, aquí y ahora,
que no se miran a la cara,
divididos en este camino gris.
lunes, 19 de marzo de 2012
martes, 6 de marzo de 2012
Sobre la hierba
Entre tiempo y tiempo, un rostro detrás de otro.
Desaparecen en la niebla...
Las manos que cargan todo este peso, día tras día, las mismas que sostienen esta llave. Detrás del espejo existe otro reflejo, el mundo que descubre esta cerradura al abrirse. Ello da paso a la rutina diaria.
Al alba, el campo abierto. El aire corre entre la hierba y el sol se abre paso por las nubes. Trabajo duro, marcha forzada, tierra.
En la tarde, bajo los árboles que apenas filtran los rayos de luz, el viento roza las manos, las suyas, las que sufren este desgaste. Secas, rotas, se dejan acariciar por la fuerza del aire.
El rocío sobre su piel. El pasto le devora. La luz le abruma. Si quisiera, podría escuchar sus pensamientos; podría sentir la sangre correr por sus manos.
Lágrimas, han decantado esta tinta, la han hecho colores. No los distingo, no los veo. Cae una más y deshace el espectro.
Pero sus manos tocan, su piel raspa, su mirada ciega. Bajo el azul, en el trigo negro, ya no te veo. Sólo queda el sonido de las hojas que cantan en mi mente, las ramas crujen, el palpitar del trigal. Entonces, abrí los ojos y vi que ya no estaba ahí.
sábado, 3 de marzo de 2012
Lo que escribió
Perdóname, Hermes, por no quedarme.
Él me ha cortado los dedos y no hay nada que pueda escribir.
Mis últimos versos se los han llevado estas lágrimas,
se han secado al aire y roto bajo el sol.
Déjame aquí, porque andar más ya no puedo.
Me ha raspado los pies con lijas y la sangre no para.
Se ha burlado de la cruz que llevo,
sin dar lugar al viento sobre mi cara.
Escribe, porque debe hacerlo.
Recuéstame, sobre esta hierba.
Me ha destrozado los huesos con su andar presuroso.
Su piel brilla a la luz viva,
su respiro se siente sobre mi regazo.
Pregúntale, porque ya voz no tengo.
Me ha contado de otros lugares que no he visto.
Mis ojos sólo saben de paisajes lóbregos,
no han reparado en la belleza del océano muerto.
Escribe: "estoy quebrado, ven por mí".
Le he rogado quedarse,
le he observado irse,
dejado solo, así me he hecho.
Dejado solo, en el claroscuro,
caído sobre sus rodillas,
destrkzado mi muro.
Sus letras pasan.
Ruégale regresar a estos brazos,
recargarse sobre este abrigo sucio,
ruégale volver a la luminosidad
bajo estos árboles viejos.
Háblale de la soledad,
del aire en espirales,
del cielo azul en tranquilidad,
de nuestras luchas y nuestras muertes.
Perdóname, Hermes, por no quedarme.
Él me ha cortado los dedos y no hay nada que pueda hacer.
Apiádate de mí,
en este final atardecer.
Roto estoy, vacío por dentro,
dejado solo cuando luz necesitaba.
Muerto estoy, contra este rostro,
y él escribió que no regresaba.
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