Entre tiempo y tiempo, un rostro detrás de otro.
Desaparecen en la niebla...
Las manos que cargan todo este peso, día tras día, las mismas que sostienen esta llave. Detrás del espejo existe otro reflejo, el mundo que descubre esta cerradura al abrirse. Ello da paso a la rutina diaria.
Al alba, el campo abierto. El aire corre entre la hierba y el sol se abre paso por las nubes. Trabajo duro, marcha forzada, tierra.
En la tarde, bajo los árboles que apenas filtran los rayos de luz, el viento roza las manos, las suyas, las que sufren este desgaste. Secas, rotas, se dejan acariciar por la fuerza del aire.
El rocío sobre su piel. El pasto le devora. La luz le abruma. Si quisiera, podría escuchar sus pensamientos; podría sentir la sangre correr por sus manos.
Lágrimas, han decantado esta tinta, la han hecho colores. No los distingo, no los veo. Cae una más y deshace el espectro.
Pero sus manos tocan, su piel raspa, su mirada ciega. Bajo el azul, en el trigo negro, ya no te veo. Sólo queda el sonido de las hojas que cantan en mi mente, las ramas crujen, el palpitar del trigal. Entonces, abrí los ojos y vi que ya no estaba ahí.
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