martes, 31 de agosto de 2010

De corazón, el descanso

Cuando retiré mi cerebro de la cabeza logré no experimentar lo que me rodeaba. La nada se apoderó de mí y desapareció la fatiga mental. El ciclo repetitivo de carga sentimental, en lo cotidiano y lo extraordinario, se había convertido en un pesado lastre.
Las conexiones básicas de separación entre el corazón y el resto del cuerpo se habían tensado. Las emociones parecían pasar a segundo plano al mismo tiempo que el viento azotaba contra mi pecho. El frío pasó como el calor: no lo sentí. La bomba de sangre también necesitaba un descanso.
Música y sonido, yuxtaposición de una imagen con una sensación auditiva. El corazón actúa de una forma extraña, por voluntad propia. El satín en sonoridad, el canto en fotografía, el terciopelo se siente por los oídos y las manos.
La hoja afilada del cuchillo atravesó lentamente la dura corteza de mi pecho. Sobre la silla reposaba. La música de fondo, el corazón en la mano, el gran frasco con agua y alcohol. Un recipiente con luz líquida azul, unas cuantas gotas de sangre y se tornó roja. Brillante, reluciente.
Un trapo fino para limpiar y curar las heridas, un carrete de hilo de oro y una aguja. Cosí y resarcí el músculo. Lo refresqué en la luminosa agua, lo sostuve con fuerza, latiendo como una bomba de tiempo a punto de explotar.
Cera fina, para quitar las últimas impurezas. Con el pecho abierto dejé entrar el aire. La sangre escurría por todo el cuerpo, como si fueran pequeños ríos en un mapa. El sol de media tarde estaba en su apogeo. Ahora sí percibí el paso del tiempo y el espacio: sentía físicamente pero no en emoción.
Cerrar los ojos, fue lo único que pude hacer. Al regresar el corazón a su lugar se sintió más ligero en el pecho. Cera caliente sobre el rostro, sobre el cuerpo. El líquido se escurrió por mis dedos, por los brazos, los hombros...cera caliente que dejó un brillo incomparable en mi ser...

viernes, 27 de agosto de 2010

Aviones

Las voces grabadas adquirían un nuevo sentido. Después de haber leído las hojas que dejaste sobre el escritorio podía comprender la fusión entre el llanto y la risa. En pleno atardecer, viendo pasar a los caminantes y el olor de los carros, sólo recordaba los marcos entre los cuales estaban miles de rostros desconocidos.
Caras y caras, pintadas alrededor del mundo, descarapelándose al correr de las horas. Los días eran más largos y las luces eran más nostálgicas. Nuestras risas se escuchaban obscenas, los sonidos habían vuelto a girar y ahora sonaban diferente.
Cada marco representaba una parte de tu corazón, un pedazo en un lugar del planeta. El mismo escritorio se separaba de su decorado. Las paredes fueron las espectadoras de miles de preguntas. Los mapas colgados, las repisas atiborradas de libros, las fotografías iban decolorándose, todo iba hacia atrás.
Retratos, faltos de ojos y boca. Solitarios, en silencio, decidieron no ver. Letras de fuerte entonación recorrían una y otra vez las mismas páginas. Un momento, un respiro, una gran caja de madera. Sentado en el piso, empecé a recoger los pedazos de las memorias y, una por una, las fui metiendo ahí.
Cada objeto que había amado, cada frase desesperada como si saliera de sus labios, una necesidad de regreso. Finalmente era un desconocido entre la oscuridad de un cuarto y la iluminación de afuera. Me levanté y encendí la luz. Dejé mis labios dentro, los enterré con un puño de tierra y un chorro de sangre.
Puse el corazón ahí, deshecho a martillazos y a pedradas. Un reloj descompuesto, un par de preguntas sin responder, una nota musical para piano, un trozo de madera... Todo lo metí y lo llené de sangre, enterrándolo conmigo mismo. Sólo sonaban los aviones que surcaban el cielo antes de que cayera la noche.

jueves, 26 de agosto de 2010

Las flores de sangre

El sonido desgarrador de las cuerdas se desdibuja en el claroscuro reflejado sobre la pared. Una pequeña luz, un destello mortecino que exalta el dramatismo de la silueta de una mujer. Olor a café, presentimiento sin dirección.
Los violines sonaban, las cabezas saltaban, los cuellos estaban ausentes de sí mismos. Oscuridad con sabor a humedad, los granos de café impregnaban toda la atmósfera, llena de misterio y formas de arte: un arte singular por su estética desordenada, una sensación de desasosiego en aumento desde los reflectores vacíos.
Líneas blancas sin ser vistas, corazones sin latido, el horror de los rostros petrificados. Un calabozo en la explosión de luces nocturnas. Las flores marchitas en un florero azul, las pisadas sobre el escenario, los espectadores inmóviles.
Hoja tras hoja, pasaba la lectura. Una luz blanca disminuida en contraste con un foco rojo, a punto de morir. Letras que hablan sobre la existencia del hombre, las frases iban como agua pesada y densa, en una negrura. Móviles de plata en el techo.
El muerto ya no tiene más, métanlo en partes dentro del bote de basura. Desháganlo, fragmenten sus miembros. El alma se le ha escapado de los ojos. Cierren sus ventanas, azoten las puertas, que los otros cadáveres escuchen el escándalo.
Olor a sangre, sonidos últimos, rigidez. La tragedia llegó al punto más álgido, entre la inutilidad del cuerpo duro y frío, del sudor seco. Las flores muertas, los entornos mezclados, los espíritus han escapado. Los artistas se quedaron atrapados en las paredes, las cajas retiemblan, las puertas se caen, pero seguía leyendo bajo la ironía luminosa...

lunes, 23 de agosto de 2010

Meditaciones y descanso cerebrales

Un espacio básico divide el cerebro del resto del cuerpo. Un impulso le da el ímpetu a los miembros para moverse y dar paso a las actividades cotidianas. Lo diario, lo rutinario es repetitivo; un ciclo marcado que desemboca en un cansancio crónico y deja a la mente en un estado inerte.
Fue ésta la idea que rondaba mi cansada cabeza. Los intentos por pensar se hacían más espaciados e inútiles conforme mi cuerpo se hundía en la suavidad de un sillón tan viejo como las arrugas del rostro.
Mi cerebro pedía a gritos un descanso, una pausa de todas sus actividades. Me imaginé flotando en una alberca repleta de aire y nubes sobre las cuales yacía. En busca de un escape sólo pude pensar en una acción dividida entre la desesperación y las fantasías psicológicas de mis imágenes mentales.
Reuní algunas cosas: un frasco con un brillante líquido azul (como si las estrellas hubieran dejado parte de su estela dentro del pequeño recipiente), una sonda para el brazo, un par de agujas intravenosas y las ganas de quedar gravitando en un espacio vacío.
Fui a la cocina y tomé el cuchillo más filoso que pude encontrar. Después de introducir el líquido en mis venas y sentir, poco a poco, un adormecimiento, agarré la hojilla de metal e hice un corte longitudinal alrededor de mi cabeza. La dura coraza cayó del lado derecho del sillón y caí sentado sobre éste. En un recipiente con agua pura metí mi cerebro a remojar y me dejé llevar, cerré los ojos.
No había imagen ni pensamiento, no veía nada en ningún lugar, no percibía el tiempo ni las emociones. Me equiparé a un vegetal y logré descansar. Pudieron haber pasado años, siglos, milenios. El polvo cubriría mis párpados y mis brazos quedarían a merced de la gravedad, al igual que el resto de mi ser.
Sin embargo no pasaron más que un par de horas. Decidí después experimentar con mi corazón pero los resultados...prefiero compartirlos en otra ocasión, en el momento justo de la luz devorada por las oscuridades salidas a relucir en mi corteza cerebral.

miércoles, 18 de agosto de 2010

No le gustaban las luces de la ciudad

Tal vez era una exageración o una excentricidad llevada a lo más radical de su propio existir, pero a José nunca le gustaron las luces de la ciudad por la noche. De no ser porque su vida empezó a desarrollarse, desde hace unos cuatro años, en la tarde-noche, él no se hubiera dado cuenta del impaciente fulgor de los grandes focos a la lejanía.
Entre luces de sodio, lámparas de mercurio y puntos resplandecientes de neón, José se paseaba con un gesto de disgusto. De su vestimenta se desprendía un dejo de tristeza en las rayas azules y cafés de un suéter desgastado, con un pantalón negro y unos tenis del mismo color. En su mano derecha portaba un anillo discreto y en su muñeca colgaba una pulsera pequeña, color café.
Sus lentes eran de pasta, aunque él hubiera preferido unos cuadrados que no estuvieran "a la moda". Su barba había tenido un mal día, aunque personalmente creo en el sello personal de ese nuevo accesorio, el cual le valía un éxito casi seguro con varias personas. Sus ojos negros contrastaban en un alto grado con la blancura de su piel y sus rasgos finos saltaban ante su mirada penetrante.
Ojos bien abiertos, excelentes espectadores de los aviones al atardecer. El sol y su esplendor van de la mano de la caída del ánimo de su corazón al ver estridentes e intermitentes luces. Siente su pecho aprisionado no sólo por su belleza natural en su pelo, sino también por esos focos, circundantes como una prisión de la cual no hay salida.
Una noche, al salir del académico encierro en las cúpulas de madera, corrió hacia los intrincados circuitos. Voces metálicas se posaban en sus oídos. Distraído, empezó a caminar entre los carros, sin prestar atención alguna a las máquinas salvajes en las avenidas. Después de sentir el aire de cada auto y su estela de gas en sus fosas nasales, una fuerza le llevó abruptamente a otros universos.
Una embestida lo hizo volar sobre tres parabrisas. Las luces de la ciudad, las despreciadas por su mente y actitud, fueron testigos de su acontecer. Una sirena lejana, música desconocida, respiración de un incipiente estudiante que se desvanecía. Una realidad alterna y deshecha en las siguientes palabras.
Al sentir la embestida, los ojos de José se abrieron y se vio en la oscuridad de su cuarto, mientras se sincronizó con la caída sobre su colchón. Se reventó y explotó en una alberca, un hoyo en forma acuática le devoró y lo hizo volver a respirar. Sudaba frío pero no distinguía si era su transpirar o el escurrir del agua sobre su frente.

lunes, 16 de agosto de 2010

Danzante

Una lluvia fina que cae sobre la ciudad, tan suave que no hiere al golpe con la piel. Las luces de noche, los caminantes, los amantes. Se encierran en círculos sobre los mismos circuitos, entre tonos obscenos y relajantes. No era posible percibir la más mínima porción de desesperación de los sonidos.
Sus ojos bailaban, como él mismo daba vueltas en un leve trance, al ritmo de los lejanos tambores. Sintetizador en atmósferas solitarias, entre humos y gotas lentas, hojas sobre el suelo, sobre las calles. Alfombra café, realidad de fusión entre un verano vaporoso y un otoño más cercano al aire frío.
Cerró sus ojos, selló sus labios y continuó bailando, como si fuese un embrujo profundo e infinito. Un absurdo en espiral sobre sus pies se había posado, torciendo sus tobillos. En sus mejillas corrían lágrimas de una sensibilidad ya perdida, como aquella olvidada por el amnésico en tiempos de pesadez e insanidad.
No sé si haya algo más que decir. Sólo lo vi dormir en el pasto húmedo, cuando los rayos del alba asomaron sus puntas en el cielo de madrugada todavía. Los brazos muertos, las piernas amoratadas, los pies negros y partidos, los labios inmóviles. Su dinámica se condensó en el olor de los combustibles quemados, en las fábricas, en los caminantes del nuevo día.
La gente lo veía como quien ve una estatua imponente y, al mismo tiempo, podían calar al hondo pesar de ese hechizo sólo con observar los pequeños hilos de sangre, brotando de sus manos. En sus brazos ya no había nada más, estaba tan vacío y ausente conforme se hacía claro. En su sueño escuchaba el eco etéreo de los tambores y muchas voces como susurros, frases metálicas desvaneciéndose en el espacio...