Una lluvia fina que cae sobre la ciudad, tan suave que no hiere al golpe con la piel. Las luces de noche, los caminantes, los amantes. Se encierran en círculos sobre los mismos circuitos, entre tonos obscenos y relajantes. No era posible percibir la más mínima porción de desesperación de los sonidos.
Sus ojos bailaban, como él mismo daba vueltas en un leve trance, al ritmo de los lejanos tambores. Sintetizador en atmósferas solitarias, entre humos y gotas lentas, hojas sobre el suelo, sobre las calles. Alfombra café, realidad de fusión entre un verano vaporoso y un otoño más cercano al aire frío.
Cerró sus ojos, selló sus labios y continuó bailando, como si fuese un embrujo profundo e infinito. Un absurdo en espiral sobre sus pies se había posado, torciendo sus tobillos. En sus mejillas corrían lágrimas de una sensibilidad ya perdida, como aquella olvidada por el amnésico en tiempos de pesadez e insanidad.
No sé si haya algo más que decir. Sólo lo vi dormir en el pasto húmedo, cuando los rayos del alba asomaron sus puntas en el cielo de madrugada todavía. Los brazos muertos, las piernas amoratadas, los pies negros y partidos, los labios inmóviles. Su dinámica se condensó en el olor de los combustibles quemados, en las fábricas, en los caminantes del nuevo día.
La gente lo veía como quien ve una estatua imponente y, al mismo tiempo, podían calar al hondo pesar de ese hechizo sólo con observar los pequeños hilos de sangre, brotando de sus manos. En sus brazos ya no había nada más, estaba tan vacío y ausente conforme se hacía claro. En su sueño escuchaba el eco etéreo de los tambores y muchas voces como susurros, frases metálicas desvaneciéndose en el espacio...
en verdad es diferente a lo que has escrito :O con un toque de oscuridad muy interesante
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