miércoles, 31 de agosto de 2011

El vacío

Más de la mitad de lo que diga, probablemente, no tenga sentido alguno
[sólo lo digo para intentar alcanzar una silueta fundida en la oscuridad].

Un breve instante y el vacío se convierte en un magneto, el cual atrae al cuerpo con gran fuerza. Así, después, con una sutil chispa de color, el cuerpo se viene abajo y es absorbido por el vacío que está ante sus pies.
Dentro de ese hoyo (que representa la negritud del gran vacío) hay alguien, una entidad que escribe una historia, la pone dentro de un libro en blanco y lo lanza fuera del hoyo.
Otro alguien encuentra este libro y lo lee, dando vida a toda la complejidad de ese entramado, de todas esas letras con sus espacios, de las pausas y sus causas, no hay más que decir.
Pero esto no quiere decir nada, el caso es que yo quería contar muchas cosas al mismo tiempo y no pude: un orden fue necesario para poder relatar algo, una cosa a su momento, hasta llenar muchas páginas. Las restantes, arrancarlas para hacer con ellas barcos de papel.
Me da lo mismo, de todos modos nadie escribe para no ser leido y nadie lee sin esperar un escritor detrás.

domingo, 21 de agosto de 2011

Los perros

No era preciso ni mucho más, pero intenté reconstruir parte de mi memoria, la cual se quemó al sol. Tenía una caja llena de cartas de todos ellos, mas las de Matías eran las importantes. Así pues, transcribiré lo que decía la primera que tomé.

1 de junio

No sé si lo que voy a escribirte fue un sueño o realmente estuve ahí. He tenido días tan sórdidos y no logro distinguir algunas cosas. Estaba acostado en el Parque del centro, sobre el amplio jardín. La luna en el cielo, como un gran foco de mercurio, permanecía impávida a mis ojos. Su luz bañaba todos los árboles en el verano, el aire era levemente frío. Bajo uno de tantos me había recostado; las hojas se reflejaban en mi cara y los colores se distinguían casi a la perfección, sumergidos en un filtro de plata.
Vacío, el parque estaba en silencio. Las ramas cantaban al ritmo del aire y mi mente se había retirado. La medianoche rayaba el cielo y me había vaciado de todo y de todos. Al momento se escucharon rugidos, lejanos. El número de éstos fue en aumento y después me vi rodeado de perros. Me senté sobre el pasto, de color verde plateado, y miré con atención a cada uno de los animales, tratando de escudriñarlos y capturar sus detalles. Me fue imposible.
Ningún perro era agresivo, sólo gruñían. Dentro de ellos estaba el impulso de dejar salir todo antes de explotar, ante la luna. Dirigieron sus hocicos a la luz y formaron un circulo al centro del parque, después miraron hacia arriba y comenzaron a ladrar. Sentí su libertad momentánea y regresé bajo el árbol. Sus ruidos me arrullaron hasta que caí en sueño profundo.
Soñé que los perros corrían por las calles vacías, en la madrugada. Seguían ladrando. Se fueron de la ciudad, se sintieron libres, al tiempo que una parte de mí se iba con ellos. Corrían y ladraban hasta perderse de las banquetas, hasta ver clarear y desaparecer la luna.
De pronto sentí que caía y desperté. La cama se sentía dura, la noche meditabunda, la calle quieta. El parque vacío por la ventana, el árbol donde había estado y un hombre debajo recostado. La sirena de una patrulla resonó al fondo de la avenida y un perro ladraba y corría. Me escurría una gota de sudor por la frente. La luna seguía encendida.
Mi mente no me da sosiego, no distingo. Los lentes no me funcionan tan bien, ya no puedo ver hacia dentro y no me gusta lo de afuera. No entiendo si soñé que soñaba o si estuve ahí. Sólo escucho a los perros ladrar cada noche, desde entonces.
Espero regresar un día y poder relatar más de lo sucedido frente a una cara y no a una hoja de papel.

Era junio. Yo no había soñado hacía mucho tiempo. Después llegó un perro a la puerta de la casa y le di techo. En las noches de luna, ladraba mucho. Nunca intenté callarlo, más bien pensé que trataba de hablar con alguien en voz alta. Tal vez sería con Matías, quizá con los otros perros, pudo haber sido un monólogo. Recuerdo que un día se fue y no regresó. Probablemente haya ido lejos...

domingo, 14 de agosto de 2011

La mirada en el cristal

Las manos adelante, siempre adelante. Las piernas rectas, el impulso de ver por los cristales rayados. La cinta magnética que une orejas con cerebro y corazón se desdibuja entre las luces de la ciudad, fugaz, en cámara lenta.
No es lo mismo observar que ser observado, al igual que las pieles cubren de diferente forma la piel propia. Las manos sudorosas, la vista al cristal, donde aparentemente mira los focos, pero no. La realidad es el posar su mirada sobre la silueta bien definida de alguien, normal, pero etéreo a la vez.
Podrían decirse tantas cosas y callar a la vez. La mente corre desbocada, cual escena de una película de romance secreto. Cierra los ojos y se hunde en el sonido. Abre los ojos y se sumerge en la oscura luminosidad. La silueta sigue ahí, el cuerpo parece inamovible.
Al llegar al destino, la boina que cubre su cabeza se enfrenta al aire, sin moverse de su lugar. La gente se aproxima a la siguiente entrada, la cual deja ver toda la masa que va. Ya no hay espacio ni para el suspiro, mejor dejarle ir.
Las manos adelante, siempre adelante. La mirada en el cristal, viendo las luces y observando la silueta, espiando entre los recovecos para imaginar.

sábado, 13 de agosto de 2011

La piel que se rompe

La fragilidad es una cosa impresionante. Uno no se percata de ello hasta que observa el cristal de la vida quebrarse lentamente, estrellarse de pronto, explotar de la nada. Pero sucede que el cristal no es tan débil como las pieles.
La piel blanca y dura al contacto, apretándola un poco más se llega al interior viscoso, se escurre entre los dedos. Así es el exterior de un huevo, el cual se azota de pronto contra el vidrio del autobús. El golpe se escucha un tanto sordo, un tanto absurdo. De ahí viene la risa hueca y la falta de sentido de nuestras vidas.
El cascarón del huevo (así suele llamarse a la piel de éste) es tan frágil como el hombre en sí mismo. Así pues, el desgaste llega a la ruptura inminente y al escurridizo interior de muchos corazones. El huevo que se azota sobre la ventana se escurre, deja una estela amarillenta que se decanta en blanco, se vuelve nata.
Al fondo la risa absurda, el reflejo de ellos y los demás, con la mirada perdida en el paisaje urbano, con la música nostálgica, cubierto de otras pieles, ajenas.

viernes, 12 de agosto de 2011

Frío

Tengo sangre en las manos, piel deshecha. Sostengo parte de tu cabello, negro, denso. Pensé que sería diferente al paso del tiempo pero las escenas recreadas en otras letras me dieron la clave: es parte de verse en un espejo lejano.
Tengo sangre en las manos, el frío cristaliza su pálido color rojo. Tu piel ya se deshizo, tu rostro se endureció y tus ojos se cerraron. Preferí dejarte sobre la nieve, observar tu silueta fundirse con el calor que escapó de tu cuerpo.
Tu sangre es azul, al contacto con el aire. Tienes mi sangre en tus manos, ahora que mi cuerpo yace en el piso y se le va el aliento a la piel.