No es lo mismo observar que ser observado, al igual que las pieles cubren de diferente forma la piel propia. Las manos sudorosas, la vista al cristal, donde aparentemente mira los focos, pero no. La realidad es el posar su mirada sobre la silueta bien definida de alguien, normal, pero etéreo a la vez.
Podrían decirse tantas cosas y callar a la vez. La mente corre desbocada, cual escena de una película de romance secreto. Cierra los ojos y se hunde en el sonido. Abre los ojos y se sumerge en la oscura luminosidad. La silueta sigue ahí, el cuerpo parece inamovible.
Al llegar al destino, la boina que cubre su cabeza se enfrenta al aire, sin moverse de su lugar. La gente se aproxima a la siguiente entrada, la cual deja ver toda la masa que va. Ya no hay espacio ni para el suspiro, mejor dejarle ir.
Las manos adelante, siempre adelante. La mirada en el cristal, viendo las luces y observando la silueta, espiando entre los recovecos para imaginar.
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