domingo, 21 de agosto de 2011

Los perros

No era preciso ni mucho más, pero intenté reconstruir parte de mi memoria, la cual se quemó al sol. Tenía una caja llena de cartas de todos ellos, mas las de Matías eran las importantes. Así pues, transcribiré lo que decía la primera que tomé.

1 de junio

No sé si lo que voy a escribirte fue un sueño o realmente estuve ahí. He tenido días tan sórdidos y no logro distinguir algunas cosas. Estaba acostado en el Parque del centro, sobre el amplio jardín. La luna en el cielo, como un gran foco de mercurio, permanecía impávida a mis ojos. Su luz bañaba todos los árboles en el verano, el aire era levemente frío. Bajo uno de tantos me había recostado; las hojas se reflejaban en mi cara y los colores se distinguían casi a la perfección, sumergidos en un filtro de plata.
Vacío, el parque estaba en silencio. Las ramas cantaban al ritmo del aire y mi mente se había retirado. La medianoche rayaba el cielo y me había vaciado de todo y de todos. Al momento se escucharon rugidos, lejanos. El número de éstos fue en aumento y después me vi rodeado de perros. Me senté sobre el pasto, de color verde plateado, y miré con atención a cada uno de los animales, tratando de escudriñarlos y capturar sus detalles. Me fue imposible.
Ningún perro era agresivo, sólo gruñían. Dentro de ellos estaba el impulso de dejar salir todo antes de explotar, ante la luna. Dirigieron sus hocicos a la luz y formaron un circulo al centro del parque, después miraron hacia arriba y comenzaron a ladrar. Sentí su libertad momentánea y regresé bajo el árbol. Sus ruidos me arrullaron hasta que caí en sueño profundo.
Soñé que los perros corrían por las calles vacías, en la madrugada. Seguían ladrando. Se fueron de la ciudad, se sintieron libres, al tiempo que una parte de mí se iba con ellos. Corrían y ladraban hasta perderse de las banquetas, hasta ver clarear y desaparecer la luna.
De pronto sentí que caía y desperté. La cama se sentía dura, la noche meditabunda, la calle quieta. El parque vacío por la ventana, el árbol donde había estado y un hombre debajo recostado. La sirena de una patrulla resonó al fondo de la avenida y un perro ladraba y corría. Me escurría una gota de sudor por la frente. La luna seguía encendida.
Mi mente no me da sosiego, no distingo. Los lentes no me funcionan tan bien, ya no puedo ver hacia dentro y no me gusta lo de afuera. No entiendo si soñé que soñaba o si estuve ahí. Sólo escucho a los perros ladrar cada noche, desde entonces.
Espero regresar un día y poder relatar más de lo sucedido frente a una cara y no a una hoja de papel.

Era junio. Yo no había soñado hacía mucho tiempo. Después llegó un perro a la puerta de la casa y le di techo. En las noches de luna, ladraba mucho. Nunca intenté callarlo, más bien pensé que trataba de hablar con alguien en voz alta. Tal vez sería con Matías, quizá con los otros perros, pudo haber sido un monólogo. Recuerdo que un día se fue y no regresó. Probablemente haya ido lejos...

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