sábado, 13 de agosto de 2011

La piel que se rompe

La fragilidad es una cosa impresionante. Uno no se percata de ello hasta que observa el cristal de la vida quebrarse lentamente, estrellarse de pronto, explotar de la nada. Pero sucede que el cristal no es tan débil como las pieles.
La piel blanca y dura al contacto, apretándola un poco más se llega al interior viscoso, se escurre entre los dedos. Así es el exterior de un huevo, el cual se azota de pronto contra el vidrio del autobús. El golpe se escucha un tanto sordo, un tanto absurdo. De ahí viene la risa hueca y la falta de sentido de nuestras vidas.
El cascarón del huevo (así suele llamarse a la piel de éste) es tan frágil como el hombre en sí mismo. Así pues, el desgaste llega a la ruptura inminente y al escurridizo interior de muchos corazones. El huevo que se azota sobre la ventana se escurre, deja una estela amarillenta que se decanta en blanco, se vuelve nata.
Al fondo la risa absurda, el reflejo de ellos y los demás, con la mirada perdida en el paisaje urbano, con la música nostálgica, cubierto de otras pieles, ajenas.

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