lunes, 30 de enero de 2012

En esta noche

«Tiempo, marcado en los signos de esta pantalla, con cristal y plástico. Tiempo, que pasa y no regresa, rápido o lento, sin noción o conscientemente. Tiempo, fugaz o largo, proyectado sobre las paredes.»

Sigue pasando. El tiempo se pone sobre las cortinas rojas de este cuarto al momento de mirar la ciudad. El atardecer al fondo. Aquel hombre toma un cigarro y lo pone entre sus labios, enciende un cerillo. La llama se mueve en cámara lenta y, al dar vida al humo y muerte al tabaco, el mundo parece detenerse mientras exhala la primera bocanada.
Al otro lado del globo un cuarto diferente. Los amantes están frente a frente, sumidos en la sombra. Después de una marea que ha destruido sus pasiones, uno saca un par de guantes de piel. Comienza a ponérselos lentamente, mientras sonríe. El otro se recarga en el baúl de madera. La luz permea sobre la tela oscura y delgada, la medianoche está a punto de partir las nubes.

Mientras el sol va caminando hacia el oeste, el cielo rompe en sangre. El tercer respiro de alquitrán en sus ojos, el humo le rodea el rostro. La vista de vuelta al marco de la ventana. No hay apuro ni meta, no hay pensamiento. Deja pasar un suspiro, regalado al cigarro que sostiene.
En las noches blancas, los amantes se funden. En esta noche oscura, uno, sentado sobre el baúl. El otro se inclina hasta tenerlo ante sus labios. Entretanto, en otra latitud el tabaco sigue quemándose. Con un último dejo de deseo, prefiere apropiarse de un aliento definitivo a dejarle ir para siempre. Los autos pasan y sus ruidos son menores que la respiración agitada y los corazones desgastados.

La ceniza se ha ido en el aire. En la ruptura del cielo y el horizonte enmarcado por los rascacielos, la mitad de este pequeño rollo se ha consumido. Los momentos se encapsulan en una burbuja a punto de reventar. Empieza a oscurecer.
Al separar sus labios, le escurre una lágrima. Los segundos pasan, sigue quemándose nicotina en otro lugar, al mismo tiempo. Al romper la mirada sobre el cristal de la ventana, él saca una navaja. Toma el brazo del otro y huele su perfume. En un instante y en un corte a lo largo de la piel, le llega a las entrañas, sus venas estallan y su dolor permea a la superficie de sus poros.

El fuego encapsulado a cada toma de humo se enciende con fulgor, como las fraguas de lejanos lugares. Los segundos siguen corriendo por el río de luces que van ardiendo poco a poco, corren como la sangre de un amante. El cigarrillo llega a sus últimos aires, cortándose por calor ajeno y muriendo a manos de un hombre que mira fijamente la ciudad.
Se ha resbalado del baúl y se ha quedado sentado en el piso, viendo con atención la piel entreabierta. El amante se va, agarra una maleta y sale. Guarda la navaja en el mismo bolsillo, guarda sus recuerdos en una caja para tirarla al océano. La madrugada ha caído de lleno y la luz, la luz todavía no llega.

El cielo se ha cubierto de un azul más oscuro. Un avión surca las nubes y las desvanece. El hombre aplasta su cigarro contra el filo del marco y lo arroja a la calle. El ritual del atardecer se disipa entre los espejos de los edificios y, lejos de ahí, un rojo que se ha vuelto sangre, al otro lado de la inconsciencia; una burbuja que se ha reventado y ha dejado un charco negro sobre el piso de la habitación, sobre una superficie donde la oscuridad se proyecta en un mundo alterno, al tiempo que el tabaco se consume en escasos minutos.

miércoles, 25 de enero de 2012

Des-versado

Rima, ¿para qué te quiero?,
si de tu letra
la sangre no brota
y de la belleza
no arroja su lágrima
el rojo de tu tristeza.

Yo, no sé de poesía,
ni de oscuro verso,
partido en dos
en la hora del deceso,
ni de clara tregua
en esta final línea.

sábado, 21 de enero de 2012

Un sueño nemoroso

Y entonces salían a vagar al bosque
y regresaban al anochecer, a la casa de cerámica.

La perilla giraba siempre a la misma hora, todas las noches. Entraba al departamento y encendía todas las luces, porque estando solo nunca se sabe lo que puede ocurrir. La rutina siempre era la misma: el tocadiscos con la misma canción, la de Prévert; el agua que hervía y chorreaba; el aroma a té. Dejaba caer su cuerpo sobre el sillón y extendía las piernas, mientras se quitaba la corbata y leía el periódico o un libro.
Al sonido de las burbujas, una taza aparecía sobre la mesa y el olor a limón se esparcía por el cuarto. El cenicero siempre estaba repleto, los otros periódicos amontonados y la noche caía hacía los vapores de la madrugada. 

De pronto, al dejar que el letargo le permitiera mover los dedos, volvía en sí. Entre la espesa niebla podía oler las ramas de los pinos y el pasto del bosque albergaba la paz de un lugar en medio de la nada. Nadie alrededor, nada más que el juego de sombras y los troncos llenos de musgo. Sus pisadas eran fuertes y rápidas, los latidos levemente elevados, la emoción contenida en un llanto seco desde hacía varios días. Quiso levantarse pero su cansancio no le dejó. Permaneció acostado y cerró los ojos, al momento que escuchaba el crujir de las hojas muertas.

Al amanecer, los pájaros cantaban y el olor de los árboles entraba de golpe en toda la sala. Una vez más despertaba en el sillón. Iba a cambiarse, al tiempo que olía el pino y el disco había continuado toda la noche. 
Ilusiones entre hojas muertas, las que nunca entendió. Prefirió tomar el desayuno en el balcón. Sentía una rareza en el aire, el sol se traslucía detrás de las nubes espesas y no daba su brillo por completo. Puso la misma taza con el té de limón, mientras reposaba con la mirada fija en las calles. Al tiempo que se levantaba de la silla, puso su pie sobre el escalón. Sintió un leve movimiento y unos segundos después iba cayendo hacia atrás. Cuando sintió el golpe en la cabeza, miró al techo y se desmayó.

Parecía haber dormido toda la mañana. La hierba ahora se sentía húmeda y el frío pesaba más conforme avanzaba la muerte de la luz. Se levantó y caminó. Sintió un mareo y una punzada en la cabeza, pero decidió continuar.
Los últimos rayos del sol hacían que el olor a pino saliera de la corteza de estos árboles. Buscaba algo que comer, habían pasado días desde la vez que probó un té y un trozo de pan. El hombre no vive sólo de banquetes olfativos.
Pisadas lentas y erráticas que iban delante de otras más fuertes y contundentes. Un juego alargado por las noches y se detenía a la luz. Encontró unas cuantas hierbas y se refugió bajo un árbol. Ahí perdió el conocimiento.

El impacto fue tan duro que rodó hasta el barandal. Permaneció inconsciente gran parte del día. Se paró y miró el cuarto que daba vueltas, una tras otra. Chocó tres veces con el mismo ropero y se encontró dando vueltas a mitad de la sala. Se estrelló contra un gabinete y, sin querer, accionó el tocadiscos. Una y otra vez, las mismas hojas muertas, las cuales estaban bajo sus pies, las hojas secas que mató con sus lágrimas. Cayó y ahí se abandonó.

Era demasiado tarde, el alba clareaba en el horizonte y no podía seguir caminando en el bosque. Era un mal sueño, uno lineal y concreto, entre cuatro paredes que daban a una red de asfalto. Era una fantasía nemorosa, un instante borrado de la memoria. Los hombres se acercaban, los fusiles en mano. Los hombres venían, a cada paso más cerca. Arrastrándose, sus rodillas se desgastaron. Cuando no pudo más, los otros ya casi llegaban. 
Al ver el lugar donde estaba, soñaba con el vapor del té de limón. Él se había hecho humo entre la hierba, se había hecho cerámica en el piso. Cuando los otros llegaron, vieron el pasto y su dejo de vaho. Cuando los otros entraron con la camilla, vieron humo salir del piso y una marca blanca, de la cual no se ha podido saber absolutamente nada.

viernes, 6 de enero de 2012

En la penumbra del sol

Sobre la ciudad el sol rompe en color anaranjado, sobre estas cortinas rojizas se filtra la luz al cuarto. El humo se levanta y deja su estela, su olor, su extensión. El cenicero lleno, los brazos vacíos, la cama a la mitad y toda la habitación a media tinta.

[Yo no supe nunca, yo no pude nunca, 
encontrar manera alguna para poner en líneas estos versos.]

Mira al techo y sigue el humo de este cigarro, a punto de terminarse. Parado frente a la ventana observa el atardecer. La luz que va muriendo, entra al cuarto y le deja la sombra de su silueta. Mira al techo y desvía sus ojos al otro, sobre la cama, y antes de tomar la pluma para pintarlo en letras, piensa en su retrato.
A la luz de la noche su piel es apiñonada. Su rostro posee belleza particular y se cubre con dos cristales que chocan con el reflejo del horizonte. Sus cabellos no parecen cortos ni largos; su barba contra mi pecho, contra mi pecho; y al tiempo que sus ojos ven hacia arriba, el día se eleva hasta el alba, hasta el alba.
En la penumbra de estas planicies, en la oscuridad de estos pensamientos, vienen todas estas palabras que sirven como un marco a un cuadro que nunca se pintó. Sobre esta piel pasaron las lluvias y las sequías, las penas y las hambrunas, las sonrisas y las lágrimas; y ahora, en esta lejanía, el cuadro se hace en blanco y negro.
Bajo el sol de mediodía, su pelo castaño no deja pasar los rayos. Su pecho es un escudo, una fortaleza donde anida el alma. El cielo recubre el horizonte claro y mientras el humo se eleva y el día se evapora, se evapora en sus ojos.

En sus pupilas florece la flor del mal, el botón del olvido, estos poemas rotos. En su voz, los ecos de otra poesía. Y en su mirada el reflejo de este sueño, mientras el humo se disipa en la multitud y el día se levanta, se evapora hacia el atardecer.