[Yo no supe nunca, yo no pude nunca,
encontrar manera alguna para poner en líneas estos versos.]
Mira al techo y sigue el humo de este cigarro, a punto de terminarse. Parado frente a la ventana observa el atardecer. La luz que va muriendo, entra al cuarto y le deja la sombra de su silueta. Mira al techo y desvía sus ojos al otro, sobre la cama, y antes de tomar la pluma para pintarlo en letras, piensa en su retrato.
A la luz de la noche su piel es apiñonada. Su rostro posee belleza particular y se cubre con dos cristales que chocan con el reflejo del horizonte. Sus cabellos no parecen cortos ni largos; su barba contra mi pecho, contra mi pecho; y al tiempo que sus ojos ven hacia arriba, el día se eleva hasta el alba, hasta el alba.
En la penumbra de estas planicies, en la oscuridad de estos pensamientos, vienen todas estas palabras que sirven como un marco a un cuadro que nunca se pintó. Sobre esta piel pasaron las lluvias y las sequías, las penas y las hambrunas, las sonrisas y las lágrimas; y ahora, en esta lejanía, el cuadro se hace en blanco y negro.
Bajo el sol de mediodía, su pelo castaño no deja pasar los rayos. Su pecho es un escudo, una fortaleza donde anida el alma. El cielo recubre el horizonte claro y mientras el humo se eleva y el día se evapora, se evapora en sus ojos.
En sus pupilas florece la flor del mal, el botón del olvido, estos poemas rotos. En su voz, los ecos de otra poesía. Y en su mirada el reflejo de este sueño, mientras el humo se disipa en la multitud y el día se levanta, se evapora hacia el atardecer.
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