Y entonces salían a vagar al bosque
y regresaban al anochecer, a la casa de cerámica.
Al sonido de las burbujas, una taza aparecía sobre la mesa y el olor a limón se esparcía por el cuarto. El cenicero siempre estaba repleto, los otros periódicos amontonados y la noche caía hacía los vapores de la madrugada.
De pronto, al dejar que el letargo le permitiera mover los dedos, volvía en sí. Entre la espesa niebla podía oler las ramas de los pinos y el pasto del bosque albergaba la paz de un lugar en medio de la nada. Nadie alrededor, nada más que el juego de sombras y los troncos llenos de musgo. Sus pisadas eran fuertes y rápidas, los latidos levemente elevados, la emoción contenida en un llanto seco desde hacía varios días. Quiso levantarse pero su cansancio no le dejó. Permaneció acostado y cerró los ojos, al momento que escuchaba el crujir de las hojas muertas.
Al amanecer, los pájaros cantaban y el olor de los árboles entraba de golpe en toda la sala. Una vez más despertaba en el sillón. Iba a cambiarse, al tiempo que olía el pino y el disco había continuado toda la noche.
Ilusiones entre hojas muertas, las que nunca entendió. Prefirió tomar el desayuno en el balcón. Sentía una rareza en el aire, el sol se traslucía detrás de las nubes espesas y no daba su brillo por completo. Puso la misma taza con el té de limón, mientras reposaba con la mirada fija en las calles. Al tiempo que se levantaba de la silla, puso su pie sobre el escalón. Sintió un leve movimiento y unos segundos después iba cayendo hacia atrás. Cuando sintió el golpe en la cabeza, miró al techo y se desmayó.
Parecía haber dormido toda la mañana. La hierba ahora se sentía húmeda y el frío pesaba más conforme avanzaba la muerte de la luz. Se levantó y caminó. Sintió un mareo y una punzada en la cabeza, pero decidió continuar.
Los últimos rayos del sol hacían que el olor a pino saliera de la corteza de estos árboles. Buscaba algo que comer, habían pasado días desde la vez que probó un té y un trozo de pan. El hombre no vive sólo de banquetes olfativos.
Pisadas lentas y erráticas que iban delante de otras más fuertes y contundentes. Un juego alargado por las noches y se detenía a la luz. Encontró unas cuantas hierbas y se refugió bajo un árbol. Ahí perdió el conocimiento.
El impacto fue tan duro que rodó hasta el barandal. Permaneció inconsciente gran parte del día. Se paró y miró el cuarto que daba vueltas, una tras otra. Chocó tres veces con el mismo ropero y se encontró dando vueltas a mitad de la sala. Se estrelló contra un gabinete y, sin querer, accionó el tocadiscos. Una y otra vez, las mismas hojas muertas, las cuales estaban bajo sus pies, las hojas secas que mató con sus lágrimas. Cayó y ahí se abandonó.
Era demasiado tarde, el alba clareaba en el horizonte y no podía seguir caminando en el bosque. Era un mal sueño, uno lineal y concreto, entre cuatro paredes que daban a una red de asfalto. Era una fantasía nemorosa, un instante borrado de la memoria. Los hombres se acercaban, los fusiles en mano. Los hombres venían, a cada paso más cerca. Arrastrándose, sus rodillas se desgastaron. Cuando no pudo más, los otros ya casi llegaban.
Al ver el lugar donde estaba, soñaba con el vapor del té de limón. Él se había hecho humo entre la hierba, se había hecho cerámica en el piso. Cuando los otros llegaron, vieron el pasto y su dejo de vaho. Cuando los otros entraron con la camilla, vieron humo salir del piso y una marca blanca, de la cual no se ha podido saber absolutamente nada.
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