Debo decir que hoy vi a todos los pájaros alejándose de los ríos caudalosos de contaminación citadina. Los edificios se hacían cada vez más pequeños y sus interiores se comprimían como los espacios se cierran entre cuatro paredes.
"Querido diario, hoy vi que todos los pájaros se alejaban de la ciudad. Me pareció extraño verlos volar al horizonte que rompía en sangre naranja. El ventanal de la oficina se hacia cada vez más grande y brillaba más mientras el sol iba en su camino a Japón. ¿A dónde iban los eternos voladores tan veloces?"
Es la inutilidad y la falacia de los seres metálicos, habitantes de las sonoras y conflictivas urbes de estructura compleja; es la precaria situación de lo inherente al hombre y su intrincada composición espiritual; es el aire enrarecido, olores múltiples, mareo y náusea.
Los pájaros volaban al ver la miseria en su esplendor. Escapaban de la ciudad antes de su explosión, dirigiéndose al horizonte que rompía en sangre naranja. Los golpes llenos de escarlata, las moradas y transitadas avenidas, los azules rostros, los ojos llenos de lágrimas, la violencia sin represión y la opresión sin medida.
El detonador fue el ser humano mismo, el artista de la estridente expresión de las fuerzas heterogéneas, los poderes que nadie gusta de ver en el paisaje. El ciclo se repetía cada tarde, cuando los hombres reposaban en sus oficinas, sentados frente al inmenso estacionamiento, en el momento en el cual los escritores destrozaban sus mentes frente a las hojas de papel o las pantallas brillantes.
Sin embargo, el círculo vicioso del día estaba a punto de cambiar, en el preciso instante en que el horizonte rompiese en sangre, el hombre estallaría en polvo arrastrado por el viento, en escarlata y azul dejo de las mismas lágrimas de los últimos tiempos. La miseria también es un pájaro, aquel que vuela de regreso cuando los demás abandonan los lugares.
martes, 28 de septiembre de 2010
domingo, 26 de septiembre de 2010
Los voladores nocturnos
Plumas negras, cayendo de las oscuras nubes. Los voladores nocturnos salieron a las calles a devorar los últimos rayos de luz, proyectando sombra tras sombra por toda la urbe. Alas negras que surcaban el cielo en oscuridad, a vuelo rápido y fugaz.
Las imágenes de los ángeles, venidos desde las altitudes, se hacían visibles en los puntos más alejados de los incandescentes focos citadinos. Portadores de las voces más oscuras de los hombres, venían a llevarse los espíritus escondidos, los faltos de rojo escarlata en las venas.
Sus pieles blancas refulgían y contrastaban con los reflejos tan azules de sus pupilas. No son las ortodoxas formas de la espiritualidad, son las representaciones de una abstracción que se muestra únicamente fuera de luces, fuera de foco.
Cubrieron los cuerpos con un líquido viscoso, negro, denso como el aceite, dulce como la leche. Los ángeles oscuros devoraban con facilidad la soledad, los vuelcos fallidos, las profundas oquedades. Fueron combinaciones entre gravedad y suspensión en el aire, movimientos sutiles e imperceptibles a simple vista.
Un sonido de teclas etéreas, un piano a la lejanía, despedía a los voladores a mitad de la madrugada, cuando la oscuridad todavía sumía a las calles en su manto. Los espíritus se cubrían de las burbujas aplastadas de aquel elemento, escurriéndose por cada espacio de piel, jugando entre los dedos y el pecho.
Esos seres a la deriva se convirtieron en un alimento intangible para los ansiosos de absorber, uno por uno, los gramos de lucidez y pasión. Dejaron sus ojos como canicas sin brillo, sus manos delgadas y sus rostros ausentes.
Las imágenes de los ángeles, venidos desde las altitudes, se hacían visibles en los puntos más alejados de los incandescentes focos citadinos. Portadores de las voces más oscuras de los hombres, venían a llevarse los espíritus escondidos, los faltos de rojo escarlata en las venas.
Sus pieles blancas refulgían y contrastaban con los reflejos tan azules de sus pupilas. No son las ortodoxas formas de la espiritualidad, son las representaciones de una abstracción que se muestra únicamente fuera de luces, fuera de foco.
Cubrieron los cuerpos con un líquido viscoso, negro, denso como el aceite, dulce como la leche. Los ángeles oscuros devoraban con facilidad la soledad, los vuelcos fallidos, las profundas oquedades. Fueron combinaciones entre gravedad y suspensión en el aire, movimientos sutiles e imperceptibles a simple vista.
Un sonido de teclas etéreas, un piano a la lejanía, despedía a los voladores a mitad de la madrugada, cuando la oscuridad todavía sumía a las calles en su manto. Los espíritus se cubrían de las burbujas aplastadas de aquel elemento, escurriéndose por cada espacio de piel, jugando entre los dedos y el pecho.
Esos seres a la deriva se convirtieron en un alimento intangible para los ansiosos de absorber, uno por uno, los gramos de lucidez y pasión. Dejaron sus ojos como canicas sin brillo, sus manos delgadas y sus rostros ausentes.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Las dos magnitudes
"Somos extraños en una tierra extraña, vagando por los oscuros rincones del lugar."
Contraste entre las dos magnitudes más evidentes en la naturaleza, la danza entre dos entes tan lejanos y, al mismo tiempo, tan cercanos. Un calor que desprende la estela luminosa, una sensación de intensa humedad en la oscuridad de sus pensamientos.
Recostado sobre un espejo de agua, visto desde la penumbra del cielo nocturno. Nublado. La luna se esconde detrás de las máscaras etéreas de la lluvia que todavía no cae. Sudando frío, las gotas recorren el cuerpo y no es posible distinguir entre el dulce sabor del agua y el salado choque del sudor.
Escala de grises sobre placas bañadas en plata, una abstracción de la imagen del ser en cuartos oscuros. Proyecciones infinitas de la luna sobre ella misma. Azul. Oscuro. Los brujos se camuflan entre los árboles que rodean el espejo de agua, de un lado. Al frente las grandes barreras de cemento, con pequeños ojos ahumados. Cierro los ojos, los pensamientos pasan como las pesadas gotas sobre la piel.
Las superficies se hacen sensibles a la humedad del ambiente. La noche se extiende por las alturas como las heridas se hacen más hondas en el corazón. Las oposiciones siguen danzando arriba, alineadas como las estrellas que forman constelaciones. La bóveda celeste es un gran escenario y los destellos son los bailarines. Yo soy el espectador, sobre el mismo espejo, hundido en los profundos pesares.
Dos extraños en una tierra extraña. Dos seres en un planeta desconocido. Dos formas de percibir la oscuridad en tiempos de rara lucidez. Es un ritual infinito, un cambio de personajes, una misma historia contada más de mil veces. Un baile que termina lleno de rojo, cubierto con una coraza gris. Pensar sobre las aguas oscuras de aquel lugar, un día previo a las explosiones solares otoñales. Recordar sobre olvidadas flores, marchitas, como me quedé ciego a plena luz del día.
Recostado sobre un espejo de agua, visto desde la penumbra del cielo nocturno. Nublado. La luna se esconde detrás de las máscaras etéreas de la lluvia que todavía no cae. Sudando frío, las gotas recorren el cuerpo y no es posible distinguir entre el dulce sabor del agua y el salado choque del sudor.
Escala de grises sobre placas bañadas en plata, una abstracción de la imagen del ser en cuartos oscuros. Proyecciones infinitas de la luna sobre ella misma. Azul. Oscuro. Los brujos se camuflan entre los árboles que rodean el espejo de agua, de un lado. Al frente las grandes barreras de cemento, con pequeños ojos ahumados. Cierro los ojos, los pensamientos pasan como las pesadas gotas sobre la piel.
Las superficies se hacen sensibles a la humedad del ambiente. La noche se extiende por las alturas como las heridas se hacen más hondas en el corazón. Las oposiciones siguen danzando arriba, alineadas como las estrellas que forman constelaciones. La bóveda celeste es un gran escenario y los destellos son los bailarines. Yo soy el espectador, sobre el mismo espejo, hundido en los profundos pesares.
Dos extraños en una tierra extraña. Dos seres en un planeta desconocido. Dos formas de percibir la oscuridad en tiempos de rara lucidez. Es un ritual infinito, un cambio de personajes, una misma historia contada más de mil veces. Un baile que termina lleno de rojo, cubierto con una coraza gris. Pensar sobre las aguas oscuras de aquel lugar, un día previo a las explosiones solares otoñales. Recordar sobre olvidadas flores, marchitas, como me quedé ciego a plena luz del día.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Un amor del que no se habla...
Para Nacho
Pasión o sacrificio, el amor golpea la cabeza con un martillo y hace brillar la sangre. Es la expresión de una pulsión, una necesidad, un deseo, la construcción de uno mismo por medio de otro.El amor es emoción y sensación a la vez, retumbando fuerte en el corazón. Para algunos es pasión entregada en cada centímetro de piel. Para otros es sacrificio que exuda por cada poro del ser.
Pero el amor entre dos hombres es diferente. Toma dos corazones, dos impulsos, dos ensoñaciones, al igual que el profesado entre hombre y mujer. Sin embargo es más fuerte, más dramático, más rojo y profundo.
Es superficial y también penetra en las venas como energía solar. Una constante fantasía, una utopía continua, una interacción tan cotidiana como diversa. Un juego de miradas que acaba en juego de cuerpos.
Dos hombres se entregan con la misma intensidad que hombre y mujer, pero el sabor de sus labios es tan fuerte como el sabor del vino tinto seco, como el estruendo de la caída de un árbol, como el violento roce de una barba contra la piel desgastada.
Es un giro que parece interminable, un ciclo mutable que se define entre luz y oscuridad. El eco eterno de una campana, la caída de una intensa luz sobre un escenario, iluminando la actuación erótica de los cuerpos y atrayendo las miradas circundantes.
Es una simbiosis compleja, una necesidad enfermiza inscrita en una lucha constante. Es la competencia en miles de espejos que se fragmentan en una pantalla.
El amor entre hombres se extiende por un campo negro de trigo o un gran desierto alojado en el pecho. Es dolor y goce, como el placer estético cuando se aprecia una obra de arte.
Dos hombres van y vienen como las olas de mar, con movimientos suaves como la seda. Cortan su superficialidad con un cuchillo afilado y hieren sus entrañas hasta llegar a lo más profundo del alma.
Finalmente, amor. Es la unión de dos seres sin importar su sexo, dos personas hipnotizadas por la pasión y la alegría, por la desilusión y el desengaño, por el sueño continuo de encontrar la otredad que complemente su existencia.
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