Debo decir que hoy vi a todos los pájaros alejándose de los ríos caudalosos de contaminación citadina. Los edificios se hacían cada vez más pequeños y sus interiores se comprimían como los espacios se cierran entre cuatro paredes.
"Querido diario, hoy vi que todos los pájaros se alejaban de la ciudad. Me pareció extraño verlos volar al horizonte que rompía en sangre naranja. El ventanal de la oficina se hacia cada vez más grande y brillaba más mientras el sol iba en su camino a Japón. ¿A dónde iban los eternos voladores tan veloces?"
Es la inutilidad y la falacia de los seres metálicos, habitantes de las sonoras y conflictivas urbes de estructura compleja; es la precaria situación de lo inherente al hombre y su intrincada composición espiritual; es el aire enrarecido, olores múltiples, mareo y náusea.
Los pájaros volaban al ver la miseria en su esplendor. Escapaban de la ciudad antes de su explosión, dirigiéndose al horizonte que rompía en sangre naranja. Los golpes llenos de escarlata, las moradas y transitadas avenidas, los azules rostros, los ojos llenos de lágrimas, la violencia sin represión y la opresión sin medida.
El detonador fue el ser humano mismo, el artista de la estridente expresión de las fuerzas heterogéneas, los poderes que nadie gusta de ver en el paisaje. El ciclo se repetía cada tarde, cuando los hombres reposaban en sus oficinas, sentados frente al inmenso estacionamiento, en el momento en el cual los escritores destrozaban sus mentes frente a las hojas de papel o las pantallas brillantes.
Sin embargo, el círculo vicioso del día estaba a punto de cambiar, en el preciso instante en que el horizonte rompiese en sangre, el hombre estallaría en polvo arrastrado por el viento, en escarlata y azul dejo de las mismas lágrimas de los últimos tiempos. La miseria también es un pájaro, aquel que vuela de regreso cuando los demás abandonan los lugares.
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