El sonido desgarrador de las cuerdas se desdibuja en el claroscuro reflejado sobre la pared. Una pequeña luz, un destello mortecino que exalta el dramatismo de la silueta de una mujer. Olor a café, presentimiento sin dirección.
Los violines sonaban, las cabezas saltaban, los cuellos estaban ausentes de sí mismos. Oscuridad con sabor a humedad, los granos de café impregnaban toda la atmósfera, llena de misterio y formas de arte: un arte singular por su estética desordenada, una sensación de desasosiego en aumento desde los reflectores vacíos.
Líneas blancas sin ser vistas, corazones sin latido, el horror de los rostros petrificados. Un calabozo en la explosión de luces nocturnas. Las flores marchitas en un florero azul, las pisadas sobre el escenario, los espectadores inmóviles.
Hoja tras hoja, pasaba la lectura. Una luz blanca disminuida en contraste con un foco rojo, a punto de morir. Letras que hablan sobre la existencia del hombre, las frases iban como agua pesada y densa, en una negrura. Móviles de plata en el techo.
El muerto ya no tiene más, métanlo en partes dentro del bote de basura. Desháganlo, fragmenten sus miembros. El alma se le ha escapado de los ojos. Cierren sus ventanas, azoten las puertas, que los otros cadáveres escuchen el escándalo.
Olor a sangre, sonidos últimos, rigidez. La tragedia llegó al punto más álgido, entre la inutilidad del cuerpo duro y frío, del sudor seco. Las flores muertas, los entornos mezclados, los espíritus han escapado. Los artistas se quedaron atrapados en las paredes, las cajas retiemblan, las puertas se caen, pero seguía leyendo bajo la ironía luminosa...
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