miércoles, 6 de abril de 2011

Disertación sobre la oscuridad

¿Has sentido alguna vez, en lo más profundo del ser, cómo raya la oscuridad tu piel y deja huecos en ella? Es en ese instante, cuando los vacíos atrás dejados se rellenan de grandes silencios y pausas que se avecinan infinitas.
Yo no sé de que va la oscuridad ni entiendo la magnitud de las zonas calladas. Sólo comprendo que su inmensidad rebasa el tamaño del océano y se desborda por las esquinas de un par de ojos llorosos.
He sentido al aire, libremente yendo de aquí a allá, desgarrando las células y llegando a las entrañas. He visto cómo los huecos se llenan de oscuridad y los huesos se tornan sepia. Los días son mecánicamente absurdos.
El silencio es grande, aguardo por un milagro, uno que no llega. Pasan los caminantes, pasan los zapatos, viene una lluvia de imágenes y la gente corre a refugiarse. Lo demás es totalmente indiferente.
¿Has sentido alguna vez, en lo más hondo de tu pecho, cómo el vacío se apodera de tu voz? Es que ya no te escucho. Es que tú ya no me escuchas. En ese espacio negro y sordo, en aquel breve momento, se rompe el vaso, se fragmenta en cristales.
Los cristales te cortaron las cuerdas. Las cuerdas sostenían tu corazón. El corazón ya se había podrido en la basura. La basura se la llevó el vagabundo. El vagabundo encontró un tesoro. El tesoro fue tirado en la oscuridad. La oscuridad se comió tu resto.

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