El aire corre fuerte. Hace frío en el calor del sol. Si pones atención, lograrás escuchar el llanto, muy bajo. Soy el único que lo oye, de entre las ramas viene, de entre los brazos de un rostro conocido, colgado en una pared.
El cielo está herido. Hay un gran hoyo en la superficie de las nubes grisáceas, pálidas. Es cuando el sonido, el sollozar, muestra su vestimenta convertida en plumas pegajosas, en cantos ajenos y lejanos.
Las plumas se transforman en dedos de cristal, que se rompen al caer de la medianoche. Escucha cómo se quiebran en pedacitos. El llanto sigue en el fondo del bosque, en las hojas. Concentra tu atención, pero no es de medianoche. El cristal se fragmenta.
El amor no tiene color en sí, hoy se le ve marrón y mañana ya es invisible. Se pierde entre los pasos, en el cerrado follaje, entre los brillos rotos, bajo el sol frío. Su vestir se muestra y, al paso de su despliegue, el día se transforma en noche.
La luna es el amor en forma de foco, el cielo es el regazo del amor. El río es el espejo en el cual se refleja todas las noches y, entonces, pierde color, como los troncos se oscurecen. Las plumas se las llevó el viento.
Silencio. Escucha las pisadas, como se alejan lentamente...
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