allende los montes del asfalto,
se le ve ante los automóviles.
Bajo los zapatos resuenan sus pisadas,
el semáforo cabe las luces mortecinas,
rezaba como fiel creyente,
con el humo encima la cara.
Sangre contra el pecho, contra el suelo.
Las cruces de fuego cubrieron la calle.
Le abarcaron desde el rostro,
en los ojos se absorbieron,
entre sus labios se consumieron,
excepto en las comisuras,
bajó hacia su abdomen,
le llegó hasta el último dedo.
Mediante esfuerzos se levantó
para encontrar que no se sostendría,
por más que trató,
según el niño de cabellos negros,
sin sentido daba pasos en círculo.
No se sostuvo y cayó so la manta,
sobre el suelo que colchón se hizo,
colchón que reventó tras las plumas.
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