Las cosas explotan. Todos los días, a determinadas horas, explotan. Las almas perciben las explosiones y los cuerpos las dejan pasar. Los tiempos se hacen raros, adelgazan como el aire en época de calor. Cada cosa absorbe mucho y saca poco en gotas de sudor, resumidas a frentes saladas y esquinas calientes.
Las personas entienden, comprenden sólo pocas cosas del mundo. Hablan de todo y alcanzan pedazos de luz fragmentados en cristales. Cada trozo es como un grano de arena. Ese diminuto grano es la porción de entendimiento de una persona. En la vida siempre hay quien decide trabajar esa pequeña parte y agrandarla.
La lengua cambia. Me doy cuenta tarde. Comprendo una parte, la demás se va. Así está incompleto el círculo. Sé cómo debe completarse, sólo a medias. Es un ciclo repetitivo, una pesada cortina de humo. Nos cubre los cráneos. Escribimos y comprendemos. Se hace lo que se puede, a medias. Es cuestión de sacar el gris y traer una gama de colores.
El amor cambia. Mueve a las personas y al mundo en general. Se dice que es el amor por lo que uno se levanta día a día. Se escribe, se entiende, se expresa: su tinta se desvanece, se pierde. El corazón explota, el calor sube, las personas entienden, los periodistas escriben, la gente cambia, la lengua evoluciona (según).
Yo sé que sólo sé todo lo que me es fútil, fugaz. Yo sé que debería saber lo que me sirva. Yo sé que puede cambiar. Perdí el grano de arena. Voy a buscarlo mientras hierve el agua, mientras cantan los pájaros, mientras el aire mueve las ramas, mientras hablas sensatamente de lo baladí. El mundo explota, día tras día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario