martes, 3 de mayo de 2011

De realidad y peso

La realidad es una cosa apabullante, un concepto duro y, al mismo tiempo, abstracto. Dicha construcción, en ocasiones, trabaja de una forma bastante peculiar: es como si alguien te tomara fuertemente del cuello y te azotara contra el piso con todas sus energías. Quedas inconsciente. La sangre se escurre en el pavimento y tus sesos están expuestos, visibles sólo para quien te ha tirado.
Sí, ser golpeado y pisoteado por la realidad es demasiado gráfico. Ella no está preparada para ser dulce, breve, tranquila. La verdad es que no se logra entender a la realidad hasta que no se está dentro de ella, hasta el momento en que uno se da cuenta del lugar sobre el cual se ha caído.
El color grisáceo de los sesos sobre el piso va explotando en colores. El cerebro se confunde con la calle. No se ve a simple vista. La realidad es para los incansables observadores, los insaciables curiosos, los entrometidos y los seres que gustan de navegar en la introspección. Pensar nunca está de más pero en la dura realidad, se vuelve un tormento en vaivén.
Alterada o no, decente o indecorosa, siempre gira en torno a las personas. Sólo sucede que nadie se da cuenta de su existir. Es como el aire, como el sol, como el cielo: presente a diario, evidente e invisible al mismo tiempo.
Aquí la realidad se vuelve sólida cuando se logran poner letras en combinaciones torcidas. Va de por medio el trabajo mental del mismo cerebro aplastado a mitad del concreto, de las salpicaduras y el azote, del chorro a presión. Las letras se columpian, una tras otra; forman palabras que hacen juegos; los perros juegan con ellas. Escribo, pero no para que me leas, sino para formar de mí la realidad que pesa cada día.

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