domingo, 29 de mayo de 2011

La piel también se des-entrama

Un pequeño trozo dentro de otros trozos, corto entre los cortos y bien dado para satisfacer su necesidad de saber lo que le pasó a Matías.
Estaba sentado, ocioso, leyendo las páginas en las que se le iba el aire. Su respiración era normal aunque su emoción era latente. Hacía calor. El mediodía no perdona ni a las hormigas que se cubren con hojas para mitigar la luz solar.
La camiseta gris, fresca, no era suficiente. El sudor estaba pero era poco, lo secó con un pañuelo. Matías se rascaba la barba, buscando entre su tupido y espeso bosque el grano que le molestaba. Era algo pequeño pero demasiado insolente (o eso llegó a pensar Matías).
Se rascó con insistencia y logró sacarlo, pero al mismo tiempo fue jalando algo, como un pequeño hilo, muy delgado. La curiosidad le apuñaló por la espalda y decidió dejar el cuchillo allí, mientras seguía tirando del hilo. Al paso que venía más, éste fue engrosando, hasta el punto de ser más grueso que un estambre y menos ancho que un listón.
¿Se habrá sacado las últimas ideas? No, más bien se perdió en la firmeza de un rostro que dejó de ser tal. Siguió leyendo el libro y al paso de una brisa fugaz, sintió un leve ardor. Fue al espejo y se vio en roja explosión. Matías se había quitado la piel de la cara, se había llevado la barba y se había dejado ojos saltones y grietas musculares donde se escondían gusanos invisibles. No se inmutó. Le pareció un suceso cotidiano, parte del acontecer de quien se queda dormido y se va de viaje.
Cuando se acercó a la ventana y se asomó, un pájaro negro le picoteó toda su rojiza carne. Del dolor cayó inerte en el sillón negro, mullido. Y ahí se hundió y ya no despertó.

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