domingo, 15 de mayo de 2011

En el calor de una noche

Inicia una conversación, como cada noche. Trata de no hacer volar su cráneo en mil pedazos. Sus lentes grandes reflejan los ríos de letras que desfilan ante él; un teclado blanco, impoluto, le espera para ayudarle en su necesidad (o deseo) de poner enunciado tras enunciado.
Así se le van las ideas a Pablo, entre un escape de cotidianidad y un olvido del caos mental de siempre. Habla con un amigo y, al minuto siguiente, ha conocido a alguien nuevo. Se desconecta de sí mismo para convertirse, por unas horas, en otra parte de su persona, la que no conoce conscientemente.
Durante el día viste camisas a rayas y pantalones "casuales", como cualquier oficinista. De noche se sienta siempre frente al monitor, en ropa más cómoda. No hace daño ni aporta algo, sólo deja ver una parte escondida de su ser en ventanas que saltan sin detenerse, en una espiral sin final alguno.
Sin embargo, esta era una noche especial. El ventilador no despejaba el pesado aire, lleno de un halo de calor y oscuridad. El sudor le escurría de la frente, lo limpiaba con un pañuelo. Las pláticas eran dignas de infinitas tazas de café, de cigarrillos, de suspiros y otros respiros. Había algo turbio de lo cual Pablo no se dio cuenta, un olor que vició el aire de la habitación.
Las caras de los actores daban vueltas, las guitarras parecían sonar estridentes, los colores se salían de la pared. Pablo tecleaba más rápido, más ansioso. Hablaba de sexo, de mórbidos colores, de juegos donde uno no ve al protagonista y de posiciones en las cuales no se puede defender.
"¿Has pensado en cómo vas a morir?", apareció en la pantalla. "No, realmente nunca había pensado en eso", fue la respuesta de Pablo. "Yo siempre he pensado que me van a asesinar", dijo su invitado de esa noche. No puso importancia en las palabras, le dieron la impresión de estar vacías.
Pasaron las horas, los sonidos de la calle fueron muriendo, las flores se marchitaron, los olores intoxicaban más y el sudor dominaba la frente de Pablo. De entre las conversaciones de muerte se escuchó un grito de dolor, una súbita advertencia que dejó pasar. Al oír el segundo lamento, le fue imposible no voltear y así encontro la trampa atada a sus pies.
Un artilugio lleno de cuerdas simples le rompió los tobillos con un par de mazos. En el suelo ya, dos cuchillos se le han clavado en el abdomen y una navaja le arrebató los ojos. Seguía respirando, sudando frío, ciego. Las luces se apagaron.
La alarma de un carro sonaba a lo lejos y un hombre corría a apagarla. El sonido removío el impacto de la piedra contra el hueso, de la sangre contra el cristal, de los dedos contra el teclado, lleno de un polvo fino.
Hacía calor, era una noche de verano. Hacía calor y entonces dejó de sentirse intenso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario