martes, 31 de mayo de 2011

El lugar que no tiene nombre

Cuando saltamos en el tiempo, en nosotros mismos, es cuando nos encontramos. A veces es de noche y otras a pleno rayo de sol. Yo prefiero la oscuridad de la noche, entre las estrellas que se barren en el cielo como tachuelas plateadas y brillantes.
Es de noche, los vapores se desprenden de nuestros cuerpos y las penas se arrastran con mayor pesadez. Los días pasan sin sabor pero las penumbras son tan vívidas que no parecen reales. El momento de la quema ha llegado: un par de manos le sostienen y uno le deja calcinarse. Después vienen en una caja las cenizas.
Son los restos del corazón cuando se da para envolverlo en llamas, son sus pedazos hechos carbón, son los intentos de encontrar un lugar que sólo pocos conocen. Yo no sé cómo nombrarle. Lo he visto en tus sueños, cuando despiertas con la frente llena de sudor, a medio vestir. Despiertas y las lágrimas se te escurren, te oigo suspirar y regresar al letargo.
Has sumergido tu mirar en mis sueños y has visto una cabaña reducirse a madera negruzca. También se quema, como el corazón que está dentro. Es el lugar del cual hablo, el carente de nombre, al que arde noche tras noche.
Así salimos, todas las lunas, a ver el cielo estrellado. Así salimos, a buscar con que apagar el fuego del pecho. Cuando regresamos y nos dispersamos, llego a la cabaña del sueño, donde está el trono maltrecho. Me pongo la corona ya desgastada y empiezo a bailar alrededor, como buen rey, rindiendo tributo al trono del que dueño soy.

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