jueves, 2 de junio de 2011

El reflejo

Frente a frente. Parado delante del espejo, sus bordes fríos resbalaban por las yemas de mis dedos y cortaban. Es una constante lucha entre el reflejo y el cuerpo, la cual se debate siempre en la superficie de los grisáceos azulejos del baño.
La vista se me distorsiona, el reflejo a veces es más fuerte. Sus ojos son más profundos que los míos. En ellos se observa a la perfección el laberinto y sus caminos intrincados, rodeados por un espeso bosque, cubierto de niebla. Si pones atención, escucharás a los lobos aullar a lo lejos.
Todos los sonidos parecen de metal, encerrados en latas que hacen espirales sin final. Es como ver secuencias de cine proyectadas en paredes blancas, cuando pasan muy rápido y son imperceptibles al ojo.
El espejo seguía ahí. El cristal se vaciaba en pequeños trozos que brillaron como diamantes. El reflejo se deshacía. Parado frente a la imagen ausente, de cierta forma había ganado la batalla, pero el otro regresaría a darme guerra nuevamente.
La luz del baño parpadea, los azulejos revientan. Los bordes de cerámica rebotan entre sí y se congelan. Todo está frío y de esa brisa sale un gas invisible que produce una risa absurda.
Siento como todo se hunde, es el agua helada que me rodea. Es estar en una alberca vacía, oscura, donde el vapor sale a fuerza de agresiones. Los sonidos se hacen música, condensada en los mismos cristales del espejo. Las luces brillan de forma casi obscena, los ojos se apagan, las hojas se mueven con el aire. La temperatura baja pero yo no lo siento, el reflejo sigue frente a mí pero no lo veo, los vasos siguen llenos pero los veo vacíos.
La lucha sigue en silencio, mientras los azulejos revientan y paso mi lengua por los bordes fríos de un vaso que parece cuchillo. Corta sin clemencia y sin sentido.

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