Todo ello se encierra en un objeto, un deseo fijo y constante por medir en símbolos, un paso detrás de otro. Pisada tras huella y huella tras belleza. El tiempo, abstracción perceptible en los poros de la piel, en las plantas de los pies, en un aire más delgado y claro, se hace concreto en números y expresiones, en la implosión de un artefacto que explota cuando dos brazos conectan el otro lado del mundo irreal con el pavimento gris.
El reloj se ilumina de cara al sol y de espalda a la noche, se desprende de nosotros y está anclado al mecanismo más complejo del existir humano: el cerebro conectado al corazón.
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