sábado, 25 de junio de 2011

Retrato del hombre sin piel

¿Recuerdas a Matías? Un pájaro negro le arrancó el último sueño en picoteo fugaz y le dejo inerte en el sillón. Hace unos días llovía fuerte. A mi cabeza vino el fuerte olor a nardos de los floreros entintados. Era una mesa de madera tan dura y pesada, unas bandejas de plata y mucha gente vestida de duelo. Una mujer que no conocía se me acercó amablemente y me dio una carta. En el sobre estaba mi nombre, escrito con la letra de Matías.
Al llegar a casa, abrí el sobre. Era un escrito poco usual y bastante corto. Resumido en pocas palabras, Matías me había pedido –como quien presiente su desaparición– que le describiera en un texto cuando ya no estuviera. Pasaron un par de días y los nardos seguían con su penetrante olor.
¿Quién era Matías? Ni yo mismo lo supe. Tenía un cerebro desacomodado y un rostro onírico peculiar. Era un sueño cubista descrito en letras sobre un lienzo con pinceladas negras. En la mano sostenía un puñado de cartas cerradas, las tiraba al suelo y, si recordaba que eran para él, las leía.
Era un libro entreabierto, una novela interesante a medio leer, un sueño del cual uno despierta y queda incompleto. Su mundo estaba encerrado en la mente, llena siempre de luces que ciegan y de grandes episodios de oscuridad y misterio.
Conocía parte de esas luces, transformadas en papeles azules entre los libros. Una agujeta desabrochada, un suéter de color oscuro, un viajante ligero. Matías pensaba mucho pero no se detenía a meditar en sí mismo. Distante, en un barco que surcaba el cielo, explorando el mundo solo, transcribiendo notas de la sangre al aire.
Hombre de tez blanca, cabello castaño oscuro y barba cerrada. Gustaba de la ropa de varios colores, sin llegar a usar los más extravagantes o brillantes. La mayor parte del tiempo tenía una agujeta desabrochada. Debía llevar consigo los lentes, aunque era raro verlo con ellos. Regularmente traía las manos vacías, a excepción de los días por la mañana, cuando tomaba las cartas y las tiraba al suelo. Siempre tenía un nardo en el florero, un hoja en blanco pegada sobre la puerta, una fotografía escondida bajo el tapete de la entrada de su casa.
Describir a Matías no es labor fácil. Es como escribir una poesía sobre un lienzo, con tinta de un color oscuro, sumido en la oscuridad, sin saber a ciencia cierta lo que se hace. El único recuerdo lúcido que tengo de él es haber visto su sombra deambular por las noches de insomnio, escribiendo frases sin sentido a mitad de la noche, sobre la hoja de la puerta.

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