Pasaron dos días. Cuando abrí la puerta de la casa, recordé que había dejado el cuchillo. Fui al congelador y lo saqué. Deslicé la yema de un dedo sobre la filosa hoja, pero no lo atravesó. Bajé las escaleras y entré al sótano. Era un espacio grande, lo suficientemente amplio como para soñar. Encendí la lámpara del techo y revisé las gavetas.
Recorrí la piel oscura del piano con la punta de los dedos. Las teclas, blancas, saltaban a la vista. Al fondo están las gavetas, revisé varias y dejé abierta una. La carne, dura, fría, casi azul, atraía con gran magnetismo al cuchillo. Su frío no se desvaneció por completo. Entonces empecé a cortar la piel amoratada y a ver la sangre gelatinosa. Algunas gotas plásmicas saltaron sobre las teclas de coloso de marfil y madera.
Abrí el torso, invitado por el golpe que tenía en el pecho y llegaba hasta el ombligo. Vi más carne, en bello rigor mortis. No me importó el trabajo que costaba descubrir el interior, yo quería ver si había alguien hecho de otra cosa, si el corazón es realmente una bomba o es una elemento etéreo de mi cabeza.
Cuando lo tuve en mis manos, le vi negro. De una parte escurría un líquido maloliente, de la otra pendía un hilo de color escarlata intenso, con pequeños brillos de oro. El cuchillo se había calentado con mis manos, el hilo era dorado, la sangre ahora era muerte. En mis orejas resonaba el piano, con sus notas pausadas. En el músculo se veía la reconstrucción de eras pasadas, efímeras. Al jalar el hilo para ver el proceso, el corazón se hizo pedazos grandes, los cuales se secaron en un instante y se hicieron polvo.
Por la ventana, el aire recogió la pesadez y se la llevó consigo. Vuelve tu cabeza hacia mí; muévete de nuevo, como yo hacia ti; figura correcta y densa; sombra molecular proyectada en luz azul.
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